Novena · 9 días
Novena a San Antonio de Padua
Nueve días con san Antonio hacia su fiesta
Rézala en Bendita con una voz cálida y un recordatorio cada día, para no perder el ritmo.
Huye la muerte
Día primero de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— Huye la muerte —
En este día considerarás las grandes excelencias con que Dios adornó el primer Coro de los Celestiales Espíritus, que se llaman Ángeles, y significan Nuncios o Embajadores, porque su oficio es anunciar a los hombres las disposiciones del Altísimo, y guardarlos, enseñarlos y dirigirlos en todos sus caminos.
Esta perfección tuvo San Antonio en heroico grado, pues fue Nuncio Embajador, como Predicador admirable de Dios, enviado por su Majestad a los hombres para sacarlos de sus vicios y pecados, librando a muchos de la muerte eterna y temporal, y dirigiéndolos y enseñándolos en el camino de la salvación, en tanto grado, que fue admiración del Mundo, pues a sus Sermones, tal vez, asistieron treinta mil personas.
Y dio el Señor tal virtud a su voz, que a dos leguas distante le oyó predicar una devota suya.
Y en otra ocasión, con la eficacia de sus palabras, convirtió a una mujer ilustre, gran pecadora, que desesperada en la hora de la muerte resolvió no confesar; mas oyendo a nuestro Santo y su eficacísima voz, se confesó, y recibió los Sacramentos, y se salvó.
Y a otros resucitó a la vida temporal, como fueron a la hija del Rey de León, y un sobrino suyo, y otros muchos, como se refiere en su vida.
Da gracias al Altísimo por lo mucho que ha honrado a este glorioso y esclarecido Santo. Y di a su Majestad, con profunda humildad, la Oración siguiente.
— Oración para el día primero —
Dios y Señor de los ángeles, que adornaste el alma del bienaventurado San Antonio de angelical pureza, haciéndole Tu embajador y predicador admirable para beneficio de los hombres, librando a muchos con su doctrina y ejemplo de la muerte eterna y temporal: yo te doy infinitas gracias por las grandes excelencias de que adornaste a este glorioso santo, a imitación de aquellos soberanos espíritus.
Y te suplico, por su intercesión, adornes mi alma de celestial pureza, y me libres de la muerte eterna, y que me concedas lo que especialmente te pido en esta novena, si es para Tu mayor honra y gloria, y provecho de mi alma. Amén, Jesús.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
El error es desterrado
Día segundo de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— El error es desterrado —
En este día considerarás cómo los Celestes Espíritus del segundo Coro, que se llaman Arcángeles, son a quienes Dios encomienda las obras más heroicas, graves y de mayor importancia, para su mayor gloria y bien de los hombres.
Y esta excelencia se halla en el Gloriosísimo San Antonio, pues con gran celo de su gloria y fervor de caridad emprendió una obra tan heroica, y de su servicio y bien de las almas, como fue plantar la Fe entre los musulmanes a costa de su sangre, aunque no lo pudo conseguir, por haberle reservado Dios para obra más de su agrado.
Y a Excelino Romano, gran Tirano y General del Emperador Federico, que fue un monstruo cruel y azote de Italia, reprendió públicamente sus crueldades con tan ardiente espíritu, que le obligó a que se echase a sus pies y pidiese perdón de sus maldades.
Fueron sin número los errores de que libró a Italia, convirtiendo a muchos que se habían apartado de la fe, y entre ellos algunos de gran cuenta y muy doctos, no solo con aquel milagro tan sabido de la adoración del Santísimo Sacramento por un bruto que, hambriento de tres días, dejó la comida presente por adorarle; y el de los peces, a quienes predicó, y le oyeron atentos con grande confusión de los que se habían apartado de la fe, que lo miraban y admiraban, sino en otras ocasiones.
Da gracias a Dios por las maravillas que ha obrado por medio de este glorioso Santo, y di a su Majestad la Oración siguiente.
