Evangelio del día
Evangelio del Sábado 21 de noviembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Apocalipsis 11, 4-12
Yo, Juan, oí una voz que me decía:
«Estos dos testigos míos son los dos olivos y los dos candelabros que están de pie delante del Señor de la tierra. Si alguien quiere hacerles daño, sale fuego de su boca y devora a sus enemigos; así tendrá que morir el que quiera hacerles daño.
Ellos tienen poder para cerrar el cielo, de modo que no llueva durante los días de su profecía; y tienen poder sobre las aguas, para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda clase de plagas cuantas veces quieran.
Cuando terminen de dar su testimonio, la fiera que sale del abismo luchará contra ellos, los derrotará y les quitará la vida. Sus cadáveres quedarán tendidos en la plaza de la gran ciudad que, en lenguaje figurado, se llama Sodoma y Egipto, donde también su Señor fue crucificado.
Durante tres días y medio, gente de todos los pueblos, tribus, lenguas y naciones contempla sus cadáveres, y no deja que los sepulten. Los habitantes de la tierra se alegran por lo que les pasó, hacen fiesta y se mandan regalos unos a otros, porque estos dos profetas eran un tormento para los habitantes de la tierra».
Pero, pasados los tres días y medio, Dios les infundió un soplo de vida, y se pusieron en pie; y un gran temor cayó sobre los que los miraban. Y oyeron una voz fuerte que les decía desde el cielo:
«Suban aquí».
Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos.
Palabra de Dios.
— Salmo 143 —
R. Bendito el Señor, mi roca.
Bendito el Señor, mi roca,
que entrena mis manos para la lucha
y mis dedos para la guerra.
R. Bendito el Señor, mi roca.
Él es mi amor fiel y mi fortaleza,
mi refugio y mi libertador,
mi escudo, en quien me amparo,
el que somete a mi pueblo bajo mi mando.
R. Bendito el Señor, mi roca.
Dios mío, te cantaré un canto nuevo,
con el arpa de diez cuerdas tocaré para ti,
a ti, que das la victoria a los reyes,
que libras a David, su siervo, de la espada maligna.
R. Bendito el Señor, mi roca.
— Evangelio —
Lucas 20, 27-40
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaron:
«Maestro, Moisés nos dejó mandado por escrito que, si alguien tiene un hermano que muere dejando esposa y sin hijos, tome él a la mujer y le levante descendencia a su hermano.
Pues había siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. También el segundo y el tercero la tomaron, y así hasta los siete, que murieron sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer? Porque los siete la tuvieron por esposa».
Jesús les respondió:
«Los que pertenecen a este mundo toman esposa o marido. Pero los que sean considerados dignos de la vida venidera y de resucitar de entre los muertos ya no toman esposa ni marido, porque ya no pueden morir: son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan lo dio a entender también Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Él no es un Dios de muertos: es Dios de vivos, porque ante él todos están vivos».
Algunos escribas le dijeron:
«Maestro, bien has respondido».
Y nadie se animaba ya a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
En la primera lectura, Juan ve a dos testigos que anuncian la palabra de Dios. Cuando terminan de dar su testimonio, los derrotan y les quitan la vida, y sus enemigos hacen fiesta. Parecen vencidos. Pero «pasados los tres días y medio, Dios les infundió un soplo de vida, y se pusieron en pie». Una voz los llama desde el cielo para que suban. Así actúa Dios con los que se entregan a Él: lo que parece derrota se convierte en victoria.
Esa es la esperanza de los testigos de todos los tiempos. El salmo la canta con confianza: el Señor es «mi refugio y mi libertador, mi escudo, en quien me amparo». Quien se apoya en Dios no está a salvo de la prueba, pero sabe que la prueba no es el final. Dios tiene siempre la última palabra.
En el Evangelio, unos saduceos, que no creen en la resurrección, le ponen a Jesús una pregunta enredada sobre una mujer que se casó, uno tras otro, con siete hermanos. Jesús les responde que la vida futura no es una copia de esta: los que resuciten «ya no pueden morir», son «iguales a los ángeles». Y termina con una frase luminosa: «Él no es un Dios de muertos: es Dios de vivos, porque ante él todos están vivos». Las dos lecturas se dan la mano: el Dios que levantó a los testigos es el Dios de vivos, y para Él nadie de los que ama queda olvidado.
Hoy la Iglesia recuerda la Presentación de la Virgen María. Una antigua tradición cuenta que, siendo niña, sus padres la llevaron al templo para ofrecerla a Dios. El Evangelio no narra esa escena, pero la fiesta dice algo verdadero: desde el principio, la vida de María perteneció entera a Dios, y por eso pudo decir que sí. Hoy puedes presentarte tú también ante Dios, con lo que eres y con lo que tienes. Ofrécele tu día y tus penas, como hizo María, y encomienda a tus difuntos al Dios de vivos.
— Oración —
Padre bueno,
Tú eres Dios de vivos
y nadie de los que amas queda olvidado.
Gracias por la Virgen María,
que desde niña te perteneció entera.
Hoy me presento ante Ti, Señor,
y te traigo mi vida entera:
mis alegrías, mis penas y mi cansancio.
Recíbelo todo como recibiste su ofrenda.
Cuando la prueba me parezca derrota,
infúndeme Tu soplo de vida.
Y guarda a mis difuntos en Tu paz.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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