Evangelio del día

Evangelio del Lunes 23 de noviembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Apocalipsis 14, 1-3. 4b-5

Yo, Juan, miré, y vi al Cordero de pie sobre el monte Sión, y con él a ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre de él y el nombre de su Padre.

Y oí una voz que venía del cielo, como el estruendo de muchas aguas y como el retumbar de un gran trueno; la voz que oí era como de citaristas que tocan sus cítaras. Cantan un canto nuevo delante del trono, delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Y nadie podía aprender aquel canto, fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los que fueron adquiridos de la tierra.

Estos van detrás del Cordero a dondequiera que él vaya. Fueron adquiridos de entre los hombres como primer fruto para Dios y para el Cordero. En su boca no se encontró mentira: no tienen mancha.

Palabra de Dios.

— Salmo 23 —

R. Esa es la gente que busca tu rostro, Señor.

Al Señor pertenecen la tierra y cuanto hay en ella,
el mundo y todos sus habitantes.
Él la asentó sobre los mares,
la estableció sobre los ríos.

R. Esa es la gente que busca tu rostro, Señor.

¿Quién subirá al monte del Señor?
¿Quién podrá estar en pie en su lugar santo?
El de manos inocentes y corazón puro,
el que no pone su alma en cosas vanas.

R. Esa es la gente que busca tu rostro, Señor.

Ese recibirá la bendición del Señor,
la justicia de Dios, su salvador.
Esa es la gente que lo busca,
que busca tu rostro, Dios de Jacob.

R. Esa es la gente que busca tu rostro, Señor.

— Evangelio —
Lucas 21, 1-4

En aquel tiempo, Jesús levantó la mirada y vio a los que echaban sus ofrendas en el cofre de las ofrendas: eran ricos. Vio además a una pobre viuda que echaba allí dos monedas pequeñas.

Y dijo:
«Les digo de verdad que esta pobre viuda echó más que todos. Porque todos estos echaron en las ofrendas de lo que les sobraba; ella, en cambio, desde su necesidad, echó todo cuanto tenía para vivir».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

En la primera lectura, san Juan ve al Cordero de pie sobre el monte Sión, rodeado de una multitud que lleva escrito en la frente su nombre y el de su Padre. Cantan «un canto nuevo delante del trono», y son los que «van detrás del Cordero a dondequiera que él vaya». Seguir al Cordero es no guardarse nada, porque se confía en que Él cuida de nosotros.

De ellos se dice algo muy sencillo: «En su boca no se encontró mentira». La santidad no consiste en grandes hazañas, sino en un corazón limpio y sin doblez. El salmo pregunta quién podrá subir al monte del Señor, y responde: «El de manos inocentes y corazón puro». Es la gente que busca el rostro de Dios con sencillez.

En el Evangelio, Jesús está en el templo y mira cómo la gente deposita sus ofrendas. Ve a unos ricos que echan mucho, y ve también a una viuda pobre que echa dos moneditas. Para cualquiera, esa ofrenda no valía casi nada; para Jesús, fue la más grande de todas, porque ella, «desde su necesidad, echó todo cuanto tenía para vivir». Dios no mide nuestras ofrendas por la cantidad, sino por el amor y la confianza que hay detrás. Las dos lecturas se unen: la viuda es como los que siguen al Cordero adondequiera que vaya, porque se puso entera en manos de Dios.

Muchas personas mayores viven así, con poco, y aun así comparten. Quizá pienses que ya no tienes mucho que ofrecer; pero tu oración y tu paciencia en la enfermedad son las moneditas que Dios mira con ternura. A veces damos a Dios lo que nos sobra. Hoy puedes ofrecerle algo que te cueste: un rato de oración cuando estás cansado, o una ayuda a quien no te lo puede agradecer. Esas dos moneditas, ofrecidas con amor, valen más que todas las riquezas del mundo.

— Oración —

Señor Jesús,
Tú viste las dos moneditas de la viuda
y las tuviste por la mayor ofrenda.
Mira también lo poco que hoy te traigo:
mi oración, mi cansancio y mi paciencia.
Que no te dé solo lo que me sobra,
sino también lo que me cuesta.
Dame un corazón limpio y sin doblez
para seguir al Cordero adondequiera que vaya.
Y enséñame a confiar en Ti
como confió aquella viuda.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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