Novena · 9 días
Novena de abandono en Dios
Nueve días para aprender a confiarlo todo a Dios
Rézala en Bendita con una voz cálida y un recordatorio cada día, para no perder el ritmo.
Tú cuidas de mí
Día primero de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día primero —
(Imitación de Cristo 3, 17)
«Mayor es el cuidado que Tú tienes de mí que todo el cuidado que yo puedo poner en mirar por mí».
Jesús habló a sus discípulos de las aves del cielo, que no siembran ni guardan nada en graneros, y a las que el Padre da de comer. Y les preguntó: «¿No valen ustedes mucho más que ellas?».
La primera carta de Pedro invita a descargar en Dios todas las preocupaciones, «porque ustedes le importan». El Padre sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Confiarse a Dios empieza por creer que le importamos. Quien lo cree sigue haciendo cada día lo que le toca, pero ya no carga solo con el peso de todo.
También tú llevas preocupaciones que te quitan la paz. Hoy puedes ponerlas delante de Dios, una por una, y dejarlas en sus manos.
Dile al Señor: Padre, Tú cuidas de mí mejor que yo mismo; recibe lo que hoy me preocupa y dame Tu paz.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Como un niño en brazos de su madre
Día segundo de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día segundo —
(Salmo 131 (130), 2)
«He serenado y hecho callar mi alma, como un niño destetado en brazos de su madre».
Una tarde, mientras cruzaban el lago, se levantó un fuerte torbellino de viento, y las olas se echaban sobre la barca. Jesús dormía en la popa. Los discípulos lo despertaron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Jesús se levantó, calmó el viento y el mar, y les dijo: «¿Por qué son tan miedosos? ¿Cómo es que no tienen fe?».
El salmo enseña otra manera de estar ante Dios: la del niño que descansa en brazos de su madre sin preguntar adónde lo lleva. Entregarse a Dios pide eso: dejar de dar vueltas a lo que tememos y descansar en él.
También tú, cuando la inquietud te gane, puedes cerrar los ojos un momento y decirle a Dios que confías en él, aunque la tormenta siga.
Reza con confianza: Señor, calma mi corazón y enséñame a descansar en Ti.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Hágase Tu voluntad
Día tercero de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día tercero —
(Imitación de Cristo 3, 15)
«Señor, Tú sabes lo que es mejor: haz esto o aquello, según te agradare».
En una boda en Caná se acabó el vino. María se acercó a su Hijo y le dijo solamente: «No tienen vino». No le explicó lo que tenía que hacer.
Después dijo a los que servían: «Lo que él les diga, háganlo». Puso la necesidad en manos de Jesús y dejó que él decidiera cómo remediarla. Y el Señor, a su hora, convirtió el agua en vino.
Así nos enseña a rezar el Padre nuestro: «hágase tu voluntad». Podemos contarle a Dios todo lo que nos pasa y pedirle con confianza, y dejar en sus manos la manera y la hora.
También tú puedes rezar hoy así: decirle a Dios en pocas palabras lo que te preocupa, y confiar en que él sabe lo que te conviene.
Dile al Señor: Padre, Tú conoces lo que necesito; que se haga Tu voluntad en mi vida.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Aquel a quien amas está enfermo
Día cuarto de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día cuarto —
(Juan 11, 3)
«Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo».
Lázaro, el amigo de Jesús, estaba enfermo en Betania, y sus hermanas, Marta y María, le enviaron este aviso. Solo le recordaron cuánto lo quería, sin decirle lo que tenía que hacer.
Jesús se quedó todavía dos días donde estaba, y cuando llegó, Lázaro ya había muerto. Marta le dijo con dolor que, si hubiera estado allí, su hermano no habría muerto, y Jesús se echó a llorar. Después, ante el sepulcro, llamó a Lázaro, y Lázaro salió.
Cuando una enfermedad avanza o un mal parece crecer, podemos hacer como ellas: decírselo a Jesús con confianza, también con nuestras quejas, y seguir esperando en él. No sabemos cómo ni cuándo responderá, pero nuestro dolor le importa.
También tú tienes quizá a alguien enfermo, o una preocupación que empeora. Pon hoy todo eso delante del Señor, con el nombre de quien quieres.
Dile hoy al Señor: Señor, mira a los que amas y están sufriendo; te los confío y espero en Ti.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Hasta las canas te llevaré
Día quinto de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día quinto —
(Isaías 46, 4)
«Hasta la vejez, yo soy el mismo; hasta las canas, yo los cargaré».
Así habla Dios a su pueblo por el profeta Isaías. Le recuerda que lo ha llevado desde el seno materno y que lo seguirá llevando hasta el final.
