Reflexión del día

Los dos mandamientos

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En este trigésimo domingo del tiempo ordinario, a Jesús le preguntan cuál es el mandamiento más grande. Y él responde uniendo dos cosas que nunca deberían separarse.

Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Y amar al prójimo como a uno mismo.

«De estos dos mandamientos cuelga toda la ley». Todo lo demás, las normas y las devociones, cuelga de ahí como de un clavo.

La primera lectura muestra cómo se ve el amor al prójimo en la vida concreta. No oprimir al extranjero, no explotar a la viuda ni al huérfano, no aprovecharse del pobre.

Dios se pone de parte de los débiles de una manera muy clara: «Si él clama a mí, yo lo escucharé, porque soy compasivo».

Hasta el detalle del manto dice mucho. Si alguien te lo dejó como garantía, hay que devolvérselo antes de la noche, porque es lo único que tiene para abrigarse.

Así de concreto es el amor que Dios pide. No se queda en sentimientos: llega hasta el frío del otro.

Por eso la fe se mide también en la manera de tratar a quien no puede devolvernos nada.

San Pablo alaba a los tesalonicenses porque su fe se había hecho visible. Se volvieron hacia Dios dejando los ídolos, y su ejemplo corrió por todas partes.

¿Quién es hoy el extranjero, la viuda o el huérfano cerca de ti? Tal vez alguien que está solo, o alguien que no tiene quién hable por él.

Amar a Dios y amar al prójimo no son dos tareas distintas. Son un solo movimiento del corazón, que empieza en Dios y llega a los demás.

Hoy puedes hacer algo pequeño por alguien que lo necesita. Así el primer mandamiento se vuelve visible en el segundo.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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