Novena · 9 días
Novena a Nuestra Señora de los Dolores
La novena clásica a la Dolorosa, hacia su fiesta
Rézala en Bendita con una voz cálida y un recordatorio cada día, para no perder el ritmo.
María da a luz a Jesús en un pesebre
Día primero de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Primer día: María da a luz a Jesús en un pesebre —
Lucas 2, 4-7
En aquellos días, también José subió de Galilea, desde la ciudad de Nazaret, hasta Judea, a la ciudad de David llamada Belén, porque era de la casa y del linaje de David, para inscribirse en el censo junto con María, que estaba prometida con él y esperaba un hijo.
Y, estando ellos allí, se cumplió para ella el tiempo de dar a luz, y dio a luz a su hijo, el primogénito. Lo envolvió en pañales y, como en el alojamiento no había lugar para ellos, lo acostó en un pesebre.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 12)
«Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio».
María llega a Belén con José a punto de dar a luz, y en el alojamiento no hay lugar para ellos. Su Hijo nace en la pobreza, y ella lo acuesta en un pesebre.
El Evangelio cuenta lo que hizo: lo envolvió en pañales y lo cuidó con lo poco que tenía. Desde el primer día, la Madre del Salvador conoció la estrechez y el rechazo, y los recibió de las manos de Dios, sabiendo que aquel niño era el Hijo del Altísimo.
Esta novena la acompaña en sus dolores, y empieza aquí, junto al pesebre, porque la cruz de Cristo se deja ver ya en Belén.
También tú conoces días en que no encuentras lugar, en que las cosas no salen como esperabas. Pon esas estrecheces junto al pesebre y deja que Jesús nazca también ahí.
Señor Jesús, que en mi pobreza encuentres siempre un lugar donde nacer.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del primer día —
Virgen Dolorosa, tú, que eras un árbol lleno de flores y de frutos, sufriste tanto; y yo, que soy un árbol seco y sin fruto, quiero vivir con comodidades y no soporto ninguna molestia ni contrariedad. Alcánzame un corazón penitente, humilde y mortificado, para parecerme a ti y a tu Hijo querido, que fue crucificado por mí.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
María escucha al anciano Simeón
Día segundo de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Segundo día: María escucha al anciano Simeón —
Lucas 2, 33-35
En aquel tiempo, el padre y la madre de Jesús estaban admirados de lo que se decía de él.
Simeón los bendijo y dijo a María, la madre del niño:
«Mira: este niño está puesto para que muchos caigan y se levanten en Israel, y para ser una señal que encontrará oposición —y una espada atravesará tu propia alma—, para que salgan a la luz los pensamientos de muchos corazones».
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 3, 15)
«Señor, Tú sabes lo que es mejor: haz esto o aquello, según te agradare».
Simeón, un hombre justo que esperaba el consuelo de Israel, toma al niño en brazos y bendice a Dios. Luego bendice a José y a María, y anuncia a la Madre que una espada le atravesará el alma. Su Hijo será una señal que encontrará oposición.
María no sabía entonces cuándo ni cómo llegaría ese dolor. Siguió adelante con su Hijo, confiando en Dios, y la espada anunciada llegó a su alma al pie de la cruz.
Hay palabras que anuncian un dolor antes de que llegue, y dejan el corazón inquieto por lo que vendrá. María enseña a no adelantarse a Dios y a poner el futuro en sus manos.
También tú has oído alguna vez noticias que te llenaron de miedo. No sabes lo que vendrá, pero puedes confiarlo a Dios, como María.
Señor, Tú sabes lo que me conviene; dame paz para confiar en Ti.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del segundo día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que sentiste cuando el anciano Simeón te anunció que el mundo se levantaría contra tu Hijo, alcánzame no estar nunca entre los que, por amor al mundo, se oponen a él, sino entre los que aceptan con humildad su enseñanza y la viven con costumbres de verdad cristianas, para que también yo sea de aquellos para quienes él es resurrección y vida.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
María huye a Egipto
Día tercero de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Tercer día: María huye a Egipto —
Mateo 2, 13-15
Cuando los magos se marcharon, un ángel del Señor se le aparece a José en sueños y le dice:
«Levántate, toma contigo al niño y a su madre; huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te lo diga, porque Herodes buscará al niño para acabar con él».
Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre en la noche, y se retiró a Egipto.
Estuvo allí hasta que murió Herodes, para que se cumpliera lo dicho por el Señor mediante el profeta:
«De Egipto llamé a mi hijo».
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 2)
«Él sabe el tiempo y el modo de librarte, y por eso te debes ofrecer a él».
Herodes busca al niño para matarlo, y un ángel avisa a José en sueños. Esa misma noche, José se levanta y parte con el niño y su madre hacia Egipto.
María deja su tierra de repente, de noche, hacia un país extranjero. No sabe cuánto tiempo estarán allí: el ángel solo ha dicho «hasta que yo te lo diga». Se fía de Dios, y guarda a su Hijo. Allí vivieron como extranjeros hasta la muerte de Herodes.
Muchas familias tienen que dejar su casa, y muchos viven con miedo por la vida de los suyos. La Virgen, que pasó por ese camino, los comprende y los acompaña.
También tú vives a veces sin saber cuándo terminará una prueba. Ofrécela a Dios, que conoce el tiempo y el modo de ayudarte.
Señor, en la incertidumbre, que me fíe de Ti como María.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del tercer día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que padeciste cuando el rey Herodes, lleno de soberbia y de ambición, quiso matar a tu Hijo, que vino a traernos la vida, alcánzame verme libre de toda soberbia y de toda ambición, y que, en lugar de apartar de mí a tu Hijo, lo llame a mi lado y, dejando atrás mis propios intereses, lo deje reinar en mí como servidor suyo, fiel y obediente, y así reine con él en el cielo.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
María busca a Jesús perdido en el Templo
Día cuarto de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Cuarto día: María busca a Jesús perdido en el Templo —
Lucas 2, 41-52
En aquel tiempo, los padres de Jesús iban cada año a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.
Cuando él cumplió doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre.
Pasados aquellos días, al regresar ellos, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no lo supieron.
Creyendo que estaba con la caravana, hicieron un día de camino, y lo buscaban entre los parientes y conocidos; y, como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén buscándolo.
Al cabo de tres días, los padres de Jesús lo hallaron en el templo: estaba sentado entre los maestros, los escuchaba y les hacía preguntas.
Cuantos lo oían estaban admirados por su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo, sus padres se quedaron impresionados, y su madre le preguntó:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? Mira que tu padre y yo, con el corazón dolido, te andábamos buscando».
Él les contestó:
«¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que yo debo estar en lo que es de mi Padre?».
Ellos no entendieron lo que les había dicho.
Bajó con ellos, llegó a Nazaret y vivía obedeciéndolos. Y su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 8)
«Cuando Jesús está presente, todo es bueno y no parece cosa difícil».
Al volver de la fiesta, José y María descubren que Jesús no está con ellos. Lo buscan entre parientes y conocidos, vuelven a Jerusalén, y solo al cabo de tres días lo encuentran.
Al hallarlo, ella misma le dice: «tu padre y yo, con el corazón dolido, te andábamos buscando». Jesús les responde que debe estar en lo que es de su Padre, y ellos no lo entienden. María guarda todo aquello en su corazón.
Hay tiempos en que Dios parece lejos, y se le busca sin encontrarlo. María enseña a seguir buscando, a volver adonde está el Señor, y a guardar lo que todavía no se entiende.
También tú puedes perder a Jesús por el pecado o por el descuido. Búscalo sin cansarte: en la oración, en la confesión, en la Eucaristía.