— Oración para el día segundo —
Dios y Señor de los arcángeles, que honraste a Tu amado siervo San Antonio con admirables prerrogativas, y elegiste para las obras gravísimas de Tu mayor gloria y beneficio de las almas:
yo te doy infinitas gracias por las admirables excelencias con que le adornaste y favoreciste, a imitación de los soberanos espíritus; y te suplico, por su intercesión y méritos, apartes de mi alma los errores que le ofuscan, y que yo cumpla perfectamente con las obligaciones del estado en que Tu divina providencia me ha puesto, y lo que especialmente te pido en esta novena, si es para Tu mayor gloria y bien de mi alma. Amén, Jesús.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Desaparécense los demonios y la miseria
Día tercero de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— Desaparécense los demonios y la miseria —
En este día considerarás las grandes excelencias con que Dios adornó el tercer Coro de los Bienaventurados Espíritus, que se llaman Principados, a los cuales revela los secretos admirables de su providencia, para que, como Príncipes y Superiores, los intimen a los otros Ángeles inferiores, en beneficio de los hombres.
Esta prerrogativa tuvo el glorioso San Antonio en eminente grado, pues el mismo Dios en forma de Niño hermosísimo (y es el Ángel del Testamento que dijo Malaquías) comunicaba familiarmente con él, y revelaba muchas cosas ocultas, como a otro Ángel inferior, y el mismo Santo las intimaba a otros, cuando conocía eran para gloria del Altísimo y utilidad de sus prójimos.
Y también le inspiraba lo que debía ejecutar en su servicio, como fue aquel admirable silencio de muchos años con que encubrió su profunda sabiduría, hasta que, conociendo ser voluntad de Dios que no encubriese más aquel Celestial tesoro, lo manifestó de calidad, que fue admiración del Mundo.
En el remediar las calamidades y miserias de sus Devotos, son innumerables los ejemplos que se pudieran traer; y cada cual podrá hablar según lo hubiere experimentado.
Da gracias a Dios porque tan liberal se muestra con San Antonio, y di a su Majestad la Oración siguiente.
— Oración para el día tercero —
Dios y Señor de los principados, que revelaste (como ángel del Testamento y gran Consejero) al pequeñito y grande San Antonio el tesoro de Tu Sabiduría, para que fuese Luz del mundo, ilustrando y guiando a muchos por el camino recto de la vida eterna, librando a sus devotos de muchas miserias y calamidades espirituales y temporales que las impedían:
yo te suplico rendidamente, por los méritos de este glorioso santo, ilustres mi entendimiento con Tu celestial Luz, y enciendas mi voluntad en amor divino, y me libres de las asechanzas del demonio para no caer en pecado, que es la mayor miseria que me impide mi salvación; y si es para Tu mayor gloria y bien de mi alma, lo que especialmente te pido en esta novena. Amén, Jesús.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Los leprosos sanan y los enfermos cobran salud
Día cuarto de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— Los leprosos sanan y los enfermos cobran salud —
En este día considerarás las grandes excelencias con que Dios adornó el cuarto Coro de los Celestiales Espíritus, que se llaman Potestades, en los cuales resplandece el Poder; y en cierta manera mandan y ordenan a los otros Coros inferiores lo que Dios les intima. Y también tienen especial imperio sobre los Demonios.
A imitación de estos Soberanos Espíritus, enriqueció Dios al glorioso San Antonio, dándole un poder grande y una Superioridad sobre muchos Príncipes, Cardenales y grandes Señores, y Prelados, a quienes predicaba, instruía y convertía, rindiéndoles con suave violencia a su obediencia y voluntad.
Extendióse este poder a los enfermos, sanando a muchos leprosos y otros dolientes; y entre ellos a una devota suya a quien su marido había arrancado los cabellos, y se los restituyó a su antiguo ser, quedando sin lesión alguna.
En el imperio que tuvo y tiene sobre los demonios es admirable.
Da gracias a Dios por estos singulares privilegios que ha concedido a San Antonio, y di a su Majestad, con profunda humildad, la Oración siguiente.
— Oración para el día cuarto —
Dios y Señor de las potestades, que liberalmente comunicaste al glorioso San Antonio tan grande imperio y eficacia en los corazones humanos, para traerlos y reducirlos a Tu obediencia y voluntad, y la suya, y un poder y gracia universal para curar de innumerables enfermedades a muchos devotos suyos, e imperar a los espíritus infernales, que a su pesar le obedecen:
yo te doy gracias por estos favores tan singulares que le hiciste, y te pido por sus méritos me concedas perfecta salud de alma y cuerpo para emplearla en Tu santo servicio, y que yo resista con fortaleza a las asechanzas del demonio, para que no me sujete a su imperio por la culpa; y si es para Tu mayor gloria, lo que especialmente te pido en esta novena. Amén, Jesús.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
El mar obedece y son libres los encarcelados
Día quinto de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— El mar obedece y son libres los encarcelados —
En este día considerarás la especial prerrogativa con que Dios adornó el quinto Coro de los Celestiales Espíritus, que se llaman Virtudes, por lo cual hacen estupendos y grandes milagros en beneficio de los hombres.
