Novena · 9 días
Novena a San José Gregorio Hernández
Nueve días con el médico de los pobres hacia su fiesta
Rézala en Bendita con una voz cálida y un recordatorio cada día, para no perder el ritmo.
El médico de los pobres
Día primero de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Mateo 25, 40)
«Les aseguro que todo lo que hicieron a uno de estos hermanos míos, los más pequeños, a mí me lo hicieron».
En el juicio que describe el Evangelio, el Rey se reconoce en los que pasan hambre, en los enfermos y en los presos. Lo que se hizo por ellos, se hizo por él.
José Gregorio Hernández fue médico y profesor de medicina, y la gente lo llamó el médico de los pobres. A los que no podían pagar no les cobraba la consulta, y muchas veces les compraba él mismo las medicinas.
Durante la epidemia de gripe de 1918 visitó a los enfermos de su ciudad. Para él, curar era una manera de servir a Cristo, y trataba a cada enfermo con el respeto que se le debe al Señor.
También tú tienes cerca a alguien que sufre o que está solo. Para acercarte a él no hace falta ser médico: basta una visita, un rato de escucha, una ayuda a tiempo.
Señor, por intercesión de San José Gregorio, enséñame a reconocerte en los que sufren y a servirte en ellos.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día primero —
¡Oh Padre eterno, Dios todopoderoso! Te bendecimos, te alabamos y te damos gracias por todos los dones y virtudes con que enriqueciste a Tu siervo José Gregorio, y sobre todo por el amor tan grande que tuvo a los pobres, a los débiles y a los enfermos.
Tu palabra nos dice: «El que se compadece del pobre presta al Señor, y él le pagará su buena obra». Por eso nos atrevemos a pedirte, por medio de Tu siervo amado, el favor que con humildad te recordamos en esta novena.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
El pan del camino
Día segundo de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Imitación de Cristo 4, 3)
«Me conviene llegarme muchas veces a Ti y recibirte para remedio de mi salud, para que no me desmaye en el camino si fuere privado de este manjar celestial».
Jesús se quedó en la Eucaristía para ser alimento de los que van de camino. En la Misa se ofrece por nosotros, y en la Comunión se nos da entero.
José Gregorio participaba cada día en la Misa y recibía la Comunión. Un médico sabe que el cuerpo sin alimento desfallece, y al alma le pasa lo mismo.
De la Comunión sacaba la fuerza para jornadas largas y para una caridad que no pedía nada a cambio. Rezaba y servía, y lo uno llevaba a lo otro.
También tú necesitas ese pan para el camino. Acércate a la Misa con fe, también entre semana si puedes; y si hace tiempo que no comulgas, la confesión te devuelve a la mesa del Señor.
Señor Jesús, que por intercesión de San José Gregorio te busque en la Eucaristía y viva de Tu presencia.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día segundo —
¡Oh Hijo amadísimo de Dios, que por amor a nosotros te hiciste hombre y te quedaste en la Hostia santa, en nuestros altares, para ser nuestro alimento!
Te damos gracias por el amor tan grande a la Eucaristía, a la comunión y a la santa Misa que diste a Tu siervo José Gregorio. Haz que también nosotros, como él, recordemos siempre con mucha fe Tu promesa:
«Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre, y yo lo resucitaré en el último día».
Y por la intercesión de Tu siervo, te pedimos con confianza la gracia que tanto necesitamos.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
El camino de la virtud
Día tercero de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Imitación de Cristo 1, 11)
«Si cada año desarraigásemos un vicio, presto seríamos perfectos».
La santidad no se alcanza de un salto. El Espíritu Santo la va haciendo crecer día tras día, en lo pequeño, y cuenta con nuestra colaboración.
José Gregorio vivió su fe como laico, entre sus enfermos y sus alumnos. Desde 1899 fue franciscano seglar, y de San Francisco aprendió a vivir con sencillez y a desprenderse de lo que no necesitaba.
Fue conocido como un profesor culto y exigente, y como investigador ayudó a abrir camino a la medicina experimental. Su santidad se fue formando así, en la fidelidad a sus deberes de cada día.
También tú estás llamado a ser santo en tu vida de todos los días, en tu casa y en tu trabajo. El Espíritu Santo te muestra qué defecto corregir hoy, y te levanta para empezar de nuevo cuando caes.
Espíritu Santo, por intercesión de San José Gregorio, ilumina mis pasos y dame constancia en el bien.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día tercero —
¡Oh Espíritu Santo, que llevas a las almas por el camino de la virtud y de la santidad! Nuestro Redentor dijo de Ti: «Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará hasta la verdad completa».
