Novena · 9 días
Novena a Nuestra Señora de Guadalupe
Nueve días con la Madre del Tepeyac
Rézala en Bendita con una voz cálida y un recordatorio cada día, para no perder el ritmo.
La corona: Reina y Madre
Día primero de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Lucas 1, 38)
«Aquí está la esclava del Señor. Que me suceda según tu palabra».
María se llamó a sí misma esclava del Señor. Y Dios, que enaltece a los humildes, la hizo Madre de su Hijo y la llevó junto a él en la gloria. Por eso la Iglesia la llama Reina.
La oración de hoy contempla la corona de la Virgen de Guadalupe. El 12 de octubre de 1895 su imagen fue coronada solemnemente, con una corona hecha con los donativos de miles de fieles. Así reconocieron sus hijos lo que ella ya era.
Cuenta la tradición que en diciembre de 1531 esa Reina llamó por su nombre, con palabras de ternura, a un indígena pobre, Juan Diego, que iba de madrugada a aprender la doctrina cristiana. Reina como una madre que sirve y lleva a todos a su Hijo.
También tú puedes elegirla hoy como Reina y Madre, por decisión tuya, como dice la oración. Pon en sus manos lo que vives, para que te acerque a Dios.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, que como María me deje guiar siempre por Tu palabra.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Primer Día —
¡Oh Virgen Santísima de Guadalupe! La corona que llevas sobre tu frente dice a todos que eres Reina del cielo y de la tierra. Y lo eres, Señora, porque eres Hija predilecta del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo, y por eso Dios te hizo Reina de todo lo creado.
Así pues, también yo te pertenezco, y por muchos motivos. Pero no me basta ser tuyo solo porque eres Reina de todos: quiero ser tuyo por un motivo más, porque así lo elijo con toda mi voluntad.
Aquí, de rodillas ante ti, te escojo como mi Reina y mi Señora, y así quiero que tu señorío sobre mí sea doble. Quiero apoyarme en ti, y que los planes que la Providencia de Dios tiene para mí pasen por tus manos.
Haz de mí lo que quieras; pongo en tus manos todo lo que me suceda en la vida. Confío en tu bondad: tú harás que todo sirva para el bien de mi alma y para la honra y la gloria de Dios, nuestro Señor. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
Las manos juntas: la que intercede
Día segundo de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Juan 2, 3)
«No tienen vino».
En las bodas de Caná, María vio lo que faltaba en la fiesta. Se lo dijo a su Hijo con sencillez, y después pidió a los sirvientes que hicieran lo que él les dijera.
En la imagen de Guadalupe, la Virgen tiene las manos juntas ante el pecho, como quien ora. Es la Madre que reza a Dios y lleva a su Hijo lo que ve en nosotros.
Así ejerce su oficio de Madre y abogada nuestra. Mira nuestras necesidades, las presenta a Jesús y nos vuelve hacia él con la misma palabra de Caná: hagan lo que él les diga.
También tú puedes decirle a María lo que falta en tu casa o en tu vida, con la sencillez con que ella habló en Caná. Ella lo pondrá delante de su Hijo, y a ti te enseñará a obedecerle.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, que haga lo que Tú me digas.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Segundo Día —
¡Oh Virgen Santísima de Guadalupe! ¡Qué bien se ve que eres nuestra Abogada delante de Dios! Esas manos tan hermosas, que nunca se cansan de hacernos bien, las tienes juntas sobre el pecho, como quien pide y suplica. Así nos enseñas que, desde tu trono de gloria, Reina de los ángeles y de los hombres, sigues intercediendo y rogando por nosotros.
¿Cómo podré agradecerte tanto amor? En todo mi corazón no hay con qué pagártelo.
A ti acudo para que me alcances una caridad ardiente, una humildad profunda y una obediencia pronta a lo que el Señor me pide.