Y esta excelencia concedió su Majestad a nuestro milagroso Antonio en tan eminente grado, que son sin número los que ha obrado y obra cada día el Santo en la tierra y en el mar, como se ve en los muchos libros de su vida, y otros más que no han escrito. Solo referiré aquí dos brevemente.
El uno fue que, habiendo apresado los Turcos un Bajel, y amarrándole con cadenas, y a los que iban en él, el Santo se les apareció, y desató, y dijo a un devoto suyo: «Yo soy Antonio de Padua; levántate, y vete a donde están mis Cenizas, y da gracias a Dios de este beneficio».
El otro fue haber traído desde la India Oriental a Lisboa un Caballero, en poco más espacio que de un día, por devotas Oraciones y Novenas de su mujer, ofrecidas en obsequio suyo.
Alaba al Altísimo por tan estupendos milagros como ha obrado por este prodigioso Santo, y di a su Majestad la Oración siguiente.
— Oración para el día quinto —
Dios y Señor de las virtudes, que tan liberalmente comunicaste al glorioso San Antonio de Padua poderosa virtud en la tierra y en el mar, para obrar por ella estupendos prodigios y milagros en beneficio de sus devotos que le invocan:
yo te doy infinitas gracias por esta liberal misericordia; y te pido, por sus méritos e intercesión, que en el mar tempestuoso de este mundo sea yo dirigido con la luz de Tu divina inspiración, y así me libre de caer en la eterna cárcel del Infierno.
Y si es para Tu mayor gloria, concédeme lo que especialmente te pido en esta novena. Amén.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Los ancianos y los jóvenes recobran miembros y cosas perdidas
Día sexto de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— Los ancianos y los jóvenes recobran miembros y cosas perdidas —
En este día considerarás la excelencia de que Dios adornó a los Celestiales Espíritus que se llaman Dominaciones, los cuales con excelso modo presiden a las cosas inferiores en el orden de la naturaleza y de la gracia, y gobiernan a sus Ministros visibles e invisibles, y también los dominan.
La cual excelencia comunicó Dios a San Antonio de calidad, que, habiendo sabido nuestro Padre San Francisco este don, por su celestial y profunda doctrina le nombró primer Lector de Sagrada Teología de su Religión, para que predicase y enseñase en los Actos Literarios; y en las Prelacías que tuvo, siendo un vivo retrato del Seráfico Padre, imán de los corazones de sus Súbditos, que guiaba con ejemplos y palabras a la más pura observancia de la vida Religiosa, en que fue celador ferventísimo.
Dominaba no solo sobre los afectos de todos, y más sobre sus propias personas y caudales, restituyendo a aquellas y estos lo que con gran dolor habían perdido.
Sanó diez y nueve estropeados, cinco baldados; dio vista a seis ciegos, oído a muchos sordos. A un mancebo que se había cortado una pierna, se la restituyó con la señal de la Cruz.
Y aun en lo que importa menos, y en cosas mínimas, se vio este dominio, pues en una ocasión perdió un Religioso una cuenta con muchas Indulgencias, e hizo que se la restituyese, trayéndola en la boca una hormiga.
Otro perdió una aguja, y dispuso se la prendiesen en el lintel de la puerta de su Celda, donde el hilo con que estaba enhebrada le dio en los ojos, y advirtió el beneficio.
Alaba a Dios por tan raras maravillas como obra por este glorioso Santo, y di a su Majestad la Oración siguiente.
