Reflexión del día

Hoy me quedo en tu casa

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Zaqueo era jefe de los cobradores de impuestos, y era rico. La gente lo despreciaba, porque se había enriquecido a costa de los demás.

Pero algo se movía en su corazón. Tenía ganas de ver quién era Jesús, y como era bajo de estatura, se trepó a un árbol.

Cuando Jesús pasa por ahí, lo llama por su nombre: «Zaqueo, date prisa y baja, que hoy me toca quedarme en tu casa».

Zaqueo no esperaba tanto. Quería ver a Jesús desde lejos, y Jesús quiere entrar en su casa.

Mientras la gente murmura, Zaqueo cambia. Da la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro veces lo que había sacado con trampas.

Nadie le exigió nada. Fue el amor de Jesús lo que le abrió las manos.

En la primera lectura, el Señor dice algo parecido a cada uno de nosotros: «estoy de pie junto a la puerta, llamando». Él no fuerza la entrada; espera que le abramos.

Y le reprocha a la Iglesia de Laodicea que es tibia. Se cree rica y no se da cuenta de su pobreza.

La tibieza es vivir la fe a medias, sin frío ni calor. Es una tentación que nos acecha a todos cuando la vida se vuelve cómoda.

Hoy recordamos a santa Isabel de Hungría, una princesa del siglo trece. Siendo muy joven, usó su riqueza para servir a los pobres y a los enfermos.

Construyó un hospital y ella misma atendía a los que llegaban. Enviudó joven y terminó su vida pobre, entregada por completo a Dios.

Como Zaqueo, descubrió que los bienes sirven para abrir las manos. Y como él, recibió a Jesús en su casa al recibir a los pobres.

Hoy Jesús quiere quedarse contigo. Baja del árbol y ábrele la puerta, para que Él transforme tu vida.

Mañana, otra

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