Sigue rogando por mí, insiste en tus súplicas, y no dejes de pedir al Todopoderoso que me haga suyo y me conceda ir un día al cielo a darte las gracias por lo que tu intercesión alcanzó. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
Envuelta en los rayos del sol
Día tercero de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Apocalipsis 12, 1)
«Una gran señal se dejó ver en el cielo: una mujer envuelta en el sol, que tenía la luna bajo los pies y, en la cabeza, una corona de doce estrellas».
La Iglesia ha visto en esta mujer a María, la Madre del Mesías, y también al pueblo de Dios. Es una señal de lo que Dios hace en quien se deja amar por él.
En la imagen de Guadalupe, la Virgen está de pie ante un gran resplandor: los rayos del sol la rodean por todas partes. La luz que la envuelve es la de Dios.
Está vestida de gloria porque dijo que sí a Dios, y porque de ella nació Jesucristo, la luz que no se apaga. Esa luz la une a Dios, y ella la deja pasar hacia los que la miran.
También tú fuiste revestido de luz el día de tu bautismo. Dios quiere que esa luz aclare lo que piensas y encienda lo que quieres, y que se vea en tu manera de hablar, de trabajar y de tratar a los demás.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, que Tu luz me envuelva y se vea en mis obras.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Tercer Día —
¡Oh Virgen Santísima de Guadalupe! Al verte rodeada de los rayos del sol, ¿qué otra cosa puedo pensar, sino que estás unida muy de cerca a Dios, Sol que no se apaga, y que en ti todo es luz, todo es gracia y todo es santidad?
¿Qué otra cosa puedo creer, sino que estás envuelta en la inmensidad de las perfecciones de Dios, y que él te guarda siempre en su Corazón? Bendita seas, Señora, por tanta dicha.
Lleno de alegría al contemplarte, me pongo ante tu trono y te suplico que dirijas hacia mi corazón uno de tus rayos encendidos.
Que su luz aclare mi entendimiento y su fuego encienda mi voluntad. Haz que entienda de una vez que es tiempo perdido todo el que no dedico a amar a mi Dios y a amarte a ti, y que vivo engañado si amo algo fuera de Dios o si no te amo por él. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
El ángel a sus pies
Día cuarto de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Lucas 1, 28)
«Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo».
Con este saludo el ángel Gabriel habló a María en Nazaret. Un mensajero del cielo se dirigía con respeto a una joven sencilla, a quien Dios había llenado de su gracia.
En la imagen de Guadalupe, a los pies de la Virgen, un ángel con las alas extendidas sostiene con sus manos el borde del manto y de la túnica. La oración de hoy ve en él la alegría del cielo, que tiene por honra servir a la Madre de Dios.
Si un ángel se alegra de estar a sus pies, nosotros podemos ofrecerle algo más pequeño y más nuestro: el corazón. Ella lo recibe para llevarlo a su Hijo y hacerlo casa de Dios.
También tú puedes preparar tu corazón para que Jesús habite en él. Aparta lo que ofende a Dios, pide perdón en la confesión y recibe a Jesús con cuidado en la comunión.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, haz de mi corazón una casa donde Tú vivas.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Cuarto Día —
¡Oh Virgen de Guadalupe, Madre santísima! Un ángel del cielo se tiene por muy honrado de estar a tus pies, y, gozoso, te sostiene con los brazos abiertos y las alas tendidas. ¿Qué haré yo para mostrarte cuánto te venero? No te ofrezco la cabeza ni los brazos: te ofrezco el corazón y el alma, para que, santificados por tus pies, sean un trono digno de ti.
Recibe, Señora, esta ofrenda y no la desprecies por pequeña: lo que le falta por mi pobreza y mi miseria, lo suplo con mi buena voluntad y mi deseo.
Mira dentro de mi corazón y verás que solo lo mueven dos alas: las ganas de pertenecerte y el miedo a disgustar a tu Hijo. Haz de mi corazón tu trono, y ya no se rebajará abriendo la puerta al pecado ni se hará esclavo del demonio. Que en él no vivan más que Jesús y María. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
El manto de estrellas
Día quinto de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Mateo 22, 37)
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente».
