Evangelio del día
Evangelio del Viernes 20 de noviembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Apocalipsis 10, 8-11
Yo, Juan, oí de nuevo la voz del cielo que me hablaba y me decía:
«Anda, toma el librito abierto que tiene en la mano el ángel que está de pie sobre el mar y sobre la tierra».
Fui hacia el ángel y le pedí que me diera el librito. Él me dijo:
«Tómalo y trágatelo: te dejará amargo el estómago, pero en la boca lo sentirás dulce como la miel».
Tomé el librito de la mano del ángel y me lo comí; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, en cuanto me lo tragué, se me llenó de amargura el estómago. Entonces me dijeron:
«Es necesario que vuelvas a profetizar acerca de muchos pueblos y naciones, de lenguas y de reyes».
Palabra de Dios.
— Salmo 118 —
R. ¡Qué dulce es tu promesa a mi paladar!
En el camino de tus mandatos me alegro
más que con todas las riquezas.
Tus mandatos son mi deleite,
son mis consejeros.
R. ¡Qué dulce es tu promesa a mi paladar!
Vale más para mí la ley de tu boca
que montones de oro y de plata.
¡Qué dulce es tu promesa a mi paladar,
más que la miel en mi boca!
R. ¡Qué dulce es tu promesa a mi paladar!
Tus mandatos son mi herencia para siempre,
son la alegría de mi corazón.
Abro la boca y suspiro,
porque ansío tus mandamientos.
R. ¡Qué dulce es tu promesa a mi paladar!
— Evangelio —
Lucas 19, 45-48
En aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los que vendían, diciéndoles:
«Está escrito: Mi casa será casa de oración; ustedes, en cambio, la han vuelto una guarida de bandidos».
Enseñaba cada día en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los jefes del pueblo buscaban la manera de acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque el pueblo entero lo escuchaba sin perderse una palabra.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
En la primera lectura, a Juan le piden que se coma un librito. «Tómalo y trágatelo», le dice el ángel. En la boca le sabe «dulce como la miel», pero luego le amarga el estómago. Es una imagen de la Palabra de Dios: es dulce, porque consuela y da vida; pero también es exigente, porque nos pide cambiar y anunciarla a otros: «Es necesario que vuelvas a profetizar».
El salmo lo canta con alegría: «¡Qué dulce es tu promesa a mi paladar, más que la miel en mi boca!». Quien se alimenta de la Palabra descubre ese sabor. Por eso vale la pena leer el Evangelio cada día, aunque sea un poco, masticarlo despacio, como un buen pan, y dejar que baje al corazón. A veces nos resultará dulce y a veces nos costará; las dos cosas son parte del camino.
En el Evangelio, Jesús entra en el templo y echa a los vendedores. Les recuerda lo que dice la Escritura: «Mi casa será casa de oración». El templo se había vuelto un lugar de negocios. Después, Jesús se queda enseñando allí cada día, y el pueblo entero «lo escuchaba sin perderse una palabra». Las dos lecturas se unen: Jesús limpia el templo para que vuelva a ser lugar de oración y de escucha, el sitio donde la Palabra se saborea.
También nuestro corazón es un templo, y también en él puede haber demasiado ruido, demasiados negocios que no dejan sitio a Dios. Jesús quiere entrar a poner orden; viene a devolvernos la paz, y nunca a quitarnos la alegría. Hoy puedes regalarle un rato de silencio: apaga el ruido por unos minutos, toma el Evangelio de hoy y léelo despacio. Que tu corazón sea casa de oración, donde la Palabra de Dios se saboree con gusto.
— Oración —
Señor Jesús,
Tu Palabra es dulce como la miel
y a veces también me cuesta.
Dame hambre de ella cada día,
para leerla despacio y guardarla en el corazón.
Entra en el templo de mi vida
y saca de él el ruido que no te deja sitio.
Que mi corazón vuelva a ser lugar de oración,
donde te escuche sin perder una palabra.
Y dame valor para anunciar a otros
lo que Tú me dices.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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