Señor, que nunca me aparte de Ti, y que te busque si te pierdo.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del cuarto día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que sentiste cuando tu Hijo se quedó en Jerusalén y lo buscaste angustiada durante tres días, alcánzame no perderlo nunca por el pecado; y que, si lo pierdo, lo busque arrepentido, y buscándolo lo encuentre por una confesión sincera, como tú lo encontraste en el templo, y lo guarde con una fe verdadera.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
María sufre porque los parientes de Jesús no lo comprenden
Día quinto de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Quinto día: María sufre porque los parientes de Jesús no lo comprenden —
Juan 7, 2-9
En aquel tiempo, estaba cerca la fiesta de los judíos, la de las Tiendas.
Sus hermanos le dijeron entonces a Jesús:
«Márchate de aquí y ve a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces.
Nadie hace algo a escondidas si quiere darse a conocer. Si haces estas cosas, muéstrate al mundo».
Es que ni siquiera sus hermanos creían en él.
Jesús les dijo:
«Mi momento todavía no ha llegado; para ustedes, en cambio, cualquier momento es bueno.
A ustedes el mundo no puede odiarlos; a mí me odia, porque doy testimonio de que sus obras son malas.
Suban ustedes a la fiesta; yo todavía no subo a esta fiesta, porque mi momento aún no se ha cumplido».
Dicho esto, se quedó en Galilea.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 1)
«Cristo fue también en el mundo despreciado por los hombres, y vivió entre grandes afrentas desamparado de amigos y conocidos y en suma necesidad».
Los parientes de Jesús, a los que el Evangelio llama sus hermanos, le piden que se muestre en Judea; y el evangelista añade que ni siquiera ellos creían en él. Jesús les responde que su momento todavía no ha llegado.
El Evangelio no nombra aquí a María. Esta novena contempla un dolor escondido de la Madre: ver que su Hijo no era comprendido por los suyos. Ella sí creyó desde el principio, y el Evangelio la llama dichosa por haber creído.
Duele cuando las personas que más queremos no entienden nuestra fe, o se ríen de ella. María acompaña a quien vive ese dolor dentro de su propia familia.
También tú puedes rezar por los tuyos con paciencia y con cariño, y dejar a Dios el momento de cada uno.
Señor, dame paciencia con los míos y fe para esperar Tu momento.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del quinto día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que sentiste cuando seguiste a tu Hijo por la calle de la Amargura hasta el Calvario, alcánzame acompañarlo yo también, cargando con humildad, paciencia y constancia la cruz que él ha querido darme, y soportando bien todas las molestias que me vengan de los demás.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
María al pie de la cruz
Día sexto de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Sexto día: María al pie de la cruz —
Juan 19, 25-27
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban de pie su madre, la hermana de ella, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver Jesús a su madre, y de pie a su lado al discípulo que amaba, le dijo:
«Mujer, mira: ese es tu hijo».
Luego le dijo al discípulo:
«Mira: esa es tu madre».
Y desde ese momento el discípulo se la llevó a su casa.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 12)
«En la Cruz está la salud, en la Cruz la vida».
Junto a la cruz de Jesús estaba de pie su madre. Cuando los discípulos huyeron, ella se quedó cerca, viendo sufrir a su Hijo. El Evangelio nombra con ella a otras mujeres fieles: la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Desde la cruz, Jesús se ocupa de ella, la confía al discípulo que amaba y le da a María por madre. En la hora de su mayor dolor, María recibe una maternidad nueva, que llega a todos los que siguen a Jesús.
La cruz parece solo muerte, y es el lugar donde Cristo nos salva. María permaneció allí, de pie, unida a su Hijo.
También tú tienes cruces que no puedes quitar. Quédate con ellas junto a Jesús, como María, y deja que él las llene de sentido.
Señor, que sepa quedarme junto a Tu cruz, como María.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del sexto día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que sentiste al ver a Jesús clavado en la cruz, alcánzame aprovechar los frutos de su pasión, ser un cristiano de verdad, crucificado con Cristo, y tener por honra sufrir algo por ser cristiano y por vivir las virtudes cristianas.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
María ve a Jesús morir en la cruz
Día séptimo de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Séptimo día: María ve a Jesús morir en la cruz —
Marcos 15, 37-41
En aquel tiempo, Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Y el velo del santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión que estaba frente a él, al ver que había expirado así, dijo:
«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».