Jesús responde así al que le pregunta por el mandamiento más importante. De este amor nace todo lo demás.
En la imagen de Guadalupe, el manto de la Virgen está sembrado de estrellas de oro. La oración de hoy las contempla como las virtudes que adornan su alma: la pureza, la humildad, la fe, la paciencia. Todas brillan con la misma luz, la del amor a Dios, a quien María amó con todo su corazón.
Las virtudes no se improvisan. Crecen poco a poco, en la fidelidad a lo pequeño de cada día, y la Virgen acompaña ese camino con su oración.
También tú puedes pedirle que te enseñe a amar como ella: a Dios sobre todas las cosas, y en él, a los demás.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, enciende en mí un amor grande a Ti, sobre todas las cosas.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Quinto Día —
¡Oh Virgen de Guadalupe! A ti, que eres un cielo por tu hermosura, ¿qué manto te convenía sino un cielo lleno de estrellas? ¿Y con qué podía adornarse una belleza tan del cielo, sino con el brillo de tus virtudes, tan limpias y tan luminosas?
Bendita mil veces la mano de Dios, que juntó en ti una hermosura tan rara con una pureza tan grande, y un vestido tan rico y brillante con una humildad tan sencilla.
Yo me quedo, Señora, maravillado ante tanta belleza, y quisiera tener siempre los ojos fijos en ti, y así mi corazón no se iría tras otro cariño que no fuera el tuyo.
Pero no lo lograré si esas estrellas que te adornan no encienden en mí una caridad ardiente, para que ame a mi Dios con todo el corazón y con todas mis fuerzas, y después de Dios a ti, que mereces el amor de todos. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
La luna a sus pies
Día sexto de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Imitación de Cristo 3, 33)
«Mientras vivieres, estás sujeto a mudanzas, aunque no quieras».
Nuestro ánimo cambia: hoy estamos alegres y mañana tristes, hoy con fervor y mañana con pereza. Lo sabe cualquiera que haya intentado ser fiel a un buen propósito.
En la imagen de Guadalupe, la Virgen está de pie sobre una luna. La luna crece y mengua, como a veces nuestra vida. La oración de hoy la ve a sus pies: María está por encima de lo que cambia, firme en Dios, porque nunca se apartó de él.
Ella conoce nuestra inconstancia y no la desprecia. Nos ayuda a volver a empezar cada vez que fallamos, sin desanimarnos.
También tú puedes pedirle esa firmeza. Se hace de pequeñas fidelidades: volver a Dios cada día con lo que tengas y, si caes, levantarte en la confesión.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, dame constancia para seguirte cada día.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Sexto Día —
¡Oh Virgen Santísima de Guadalupe! ¡Qué bien le sienta a tu grandeza la luna que se tiende como alfombra bajo tus pies! Tú pisaste las vanidades del mundo sin dejarte vencer, y, por encima de toda criatura, nunca conociste la sombra de la menor imperfección: desde el primer instante de tu ser fuiste llena de gracia.
¡Pobre de mí, Señora! No sé ser fiel a lo que me propongo, no tengo firmeza en el bien y solo soy constante en mis malas costumbres.
Ten compasión de mí, Madre tierna y amorosa. Puesto que me parezco a la luna en lo cambiante, haz que me parezca también a la luna que tienes a tus pies: firme siempre en tu devoción y en tu amor, para no menguar en la gracia por el pecado.
Que esté siempre a tus pies con amor y devoción; así ya no temeré las caídas del pecado y me entregaré de lleno a mis deberes, rechazando de corazón todo lo que ofende a mi Dios. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
El ayate de Juan Diego
Día séptimo de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Mateo 11, 25)
«Padre, Señor del cielo y de la tierra: te alabo, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y se las mostraste a los pequeños».
Jesús da gracias al Padre porque el Reino se abre a los sencillos. Dios se da a conocer a quien lo recibe con un corazón de niño.