— Oración para el día sexto —
Dios y Señor de las dominaciones, a cuyo poder está sujeta toda humana y angelical criatura, que sublimaste y adornaste a Tu amado siervo San Antonio con tan admirable sabiduría, que fue luz imperiosa a muchos príncipes y prelados, instruyéndolos en el camino de gracia y vida eterna, y sujetándolos a su voluntad, y le concediste el singular privilegio de hallar las cosas perdidas:
yo te doy infinitas gracias por lo mucho que favoreciste a este glorioso santo; te pido por su intercesión concedas a mi alma luz celestial y eficacia, que domine y refrene mis apetitos desordenados, para seguir Tus Divinas inspiraciones, y que no pierda yo la joya preciosísima de Tu gracia, y si por mi desgracia la hubiere perdido, la halle prontamente; y si es para Tu mayor gloria, lo que especialmente te pido en esta novena. Amén.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Los peligros se desvanecen
Día séptimo de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— Los peligros se desvanecen —
En este día considerarás las admirables excelencias con que Dios adornó el séptimo Coro de Espíritus Celestiales, que llaman Tronos, porque en ellos descansa como en su Real Silla, y ellos le reverencian y contemplan sobre sí, con suma humildad y rendimiento.
Esta excelencia se vio en nuestro Glorioso Santo con admirable propiedad, pues el mismo Dios, en forma de Niño hermosísimo, familiarmente se regalaba con él, haciendo Trono en sus brazos y pecho enamorado; y él le recibía con profundísima humildad, y le abrazaba con suma reverencia, siendo como Trono de la gracia, donde acuden sus devotos, logrando innumerables beneficios de su divina liberalidad a intercesión de nuestro Santo.
Admírate de la infinita caridad de nuestro Dios Soberano, que tan singulares favores hizo a este su amado Siervo, y ten gran confianza, que pues el Dulcísimo Jesús se muestra tan familiar con San Antonio, puede librarte por su intercesión de los peligros de alma y cuerpo que afligen en esta vida.
De ello hallarás muchos ejemplos, como fueron los dos casos en que milagrosamente vino desde Italia a Lisboa en brevísimo tiempo, y libró a su Padre de la muerte y calumnia que le imponían. Y en otros muchos peligros también se ha visto, y cada día se experimenta su patrocinio.
Da gracias a Dios con la Oración siguiente.
— Oración para el día séptimo —
Dios y Señor de los tronos, que elegiste tantas veces el enamorado pecho y brazos del devotísimo San Antonio para trono de Tus gracias y lugar de Tus delicias, que con la fragancia de sus celestiales virtudes lograba; y le honraste con singulares privilegios en beneficio de sus devotos, para librarlos de innumerables peligros de alma y cuerpo:
yo te doy infinitas gracias por Tu gran benignidad y misericordia; y te pido, por el amor que tienes a este Tu fidelísimo siervo, me concedas tal pureza de alma y cuerpo, que sea digna morada Tuya cuando te reciba en el Santísimo Sacramento; sea libre de todos los peligros que se ofrecieren en esta miserable vida; y si es para Tu mayor honra y gloria, lo que especialmente te pido en esta novena. Amén.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
La necesidad redimida
Día octavo de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— La necesidad redimida —
En este día considerarás la excelencia de que Dios adornó el octavo Coro de los Espíritus Celestiales, que se llaman Querubines, que quiere decir Plenitud de Ciencia, porque sobre todos los demás se ocupan en el conocimiento de la Divina Majestad y de sus perfecciones.
En esta soberana excelencia es singularísimo San Antonio, pues fue tal la sabiduría y conocimiento que de Dios tuvo, y de sus Misterios y Sagradas Escrituras, que el Papa Gregorio Nono le llamó Arca del Testamento.
De este conocimiento del Ser Divino nacía en el Santo aquella reverencia con que le adoraba y alababa, como si le mirara con los ojos corporales, procurando que otros le conociesen, adorasen y alabasen; y para manifestar esto a los hombres, quiere que su lengua se conserve hasta hoy fresca y sin corrupción.
También le concedió, como por premio, que de aquel conocimiento altísimo de Dios se derivase el conocimiento de los hombres, su estado y necesidad, que tantas veces remedió, como se vio en aquella virtuosa doncella que, habiendo llegado a extrema necesidad, acudió por remedio a su Devoto San Antonio; el cual, desde una Imagen suya, le arrojó una cédula, enviándola a cierto Mercader rico, para que diese lo que pesase de plata.
Y siendo un papel sencillo, pesó trescientos ducados de plata: valor de una lámpara que había ofrecido al Santo, y después olvidado; de que quedó corregido, confuso y consolado, y más devoto, como la pobre doncella obligada y socorrida de su Protector y Bienhechor insigne.
Alaba al Altísimo por las misericordias que usa por medio de este Glorioso Santo, y di a su Majestad la Oración siguiente.