Había también unas mujeres mirando desde lejos, y entre ellas María de Magdala, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que lo seguían y lo servían cuando estaba en Galilea; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 1)
«Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en la pasión de Cristo y habita gustosamente en sus sagradas llagas».
Jesús da un fuerte grito y expira. El velo del santuario se rasga, y el centurión reconoce: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Unas mujeres miran desde lejos.
San Marcos no nombra aquí a la Madre de Jesús, pero san Juan cuenta que estaba junto a la cruz. Ella vio morir a su Hijo. Las mujeres que miraban desde lejos lo habían seguido y servido desde Galilea, y tampoco ellas lo dejaron solo en esa hora.
Ante la muerte de Cristo conviene quedarse en silencio y mirar cuánto nos ha amado. Sus llagas son el precio de nuestra salvación.
También tú has sufrido la muerte de alguien querido, o la temes. Junto a María, pon ese dolor delante de Jesús crucificado, que venció a la muerte.
Señor Jesús, por Tu muerte en la cruz, dame esperanza ante la muerte.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del séptimo día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que sentiste al recibir en tus brazos a tu Hijo muerto, bajado de la cruz, alcánzame el perdón de mis pecados, que lo llevaron a la muerte, y que sus llagas queden grabadas en mi memoria y en mi corazón como prueba de su amor, para que yo lo ame hasta morir.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Sepultura de Jesús y soledad de María
Día octavo de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Octavo día: Sepultura de Jesús y soledad de María —
Mateo 27, 57-61
Al caer la tarde vino un hombre rico, de Arimatea, que se llamaba José y que también se había hecho discípulo de Jesús.
Se presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se lo entregaran.
José tomó el cuerpo y lo envolvió en un lienzo limpio; luego lo colocó en su propio sepulcro nuevo, que había tallado en la roca. Después hizo rodar una piedra grande hasta la puerta del sepulcro y se marchó.
María Magdalena y la otra María se habían quedado allí, sentadas delante de la tumba.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 1, 23)
«Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la muerte puedas más bien alegrarte que temer».
Al caer la tarde, José de Arimatea pide a Pilato el cuerpo de Jesús, lo envuelve en un lienzo limpio y lo pone en un sepulcro nuevo. Hace rodar una piedra grande y se marcha. Dos mujeres se quedan sentadas delante de la tumba.
La tradición contempla aquí la soledad de María: su Hijo ya está en el sepulcro. Es el dolor de todas las madres que han enterrado a un hijo. La misma tradición cree que ella esperó con fe la resurrección.
La fe no quita el dolor de la muerte, pero lo llena de esperanza. Los que mueren en Cristo descansan en él.
También tú puedes prepararte desde ahora para tu propia muerte, viviendo cerca de Dios, y rezar por los que ya han partido.
Señor, que viva de tal modo que la muerte me encuentre en Tus manos.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del octavo día —
Virgen Dolorosa, por el dolor que sentiste al acompañar a tu Hijo hasta el sepulcro y dejarlo allí enterrado, alcánzame morir con los auxilios de la Iglesia y ser sepultado entre los fieles cristianos, unido a Cristo, para que el día del juicio resucite con los que vivieron como verdaderos cristianos y sea contado a la derecha de Cristo.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
El dolor de María se convierte en alegría
Día noveno de la Novena a Nuestra Señora de los Dolores.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido. Pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí; pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Tú; antes querría haber muerto que haberte ofendido, y propongo firmemente, ayudado por Tu divina gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.