La imagen de la Virgen quedó en el ayate de Juan Diego, una tela pobre tejida con fibra de maguey. Cuenta la tradición que Juan Diego se tenía por poca cosa, y que rogó a la Señora que enviara a otro de más importancia. Ella le respondió que tenía muchos servidores, pero que lo había escogido a él.
La oración de hoy ve en esa tela pobre la humildad de María. Dios miró la pequeñez de su esclava, y ella quiso quedarse en el manto de un pobre.
También tú te sientes a veces demasiado pequeño para las cosas de Dios. A Él le agrada servirse de quien se fía de él y le ofrece lo que tiene, aunque sea poco.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, dile hoy: Señor, dame un corazón sencillo, abierto a lo que muestras a los pequeños.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Séptimo Día —
¡Oh Santísima Virgen María de Guadalupe! Todo, todo en esta imagen tan hermosa me lleva a conocer las perfecciones con que el Señor adornó tu alma tan pura.
Esa tela tosca y sin valor, ese ayate pobre pero dichoso donde quedó pintada tu belleza, deja ver bien claro la humildad tan honda que fue la base de tu santidad admirable.
No tuviste a menos la humilde tilma de Juan Diego para dejar en ella tu rostro, que alegra a los ángeles, maravilla a los hombres y asombra a todo el universo.
Entonces, ¿cómo no voy a esperar de tu bondad que la pobreza y la miseria de mi alma no te impidan dejar en ella tu imagen tan llena de gracia?
Te ofrezco la tela de mi corazón. Recíbelo, Señora, y guárdalo siempre entre tus manos, porque no deseo emplearlo en otra cosa que en amarte a ti y amar a Dios. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
La orla de oro: su caridad
Día octavo de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Isaías 49, 15)
«¿Acaso una mujer olvida a la criatura que amamanta, o deja de sentir ternura por el hijo que llevó en su vientre? Aunque ellas lo olvidaran, yo no me olvidaré de ti».
Dios habla así a su pueblo cuando este se siente abandonado. Su amor es más fiel que el de una madre.
La oración de hoy mira la orla de oro que adorna el vestido de la Virgen, y ve en ella el oro de su caridad. Amó a Dios sobre todas las cosas, y ese amor la hizo atenta a los que sufren. Desde el cielo no se ha olvidado de nosotros.
Cuenta la tradición que Juan Bernardino, el tío de Juan Diego, cayó gravemente enfermo. Juan Diego salió de madrugada a buscar un sacerdote, y rodeó el cerro para no demorarse con la Señora. Ella le salió al encuentro en ese mismo camino, le preguntó si no estaba allí ella, que era su madre, y le aseguró que su tío ya estaba sano.
También tú cargas a veces con la enfermedad o la angustia de alguien a quien quieres. Dios no se ha olvidado de él ni de ti. Puedes confiárselo sin miedo, aunque no sepas cómo te responderá.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, encomienda hoy a quien sufre: Señor, cuida de los que amo; Tú nunca nos olvidas.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Octavo Día —
¡Oh Virgen Santísima de Guadalupe! ¡Qué sabia fue la mano de Dios, el gran Artista, al bordar tu vestido con esa orla de oro tan fino! Sin duda quiso recordarnos el oro purísimo de la caridad y del amor a Dios que llenó de valor todo lo que hiciste.
¿Y quién puede dudar, Señora, que ese amor a Dios, tan encendido, fue siempre de la mano del amor al prójimo, y que ahora, gozando ya del cielo, no te has olvidado de nosotros?
Abre tu corazón compasivo a quien es tan pobre y tanto te necesita; tiende tu mano a quien ha caído y te llama para levantarse; y gánate la gloria de encontrar en mí una miseria tan grande que sea, más que ninguna, a la medida de tu compasión y tu misericordia. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.
La imagen que el tiempo no borra
Día noveno de la Novena a Nuestra Señora de Guadalupe.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido.
Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por Tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
— Consideración del día —
(Zacarías 2, 14)
«Grita de júbilo y alégrate, hija de Sión: mira que yo llego, y pondré mi morada en medio de ti —dice el Señor—».
