Pasaje del día

Apocalipsis 20, 1-4. 11–21, 2 · Salmo 84 (83)

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En Bendita puedes escuchar el pasaje y su salmo con una voz cálida.

Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y una gran cadena en la mano. Agarró al dragón, la serpiente antigua —el Diablo, Satanás—, y lo ató por mil años. Lo arrojó al abismo, cerró y selló la entrada por encima de él, para que no siguiera engañando a las naciones hasta que se cumplieran los mil años. Después tiene que ser soltado por un poco de tiempo.

Luego vi unos tronos, y a los que se sentaron en ellos se les dio poder para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por dar testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, y de los que no habían adorado a la fiera ni a su imagen, ni habían recibido su marca en la frente o en la mano. Volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años.

Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. La tierra y el cielo huyeron de su presencia, y no quedó lugar para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y se abrió también otro libro, el de la vida. Los muertos fueron juzgados según sus obras, conforme a lo escrito en los libros.

El mar devolvió los muertos que había en él; la Muerte y el Reino de los muertos devolvieron los muertos que tenían, y cada uno fue juzgado según sus obras. Después, la Muerte y el Reino de los muertos fueron arrojados al lago de fuego: el lago de fuego es la segunda muerte. Y el que no se encontró escrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.

Vi un nuevo cielo y una nueva tierra, pues el primer cielo y la primera tierra ya se habían ido, y ya no hay mar.

Vi también la ciudad santa, Jerusalén nueva, que bajaba del cielo, desde Dios, lista como una novia que se ha arreglado para su marido.

Palabra de Dios.

— Salmo 84 (83) —

R. Dichosos los que habitan en tu casa.

Mi alma anhela los atrios del Señor,
y hasta desfallece;
mi corazón y mi cuerpo
cantan de alegría al Dios vivo.

R. Dichosos los que habitan en tu casa.

También el pájaro halló un hogar,
y la golondrina su nido,
donde deja a sus crías junto a tus altares,
Señor de los ejércitos, mi Rey y mi Dios.

R. Dichosos los que habitan en tu casa.

Dichosos los que habitan en tu casa:
siempre te estarán alabando.
Dichoso el que encuentra en ti su fuerza:
irá creciendo de fuerza en fuerza.

R. Dichosos los que habitan en tu casa.

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