Con toda fe te pedimos que ilumines cada día nuestros pasos en el camino del bien y nos apartes siempre del pecado y de los vicios. Y por la intercesión de Tu siervo José Gregorio, te suplicamos el favor que tanto necesitamos.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Dios visita a su pueblo
Día cuarto de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Lucas 1, 68)
«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y rescatado a su pueblo».
Así canta Zacarías cuando nace su hijo, Juan el Bautista. Ve que Dios cumple sus promesas y viene a salvar a su pueblo: en Jesús, Dios nos visita.
José Gregorio sabía lo que es una visita. Iba a las casas de sus enfermos, también a las más pobres, y se quedaba junto a ellos. En Cristo, Dios hizo mucho más: vino a nuestra casa para quedarse y cargar con nuestros males.
La oración de este día da gracias por el amor que José Gregorio tuvo al Redentor, y recuerda que meditaba a menudo los dolores de su Pasión. Quien se sabe visitado por Dios aprende a amarlo y a darle gracias.
También tú recibes cada día la visita de Dios: en su Palabra, en los sacramentos y en quien llama a tu puerta. Recíbela con gratitud, como Zacarías.
Señor, bendito seas porque viniste a salvarnos; que sepa recibirte cada vez que vienes a mi vida.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día cuarto —
¡Oh Padre del cielo, que visitaste y redimiste a Tu pueblo, y nos diste un Salvador en Tu propio Hijo, como lo habías anunciado por boca de los profetas! Por él nos salvas de los enemigos del alma y nos muestras la misericordia que prometiste a nuestros padres, acordándote de Tu santa alianza y del juramento que hiciste a Abraham, nuestro padre.
Te damos gracias por el amor tan grande que Tu siervo José Gregorio tuvo a nuestro amado Redentor, cuyos dolores en la Pasión recordaba con frecuencia; y, siguiendo el ejemplo de Tu siervo, con la gran esperanza de que nos escuches, te pedimos la gracia que te suplicamos en esta novena. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Por sus llagas, la curación
Día quinto de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Isaías 53, 5)
«Él fue herido por nuestras rebeldías y quebrantado por nuestras culpas; sobre él cayó el castigo que nos da la paz, y por sus llagas nos llegó la curación».
Siglos antes de la cruz, el profeta anunció a un siervo de Dios que cargaría con el dolor de todos. Los cristianos reconocieron en él a Jesús crucificado.
José Gregorio pasó la vida entre enfermos y conoció de cerca el sufrimiento. Curaba el cuerpo con su ciencia; pero la herida más honda es la del pecado, y esa la cura Cristo con las llagas que recibió por nosotros.
La oración de hoy da gracias por el amor que Dios le inspiró hacia Jesús y hacia todos los que sufren. Los dos amores iban juntos: en cada enfermo servía al Señor que sufre.
También tú llevas dolores que otros no ven. Ponlos ante Cristo crucificado: él ya cargó con ellos, y unidos a los suyos dan fruto.
Señor Jesús, herido por nuestras culpas, sana lo que está enfermo en mí y consuela a los que sufren.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día quinto —
¡Oh Redentor nuestro amadísimo! Hoy queremos recordar Tu santísima Pasión con las palabras que el profeta dijo de Ti: «Despreciado y el último de los hombres, varón de dolores. Él fue herido por nuestras culpas, triturado por nuestros pecados; sobre él cayó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido curados.
El Señor cargó sobre él los pecados de todos nosotros. Como cordero llevado al matadero, no abrió la boca». Y en los salmos se dice: «En mi sed me dieron a beber vinagre. Se repartieron mis vestidos. Taladraron mis manos y mis pies; puedo contar todos mis huesos».
Te damos gracias porque diste a Tu siervo José Gregorio un gran amor a Ti y a todos los que sufren. Por su intercesión te pedimos con humildad la gracia que necesitamos. Amén.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Tú sabes lo que es mejor
Día sexto de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Imitación de Cristo 3, 15)
«Señor, Tú sabes lo que es mejor: haz esto o aquello, según te agradare».
En el Huerto de los Olivos, Jesús pidió al Padre que apartara de él aquel cáliz. En la misma oración se puso en sus manos, y de ahí sacó la paz para ir a la cruz.
José Gregorio deseaba ser monje. En 1908 entró en una cartuja, y a los nueve meses tuvo que volver, enfermo; años después lo intentó otra vez, estudiando para el sacerdocio, y de nuevo la salud se lo impidió.
