Salmos y alabanzas

Salmo 1 · Dichoso el hombre

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Dichoso

el hombre que no se deja llevar por el consejo de los malvados, ni se queda parado en la senda de los que pecan, ni toma asiento entre los que se burlan de Dios.

Su alegría está en la ley del Señor, y la lleva en el pensamiento de día y de noche.

Es como un árbol plantado a la orilla de los arroyos, que da fruto cuando llega su tiempo, y cuyas hojas no se caen, todo lo que emprende le sale bien.

No así los malvados, ellos son como el polvo que se lleva el viento.

Por eso los malvados no se mantendrán en pie en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos.

Porque el Señor cuida el proceder de los justos, y la senda de los malvados termina en la perdición.

Respondamos al Señor con nuestra oración.

Señor, así quiero ser yo hoy.

Un árbol arraigado en Tu Palabra, que no se deja llevar por los consejos fáciles del mundo, por las sendas trilladas del pecado, por las reuniones donde se habla mal de todos.

Enséñame a encontrar mi alegría en Tu ley, a meditarla despacio, a saborearla, a dejarme formar por ella en lugar de formarla yo a mi gusto.

Porque es fácil, Señor, secarse cuando falta la raíz, es fácil dar fruto podrido cuando uno bebe de aguas amargas.

Pero si Tú eres la acequia de agua viva, si Tu Palabra es el alimento fiel, si Tu amor es la tierra donde me planto, entonces no tengo por qué temer la sequía.

Guárdame de esa vida que no da fruto, Señor.

Hazme dichoso, porque en Ti espero.

Amén.

Mañana, otra

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