Dios promete a su pueblo que vendrá a vivir en medio de él. La promesa se cumplió en Jesús, que se hizo uno de nosotros y se quedó con nosotros.
Cuenta la tradición que Juan Diego llegó ante el obispo con las flores guardadas en su tilma. Al abrirla, las flores cayeron al suelo, y en la tela apareció la imagen de la Virgen. Aquella tilma pobre, tejida con fibra de maguey, se conserva y se venera hasta hoy, casi cinco siglos después.
La oración de hoy ve en ello una señal de lo que Dios puede hacer en nosotros. El pecado desfigura en el alma la imagen de Dios, y él quiere renovarla con su gracia.
También tú puedes dejar que Dios ponga su morada en tu vida y renueve en ti su imagen. María te acompaña para que lo recibas, como lo recibió ella.
Por intercesión de la Virgen de Guadalupe, pide hoy: Señor, ven a vivir en medio de nosotros y quédate en mi casa.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Noveno Día —
¡Oh Santísima Virgen de Guadalupe! ¿Qué no podrás alcanzarnos de Dios, si en tu imagen se suman los prodigios? Ni la aspereza del ayate impidió que tu retrato quedara pintado con tanta perfección, ni el paso de los siglos ha podido gastarlo ni borrarlo.
¡Qué gran motivo para que crezca mi confianza y te suplique que abras tu corazón compasivo! Acuérdate del poder que Dios todopoderoso te dio para ayudar a los hombres, y dígnate pintar de nuevo en mi alma la imagen de Dios, borrada por mis pecados.
Que la aspereza de mis malas costumbres no detenga tu compasión; basta con que me mires, y eso ya me llenará de esperanza, porque no puedo creer que, si me miras, tu corazón no se conmueva ante mi pobreza. Después de Jesús, tú eres mi única esperanza, Santa Virgen María. Amén.
(Se dicen las intenciones de la novena.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración a la Virgen de Guadalupe —
Virgen Inmaculada, Madre del Dios verdadero y Madre de la Iglesia, que en el Tepeyac mostraste tu ternura y tu piedad a cuantos acuden a ti, recibe lo que hoy te decimos con confianza de hijos y llévalo a Jesús, tu Hijo, el único que nos salva.
Madre de misericordia, que nos enseñas a ofrecer a Dios en silencio lo que cuesta y vienes a buscar a los pecadores: a ti nos entregamos hoy, con todo lo que somos y lo que amamos. En tus manos ponemos nuestra vida y nuestro trabajo, las alegrías, las enfermedades y las penas.
Alcanza para nuestros pueblos la paz, la justicia y el pan de cada día; a tu cuidado confiamos cuanto somos y tenemos, Madre y Señora nuestra. Queremos ser del todo tuyos y caminar contigo, fieles a Jesucristo y a su Iglesia: no sueltes nunca nuestra mano.
Virgen de Guadalupe, ruega por los obispos y los sacerdotes, para que guíen a los fieles por caminos de vida cristiana, de caridad y de servicio humilde.
Mira qué grande es la cosecha, y pide al Señor que despierte en su pueblo el deseo de la santidad y le dé muchos sacerdotes y consagrados, firmes en la fe y fieles administradores de los misterios de Dios.
Que en nuestras casas se ame y se cuide la vida desde su comienzo, con el amor con que llevaste en tu seno al Hijo de Dios. Madre del Amor Hermoso, guarda unidas a nuestras familias y bendice a los hijos mientras crecen.
Esperanza nuestra, ten compasión de nosotros. Llévanos a Jesús cada día y, cuando caigamos, ayúdanos a ponernos de pie y a volver a él, confesando con humildad nuestros pecados en el sacramento del perdón, que devuelve la paz al alma. Haz que amemos mucho los sacramentos, huellas que tu Hijo dejó en la tierra para nosotros.
Así, con la conciencia en paz con Dios y el corazón libre de todo mal y de todo rencor, llevaremos a todos la alegría y la paz verdaderas, que nacen de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.

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