Evangelio del día

Evangelio del Sábado 28 de noviembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Apocalipsis 22, 1-7

El ángel me mostró a mí, Juan, un río de agua viva, brillante como el cristal, que manaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que da fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas son medicina para los pueblos. Ya no habrá nada maldito.

El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad, y sus siervos le darán culto. Contemplarán su rostro, y tendrán su nombre en la frente. Ya no habrá noche, ni les hará falta luz de lámpara ni luz del sol, porque el Señor Dios derramará su luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos.

Y me dijo:
«Estas palabras son dignas de fe y verdaderas. El Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, envió a su ángel para hacer ver a sus siervos las cosas que van a pasar muy pronto. Mira, llego pronto. Dichoso el que conserva las palabras de la profecía de este libro».

Palabra de Dios.

— Salmo 94 —

R. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!

Vamos, alegrémonos en el Señor,
demos voces de alegría a la roca que nos salva;
lleguemos ante él dándole gracias,
aclamémoslo con cantos.

R. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!

Porque el Señor es un Dios grande,
un rey grande sobre todos los dioses.
En su mano están las honduras de la tierra,
suyas son las cumbres de los montes.
Suyo es el mar, porque él lo hizo,
y la tierra firme que formaron sus manos.

R. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!

Entren, postrémonos, inclinémonos,
arrodillémonos ante el Señor que nos hizo.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta, el rebaño de su mano.

R. Amén. ¡Ven, Señor Jesús!

— Evangelio —
Lucas 21, 34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vigílense a sí mismos, no sea que el corazón se les vuelva pesado con los excesos, las borracheras y los afanes de la vida, y aquel día les caiga encima de golpe, como un lazo. Porque vendrá sobre todos los que habitan en la faz de la tierra.

Estén, pues, despiertos, orando en todo tiempo, para que tengan fuerza de escapar de todo lo que va a suceder y puedan estar de pie delante del Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La primera lectura nos regala la última visión del Apocalipsis. Un río de agua viva, «brillante como el cristal», sale del trono de Dios y del Cordero, y a sus orillas crece el árbol de la vida, cuyas hojas «son medicina para los pueblos». Allí «Ya no habrá noche», y de los siervos de Dios se dice algo que llena de esperanza: «Contemplarán su rostro».

Esa es la meta de nuestra vida: ver a Dios cara a cara. Todo lo que hacemos en la tierra es un camino hacia ese encuentro. Y el Señor nos lo asegura: «Mira, llego pronto». El salmo nos invita a responder con alegría: «Vamos, alegrémonos en el Señor». Hoy termina el año litúrgico, y mañana empieza el Adviento, el tiempo de preparar su llegada.

En el último Evangelio del año, Jesús nos da un consejo sencillo: vigilar para que el corazón no se nos vuelva pesado con los excesos y los afanes de la vida. Uno puede seguir viviendo y, sin embargo, no esperar ya nada. Por eso Jesús insiste: «Estén, pues, despiertos, orando en todo tiempo». Orar en todo tiempo no es estar siempre de rodillas; es vivir con Dios presente y hablarle en medio de las tareas. Las dos lecturas se unen: quien vive despierto y orando es quien un día podrá contemplar el rostro de Dios.

En este sábado miramos a la Virgen María, la mujer que supo esperar despierta. Durante nueve meses llevó a Jesús en su seno, y cada día preparó su corazón para recibirlo; guardaba todo en su corazón y lo meditaba. Ella nos enseña a vivir el Adviento: sin prisa y sin ruido, con el corazón atento. Hoy puedes darle gracias a Dios por este año que termina, y pedirle a María que te acompañe en el nuevo año de la Iglesia, con un corazón despierto que no se deje adormecer.

— Oración —

Señor Jesús,
Tú vienes pronto,
y quiero esperarte despierto.
No dejes que los afanes de la vida
me vuelvan pesado el corazón.
Enséñame a orar en todo tiempo,
en medio de mis tareas y mis cansancios.
Que, como la Virgen María,
guarde Tu palabra y prepare mi corazón para recibirte.
Y un día, junto al río de agua viva,
déjame contemplar Tu rostro.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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