— Oración para el día octavo —
Dios y Señor de los querubines, que adornaste el alma del bienaventurado San Antonio de celestial y altísima sabiduría, para que te contemplase y enseñase a otros esta ciencia de los santos importantísima: yo te adoro con profunda humildad y gran reverencia, y te confieso por mi Dios y Señor, infinitamente bueno, Poderoso y Sabio, dándote infinitas gracias por este singular favor que le concediste.
Y te pido por sus méritos ilustres mi alma con Tu celestial luz, para que te conozca, y ame, y cumpla en todo Tu Santísima voluntad; y que en los riesgos de esta vida, y en la última y gravísima necesidad de la hora de mi muerte, me socorra con su intercesión; y Tú, Dios mío, asísteme con Tus auxilios, por el amor que les tienes.
Y si es para Tu mayor honra y gloria, concédeme lo que especialmente te pido en esta novena. Amén.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Díganlo los socorridos, testigos los paduanos
Día noveno de la Novena a San Antonio de Padua.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Acto de contrición —
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío. Por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Ayudado de Tu divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Amén.
— Responsorio de San Antonio —
(Rezamos el responsorio con que, desde hace siglos, se recuerdan los milagros de San Antonio.)
Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio divino y santo,
para que dignos así
de sus promesas seamos. Amén.
— Díganlo los socorridos, testigos los paduanos —
En este día considerarás la suprema excelencia con que Dios ha enriquecido el noveno y supremo Coro de Celestiales Espíritus, que se llaman Serafines, que son los más inmediatos a la Divina Majestad, y por esto participan más que todos de aquel infinito fuego de amor, porque Dios es la misma caridad, y amor por esencia.
Y siendo nuestro Gloriosísimo Serafín Antonio no solo inmediato al Trono de Dios, como los que vio Isaías, mas sirviendo, aunque menor, de otro elevado y excelso Trono, en inmediación tan estrecha y cariñosa, ¡qué llamas, qué incendios, qué volcanes no participaría del Divino pecho!
Esta, sin duda, fue su mayor excelencia, como la caridad es más excelente de todas las virtudes en ella, y con ella ganó tantos privilegios de la liberal y Divina caridad, para consuelo y beneficio de sus Devotos, de que son testigos casi innumerables socorridos, y especialmente los Paduanos, a quienes el Santo siempre mostró tener especial afecto.
Y esta Ciudad de Padua, sobre todas las Ciudades del Mundo, se ha esmerado en la reverencia, devoción y culto de San Antonio, eligiéndole por su Patrono, fabricándole diversos Templos, y una hermosa Capilla, tan rica y admirable, que es una de las mayores maravillas de Europa, y en ella han colocado su Sagrado Cuerpo.
Y el Santo se muestra tan agradecido a sus moradores, que son muchísimos los prodigios que por ellos ha obrado; especialmente aquel memorable, cuando libró a Padua del sitio que le había puesto el General del Emperador Federico, y la intentaba destruir.
Da gracias a Dios por las inefables misericordias que obra con San Antonio, y di a su Majestad la Oración siguiente.
— Oración para el día noveno —
Dios y Señor de los serafines, que enriqueciste el corazón del devotísimo San Antonio de tan ardiente amor Tuyo, que a manera de serafín se abrasaba en Tu presencia, inmediación y unión estrechísima, y por esto le elegiste tantas veces para tener en su pecho, como en un nuevo Cielo, Tus delicias y regalos:
yo te doy infinitas gracias por esta dignación tan grande de Tu inmensa caridad, y por ella te pido enciendas mi alma en el fuego de Tu divino amor, para que siempre te ame en esta vida, y después lo continúe en compañía de los coros Angélicos y del glorioso San Antonio, Tu fidelísimo siervo; y así pueda yo siempre alabar y engrandecer Tu misericordia, y confesar que eres admirable en Tus santos.
Y si es para Tu mayor honra y gloria, concédeme lo que especialmente te pido en esta novena. Amén.
(Pide ahora, en silencio, la gracia que deseas alcanzar en esta novena.)
— Padre nuestro, Avemaría y Gloria —
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
— Oración final —
Oh Dios, que la fiesta de san Antonio, Tu confesor y doctor, que celebramos con devoción, llene de alegría a Tu Iglesia: para que esté siempre protegida con los auxilios del espíritu y merezca gozar de las alegrías eternas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

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