Reflexión del día

La lámpara encendida

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Jesús pide a sus discípulos que estén listos, con la cintura ceñida y las lámparas encendidas. Como quien espera de noche a alguien que ama.

Esperar así no es vivir con angustia. Es vivir despiertos, atentos a lo que Dios va haciendo.

Y luego dice algo que sorprende. Cuando el señor llegue y encuentre despiertos a sus siervos, él mismo «se pondrá a servirlos».

Es el mundo al revés, el mundo de Dios: el Señor que se ciñe para servir a los suyos, como hizo Jesús en la última cena.

Así nos espera Dios al final del camino: sirviendo Él mismo la mesa.

San Pablo habla hoy de un muro que cae. Entre los pueblos había una pared de enemistad, y Cristo la derribó con su propia carne.

«Él es nuestra paz», dice Pablo. No es una paz de acuerdos frágiles, sino la que nace de saberse hijos del mismo Padre.

Los que estaban lejos quedaron cerca. Ya nadie es extranjero ni forastero en la casa de Dios.

Por eso en la Iglesia caben todos. Nadie tiene que ganarse la entrada a esa casa; basta con aceptar la invitación de Cristo.

Esa es la lámpara que hay que mantener encendida: la de la paz. Se apaga con el rencor, con el prejuicio, con los muros que levantamos casi sin notarlo.

La lámpara se mantiene con gestos pequeños, como una disculpa a tiempo o un favor hecho sin esperar nada.

¿Hay alguien con quien tengas levantado un muro? Quizá hoy puedas quitar una piedra, aunque sea pequeña.

Cristo ya hizo lo más difícil en la cruz. A nosotros nos toca vivir como gente de su casa, esperando su llegada con la lámpara encendida.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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