— Oración inicial —
Virgen María, que después de tu Hijo sufriste más que nadie en el mundo y estuviste siempre unida a sus dolores: alcánzame fuerza para padecer por mis pecados, como tú padeciste por los nuestros; para que, clavando en la Cruz de Cristo mis pasiones y mis malos deseos, cargue la cruz de mi deber a lo largo de mi vida, siga los pasos de mi Señor y permanezca fiel a tu lado, Madre mía, junto a la Cruz de tu Hijo, y así viva y muera siempre contigo, lavado y santificado por la preciosa sangre de nuestro Redentor.
Te pido también, por tus dolores, que escuches lo que te pido en esta novena y, si es para mi bien, me lo alcances.
— Noveno día: El dolor de María se convierte en alegría —
Lucas 23, 55-56; 24, 1-8
En aquel tiempo, las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea fueron detrás, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo.
Luego volvieron y prepararon aromas y perfumes. Y el sábado descansaron, como mandaba la Ley.
El primer día de la semana, a primera hora de la madrugada, las mujeres fueron al sepulcro, y llevaban los perfumes que habían preparado.
Encontraron la piedra retirada del sepulcro; entraron, y no dieron con el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras seguían sin saber qué pensar de esto, se presentaron ante ellas dos hombres con ropas que brillaban como el relámpago.
Ellas, llenas de miedo, bajaron el rostro hacia el suelo, y ellos les preguntaron:
«¿Por qué buscan al que vive entre los muertos? No está aquí: ha resucitado. Acuérdense de cómo les habló cuando aún estaba en Galilea; les decía que era necesario que el Hijo del hombre fuera entregado en manos de hombres pecadores, que fuera crucificado y que resucitara al tercer día».
Y ellas se acordaron de sus palabras.
(Luego se medita brevemente el texto evangélico, tratando de descubrir los sentimientos de la Virgen de los Dolores y de llenarse de compasión. Se presentan al Señor, en profundo silencio, los propios sufrimientos y los del mundo entero, pidiendo la gracia de que ellos no nos aparten de él.)
(Imitación de Cristo 2, 12)
«Si fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria».
Las mujeres que habían visto la sepultura vuelven al sepulcro el primer día de la semana. Encuentran la piedra retirada y el sepulcro vacío, y oyen el anuncio: «No está aquí: ha resucitado».
El Evangelio no cuenta cómo recibió María la noticia. La tradición contempla aquí su alegría: la Madre que estuvo junto a la cruz sabe que su Hijo vive para siempre, y su dolor se convierte en gozo.
La Iglesia la llama Reina de los mártires, porque sufrió con su Hijo, y hoy acompaña a todos los que sufren.
También tú puedes llevar tu cruz unido a Cristo, con la esperanza de compartir su gloria. Al terminar esta novena, pide a la Virgen que te acompañe en tus penas hasta la alegría de la Pascua.
Señor resucitado, convierte en alegría lo que hoy me hace sufrir.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Oración del noveno día —
Virgen Dolorosa, que por tus dolores gozas en el cielo de una gloria tan grande y eres allí la Reina de los mártires: alcánzame que también yo, después de una vida de mortificación unida a Cristo, merezca vivir para siempre en la gloria, feliz con Cristo.
Alcánzame, Reina de los mártires, llevar la cruz con paciencia mientras viva, abrazarla con esperanza al morir y reinar por ella en la gloria.
— Oración final —
Ruega por nosotros, Virgen de los Dolores.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo.
Padre bueno, Dios de todo consuelo, rico en misericordia y en bondad, que nos diste a María por Madre y ejemplo de vida cristiana: aumenta nuestra fe, afianza nuestra esperanza y aviva nuestra caridad, para que seamos ante todos señal del amor tan grande que nos tienes.
Tú sabes mejor que nadie lo que sufrimos y lo que nos duele; si es Tu voluntad, líbranos de ello. Pero, sobre todo, te pedimos que nada ni nadie, ni siquiera el dolor, nos aparte nunca de Tu amor ni nos quite la alegría de vivir.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor, Hijo Tuyo e Hijo de la Virgen Dolorosa, que vive y reina Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
— Señal de la Cruz —
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.

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