Reflexión del día
Las lágrimas de Jesús
En Bendita puedes escucharla con una voz cálida, también con el teléfono bloqueado.
Jesús se acerca a Jerusalén, ve la ciudad desde lo alto y se echa a llorar. Es una de las pocas veces que el Evangelio nos muestra sus lágrimas.
Llora porque ama esa ciudad. Y llora porque ve que no ha sabido reconocer la visita de Dios.
Le dice con dolor: «¡Si hoy conocieras tú también lo que lleva a la paz!». Dios estaba allí, en medio de ellos, y muchos no se dieron cuenta.
Las lágrimas de Jesús nos dicen mucho de Dios. Él no es indiferente a lo que nos pasa; le duele cuando nos perdemos.
También nos hacen pensar en las visitas de Dios que dejamos pasar. Una palabra que nos tocó el corazón, o una persona que nos tendió la mano cuando más lo necesitábamos.
Dios nos visita de muchas maneras, casi siempre en silencio. Hay que tener los ojos abiertos para reconocerlo.
En la primera lectura, san Juan llora porque nadie puede abrir el libro sellado. Pero uno de los ancianos le dice que no llore: el León de Judá ha vencido.
Y entonces aparece un Cordero de pie, que parecía degollado. Es Jesús, muerto y resucitado, el único que puede abrir el sentido de la historia.
Los ancianos cantan un canto nuevo, porque con su sangre el Cordero ha reunido para Dios a gente de todos los pueblos.
Nuestras lágrimas y las de Jesús no son la última palabra. El Cordero ha vencido, y su victoria es nuestra esperanza.
Hoy puedes pedirle a Jesús que te abra los ojos para reconocer sus visitas. Y puedes llorar con Él por las personas que se han alejado de Dios.
Tu oración por ellas sube como el perfume de las copas de oro que ve san Juan.
Nada de lo que se reza con amor se pierde: todo llega al trono de Dios.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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