Volvió a sus enfermos y a sus clases, y allí siguió sirviendo a Dios. Aceptó un camino distinto del que había soñado, y lo recorrió con fidelidad hasta el final.
También tú tienes planes que no se cumplen y puertas que se cierran. En esas horas Dios no se aleja: te espera en el camino que queda abierto.
Padre, cuando mis planes no se cumplan, dame la paz de ponerme en Tus manos, como Jesús en el Huerto.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día sexto —
¡Oh Espíritu Santo, a quien nuestro amable Redentor nos envió para sacarnos del error y darnos un gusto especial por la virtud y las buenas obras! Hoy te pedimos con toda fe que nos des el mismo espíritu de aceptación y de paz que tuvo Jesucristo, nuestro Señor, cuando oraba en el huerto de los Olivos:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no como yo quiero, sino como quieres tú». Y otra vez: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Tú diste a Tu siervo fiel José Gregorio la gracia no solo de curar los males, sino también de ayudar a soportar con mucha paciencia las penas que la Providencia permite en nuestra vida: por su intercesión, te suplicamos que, si conviene al bien de nuestras almas, recibamos el favor especial que en esta novena te pedimos con nuestra oración. Amén.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Un corazón puro
Día séptimo de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Salmo 51 (50), 12)
«Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, y renueva en lo más hondo de mí un espíritu recto».
Según su título, David rezó este salmo cuando reconoció su pecado. No se excusa: pide a Dios un corazón nuevo, porque solo él puede darlo.
José Gregorio perteneció a la Orden Franciscana Seglar. San Francisco la fundó para los laicos que querían vivir en penitencia, es decir, en una conversión que empieza cada día.
La oración de este día pone en nuestros labios el Miserere, como lo reza un hijo que vuelve a casa. La Iglesia lo repite cada viernes en la oración de la mañana.
También tú puedes mirar tus pecados sin miedo. Dios los conoce y quiere crear en ti un corazón nuevo; en la confesión, su perdón te llega con tu nombre.
Dios de misericordia, por intercesión de San José Gregorio, crea en mí un corazón puro y hazme volver a Ti.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día séptimo —
¡Padre misericordioso, siempre dispuesto a perdonar! Al recordar nuestros muchos pecados, nos sentimos abrumados, y hoy, arrepentidos, queremos rezarte la hermosa oración que te dirigió Tu siervo, el profeta David:
«Ten piedad de mí, oh Dios, según la grandeza de tu misericordia, según la abundancia de tu compasión, borra mi maldad. Lávame por completo de mi culpa, y purifícame de mi pecado. Porque yo reconozco mi maldad, y tengo siempre delante mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, e hice lo que es malo a tus ojos.
Tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me enseñas sabiduría. Rocíame con el hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Retira tu rostro de mis pecados, y borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, y renueva en lo más hondo de mí un espíritu recto.
No me alejes de tu presencia, y no retires de mí tu santo Espíritu. Líbrame de la culpa de sangre, oh Dios, Dios salvador mío. Los sacrificios no te agradan; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio, oh Dios, es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Enseñaré a los pecadores tus caminos, y los malvados volverán a ti. Señor, abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Amén. Aleluya.
Y por intercesión de José Gregorio, Tu siervo, te suplicamos con toda fe la gracia que en esta novena te pedimos.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Escondidos en sus llagas
Día octavo de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Imitación de Cristo 2, 1)
«Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en la pasión de Cristo y habita gustosamente en sus sagradas llagas».
El Alma de Cristo es una oración antigua que muchos rezan después de comulgar. En ella pedimos a Jesús que nos esconda en sus llagas y que no deje que nos apartemos de él.
Las llagas del Señor son la señal de un amor que llegó hasta el final. Ante ellas nacen la fe, la esperanza, la caridad y el dolor de los pecados que pide la oración de hoy.
José Gregorio también amó hasta el final. El 29 de junio de 1919 salió a atender a una enferma y, en el camino, lo atropelló un automóvil; murió ese mismo día, a los cincuenta y cuatro años.
También tú puedes refugiarte en las llagas del Señor cuando no sepas cómo rezar. Mirarlas un momento ya es oración.
Jesús, dentro de Tus llagas escóndeme, y enséñame a amar como amó San José Gregorio.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día octavo —
¡Señor nuestro Jesucristo, que salvas a todos los que creen en Ti! De rodillas ante Tu santísima presencia, te pedimos con el mayor fervor que pongas en nuestro corazón una fe, una esperanza y una caridad muy vivas, dolor de nuestros pecados y el propósito de no ofenderte nunca más, mientras, llenos de amor y de compasión, contemplamos Tus cinco llagas, empezando por aquellas palabras del salmo: «Taladraron mis manos y mis pies; puedo contar todos mis huesos».
