Evangelio del día
Evangelio del Jueves 26 de noviembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Apocalipsis 18, 1-2. 21-23; 19, 1-3. 9a
Yo, Juan, vi otro ángel que bajaba del cielo con gran poder, y la tierra se iluminó con su resplandor. Gritó con voz potente:
«¡Cayó, cayó Babilonia la grande! Se ha vuelto casa de demonios, cárcel de todo espíritu impuro, cárcel de toda ave impura y repugnante».
Un ángel fuerte alzó una piedra, como una gran piedra de molino, y la lanzó al mar, diciendo:
«Con este mismo ímpetu será arrojada Babilonia, la gran ciudad, y nunca más se la encontrará. Nunca más se oirá en ti la música de los citaristas, de los cantores, de los flautistas y de los trompeteros; nunca más se hallará en ti artesano de ningún oficio; nunca más se oirá en ti el ruido del molino; nunca más brillará en ti la luz de una lámpara; nunca más se oirá en ti la voz del novio y de la novia. Porque tus comerciantes eran los grandes de la tierra, y con tus hechicerías extraviaste a todas las naciones».
Después de esto oí en el cielo algo así como el clamor de una gran muchedumbre, que decía:
«¡Aleluya! De nuestro Dios son la salvación, la gloria y el poder, porque sus sentencias son verdaderas y justas: ha juzgado a la gran prostituta, que corrompía la tierra con su prostitución, y ha pedido cuentas de la sangre de sus siervos, derramada por su mano».
Y dijeron por segunda vez:
«¡Aleluya! El humo de ella sube por los siglos de los siglos».
Entonces el ángel me dijo:
«Escribe: Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero».
Palabra de Dios.
— Salmo 99 —
R. Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero.
Aclamen al Señor, tierra entera;
Sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con cantos de júbilo.
R. Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero.
Sepan que el Señor es Dios:
él nos hizo, y a él pertenecemos;
somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.
R. Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero.
Crucen sus puertas dando gracias,
sus atrios con himnos de alabanza;
denle gracias y bendigan su nombre.
R. Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero.
Porque el Señor es bueno,
su amor fiel dura para siempre,
y su fidelidad, de generación en generación.
R. Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero.
— Evangelio —
Lucas 21, 20-28
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando vean a Jerusalén cercada por ejércitos, sepan que su ruina está cerca. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén dentro de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella. Porque esos serán días de castigo, en que se cumplirá todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén encinta o criando en esos días! Porque habrá una gran angustia en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén quedará bajo los pies de los paganos hasta que se cumplan los tiempos de los paganos.
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las naciones, desconcertadas por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el miedo y por la espera de lo que va a sobrevenir al mundo, porque las fuerzas del cielo se tambalearán.
Entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con poder y gran gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, pónganse derechos y alcen la cabeza: su rescate está cerca».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura anuncia la caída de Babilonia, la ciudad orgullosa que parecía invencible: «¡Cayó, cayó Babilonia la grande!». Todo su ruido y su riqueza se apagan de golpe: «nunca más brillará en ti la luz de una lámpara». Es la imagen de todo lo que se construye contra Dios y contra los pequeños: por fuerte que parezca, no dura.
En cambio, el cielo se llena de un canto de alegría: «De nuestro Dios son la salvación, la gloria y el poder». Y un ángel le dice a Juan: «Escribe: Dichosos los llamados a la cena de bodas del Cordero». Ese es el final de la historia: una fiesta de bodas. El salmo nos invita a entrar ya en esa alegría: «Sirvan al Señor con alegría, entren en su presencia con cantos de júbilo».
En el Evangelio, Jesús habla de tiempos difíciles: Jerusalén cercada por ejércitos, señales en el cielo, gente que se queda sin aliento por el miedo. Son palabras que impresionan. Pero en medio de todo eso, Jesús dice algo sorprendente: «pónganse derechos y alcen la cabeza: su rescate está cerca». Cuando otros se encogen de miedo, los discípulos pueden levantar la mirada, porque el que viene es el Hijo del hombre, que los ama. Las dos lecturas se unen: lo que se derrumba es Babilonia; lo que llega es la fiesta del Cordero.
Todos pasamos por momentos en que parece que el mundo se cae a pedazos: una enfermedad, una mala noticia, una pérdida. En esos momentos, Jesús nos pide que no bajemos la cabeza; Él está más cerca de lo que pensamos. Cada misa es un anticipo de la cena de bodas del Cordero. Hoy puedes levantar la cabeza, aunque estés cansado, y decirle a Jesús que confías en Él y que esperas su venida con alegría. Los que están invitados a su cena no tienen por qué vivir con miedo.
— Oración —
Señor Jesús,
Tú vienes con poder y gran gloria,
y Tu venida es para nosotros rescate.
Cuando todo parezca derrumbarse,
no me dejes bajar la cabeza.
Que no ponga mi confianza
en lo que se apaga de un día para otro.
Gracias por invitarme a la cena de bodas del Cordero.
Que cada misa me prepare para esa fiesta.
Y que te espere con alegría,
como se espera a quien se ama.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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