Abrahán salió de su tierra porque Dios se lo pidió, y la carta a los Hebreos dice que salió sin saber adónde iba. Su camino tuvo esperas largas y pruebas que no entendía, y en él fue aprendiendo a fiarse de Dios.
Dios no siempre nos lleva por donde nosotros iríamos. A veces solo más tarde vemos que su mano estaba allí. Lo que hoy no entendemos puede ser parte de un camino que él conoce.
También tú puedes estar hoy en un camino que no escogiste. El Dios que te conoce desde el seno de tu madre te sigue llevando, también ahora.
Dile al Señor: Señor, llévame por donde Tú quieras, y dame confianza cuando no vea el camino.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Sin apoyarme solo en lo que entiendo
Día sexto de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día sexto —
(Proverbios 3, 5)
«Pon tu confianza en el Señor con todo el corazón, y no te apoyes en lo que tú entiendes».
Marta recibió a Jesús en su casa y andaba de un lado para otro con todo lo que había que servir, mientras su hermana María escuchaba sentada a los pies del Señor. Cuando Marta se quejó, Jesús le dijo: «Marta, Marta, te angustias y te agitas por muchas cosas».
Marta servía al Señor, y eso era bueno. Pero se había cargado de tantas cosas que ya no podía escucharlo.
Nos pasa lo mismo cuando queremos tenerlo todo previsto y resuelto, como si todo dependiera de nosotros o de la ayuda de otros, y acabamos agotados.
También tú puedes hoy hacer lo que te corresponde, sin querer resolverlo todo, y dejar lo demás en manos de Dios.
Dile al Señor: Señor, enséñame a apoyarme en Ti más que en mis fuerzas, y a escuchar Tu palabra.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Aquí está la esclava del Señor
Día séptimo de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día séptimo —
(Lucas 1, 38)
«Aquí está la esclava del Señor. Que me suceda según tu palabra».
Con estas palabras respondió María al ángel. No sabía todo lo que vendría después, y aun así se puso entera en manos de Dios. Tampoco lo entendía todo: el Evangelio dice que guardaba estas cosas en su corazón.
Dios hizo en ella la obra más grande: el Hijo de Dios se hizo hombre en su seno. Ella misma lo cantó después en casa de Isabel: «El Poderoso hizo en mí cosas grandes: santo es su nombre».
Dios no fuerza a nadie; espera nuestro sí. Cuanto más nos ponemos en sus manos, más lugar le damos para obrar en nosotros. Así lo vivieron los santos, que hicieron cosas grandes porque se fiaron de él.
También tú puedes decirle hoy tu sí a Dios en lo que estás viviendo, aunque no veas el final.
Dile al Señor: Señor, dispón de mi vida, y que se cumpla en mí Tu palabra.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
El mañana, en manos de Dios
Día octavo de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día octavo —
(Mateo 6, 34)
«No se preocupen por el mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su propio mal».
Cuando el pueblo de Israel atravesaba el desierto, Dios le daba el maná cada mañana. Cada uno recogía lo de ese día, y lo que se guardaba para el siguiente se echaba a perder.
Así fue aprendiendo a fiarse de Dios un día tras otro. Jesús nos enseñó a pedir lo mismo en el Padre nuestro: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Ese pan es también la gracia que Dios nos da para cada jornada.
El mañana nos inquieta porque no lo vemos. Dios ya está en él, y seguirá cuidando de nosotros.
También tú puedes vivir hoy lo de hoy, con lo que Dios te da, y descansar en su bondad.
Dile al Señor: Padre, dame hoy lo que necesito para hoy, y guarda Tú mi mañana.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
En Tus manos
Día noveno de la Novena de abandono en Dios.
— Señal de la Cruz —
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
— Día noveno —
(Lucas 23, 46)
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Son las últimas palabras de Jesús en la cruz, según el Evangelio de Lucas. Las tomó de un salmo y las dijo al Padre en la hora más oscura, confiándose del todo a él.
La Iglesia repite estas palabras cada noche en la oración de Completas. Así aprendemos a terminar el día en las manos del Padre, antes de dormir.
San Pablo pide a los cristianos que presenten a Dios lo que les preocupa, con oración y acción de gracias, y les dice que «la paz de Dios, que supera todo lo que la mente puede comprender», guardará sus corazones.
También tú puedes rezar así cada día, al empezar y al terminar: poner tu vida en las manos del Padre, con lo que te pesa y con lo que esperas.
Dile al Señor: Padre, que cada día termine en Tus manos, y que Tu paz guarde mi corazón.
(Quedémonos un momento en silencio.)
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.
Padre, en Tus manos pongo mi vida.

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