Alma de Cristo, santifícanos. Cuerpo de Cristo, sálvanos. Sangre de Cristo, embriáganos. Agua del costado de Cristo, lávanos. Pasión de Cristo, confórtanos.
Oh buen Jesús, óyenos. Dentro de Tus llagas, escóndenos; no permitas que nos apartemos de Ti. Del maligno enemigo, defiéndenos.
En la hora de nuestra muerte, llámanos, y mándanos ir a Ti, para que con Tus santos te alabemos por los siglos de los siglos. Amén.
Y por la intercesión de Tu siervo José Gregorio, te suplicamos la gracia que en esta novena te pedimos.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Cosas grandes en los pequeños
Día noveno de la Novena a San José Gregorio Hernández.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Oración para todos los días —
¡Oh Trinidad amabilísima! Creo en Ti, espero en Ti y te amo con todo mi corazón. Llena mi alma de Tu gracia, te lo pido, y guárdame siempre en Tu amistad.
¡Señor, Señor, Rey todopoderoso! Todo está bajo Tu poder, y si Tú quieres salvar a Tu pueblo, nadie puede oponerse a Tu voluntad. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuanto hay bajo la bóveda del cielo.
Tú eres Señor de todo, y nadie puede resistir a Tu majestad. Y ahora, Señor, Dios de Abraham, ten piedad de nosotros, porque las dificultades quieren hundirnos y quitarnos la paz. No desprecies a estos hijos Tuyos, que rescataste con la sangre preciosa de Tu Hijo único.
Sé propicio a Tu pueblo y cambia nuestro llanto en alegría, para que, recibiendo las gracias que te pedimos, alabemos Tu nombre, Señor, y nunca callen nuestros labios Tus alabanzas.
Te adoramos y te bendecimos por las gracias tan grandes que diste a Tu siervo José Gregorio, sobre todo la de amarte a Ti por encima de todo y al prójimo como a uno mismo, que es el resumen de cuanto nos enseñan Tu Ley y Tus profetas.
Por esa caridad tan grande de Tu siervo amado, te pedimos que nos ayudes en todas nuestras necesidades, y sobre todo en esta que hoy te confiamos.
Escucha, Trinidad misericordiosísima, a Tu siervo, y concédenos el favor que te suplicamos, si ha de servir a Tu mayor gloria y al bien de nuestra alma.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
— Consideración del día —
(Lucas 1, 49)
«El Poderoso hizo en mí cosas grandes: santo es su nombre».
María canta lo que Dios ha hecho en su pequeñez. No se atribuye nada: todo lo ha recibido, y por eso alaba.
Se cuenta que José Gregorio rezaba el rosario cada día y acudía a la Virgen con la confianza de un hijo. La oración de hoy honra al Espíritu Santo con el cántico de María, el Magníficat.
La Iglesia lo proclamó santo en 2025. En él, Dios hizo cosas grandes con una vida sencilla: la de un médico que rezaba, estudiaba y servía a los pobres. Hoy muchos le encomiendan a sus enfermos, y es Dios quien concede, por su intercesión, lo que conviene a cada uno.
También tú puedes cantar con María lo que Dios ha hecho en tu vida. Al terminar esta novena, dale gracias por lo recibido y deja en sus manos lo que todavía esperas.
Señor, como María, que te alabe por Tus obras y confíe siempre en Tu misericordia.
(Quedémonos un momento en silencio.)
— Día noveno —
¡Oh Espíritu Santo, que despertaste en Tu siervo José Gregorio un amor inmenso a la Santísima Virgen! Queremos honrarte con el canto que la Madre de Dios pronunció movida por Ti:
«Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador. Porque miró la pequeñez de su esclava.
Desde ahora todas las generaciones me llamarán dichosa, porque el Poderoso hizo en mí cosas grandes: santo es su nombre. Y su misericordia alcanza, de una generación a otra, a los que le temen.
Mostró el poder de su brazo, dispersó a los que tenían el corazón lleno de soberbia. Bajó a los poderosos de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los que tenían hambre, y a los ricos los despidió sin nada».
Bendito sea por siempre el nombre del Señor.
Y por la intercesión de Tu siervo José Gregorio, concédenos la gracia que con tanta confianza te suplicamos, si ha de servir a Tu gloria y a nuestro bien. Amén.
(Aquí se pide la gracia que se desea.)
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.

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