Evangelio del día
Evangelio del Jueves 19 de noviembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Apocalipsis 5, 1-10
Yo, Juan, vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por las dos caras y cerrado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que pregonaba a grandes voces:
«¿Quién merece abrir el libro y soltar sus sellos?».
Y no había nadie capaz de abrirlo ni de mirar dentro, ni arriba en el cielo, ni en la tierra, ni bajo tierra.
Yo lloraba mucho, porque no se había encontrado a nadie que mereciera abrir el libro ni mirar dentro. Pero uno de los ancianos me dijo:
«No llores. Mira: ha vencido el León de la tribu de Judá, la Raíz de David; él abrirá el libro y sus siete sellos».
Entonces vi, en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero de pie, que parecía degollado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. El Cordero vino y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.
Cuando lo tomó, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero. Cada uno tenía una cítara y copas de oro repletas de perfumes: las oraciones de los santos. Y cantaban un canto nuevo:
«Tú mereces tomar el libro y abrir sus sellos, porque te degollaron, y con tu sangre adquiriste para Dios gente de toda tribu y lengua, de todo pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra».
Palabra de Dios.
— Salmo 149 —
R. El Señor ama a su pueblo.
Canten al Señor un canto nuevo,
su alabanza en la asamblea de sus fieles.
Que Israel se alegre en su creador,
que los hijos de Sión se gocen en su rey.
R. El Señor ama a su pueblo.
Alaben su nombre con danzas,
tóquenle con pandero y cítara.
Pues el Señor ama a su pueblo
y corona de victoria a los humildes.
R. El Señor ama a su pueblo.
Que los fieles se alegren en la gloria,
que canten de gozo en sus lechos,
con las alabanzas de Dios en la boca.
Esa es la honra de todos sus fieles.
R. El Señor ama a su pueblo.
— Evangelio —
Lucas 19, 41-44
En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y vio la ciudad, lloró por ella y dijo:
«¡Si hoy conocieras tú también lo que lleva a la paz! Pero ahora eso está oculto a tus ojos.
Porque llegará un tiempo en que tus enemigos levantarán un cerco a tu alrededor, te encerrarán y te oprimirán por todos lados. Te echarán por tierra a ti y a tus hijos que viven en ti, y no quedará en ti una piedra sobre otra, porque no supiste reconocer el momento en que Dios te visitaba».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
En la primera lectura, Juan ve un libro cerrado con siete sellos, y nadie puede abrirlo. «Yo lloraba mucho», dice, porque nadie era digno. Pero uno de los ancianos lo consuela: «No llores. Mira: ha vencido el León de la tribu de Judá». Y entonces aparece «un Cordero de pie, que parecía degollado». Es Jesús, muerto y resucitado, el único que puede abrir el sentido de la historia.
Los ancianos cantan un canto nuevo, porque con su sangre el Cordero ha reunido para Dios «gente de toda tribu y lengua, de todo pueblo y nación». Y llevan copas de oro llenas de perfume, que son «las oraciones de los santos». Ninguna oración se pierde: todo lo que se reza con amor llega al trono de Dios. El salmo se une a ese canto: «Canten al Señor un canto nuevo».
En el Evangelio, Jesús se acerca a Jerusalén, ve la ciudad y se echa a llorar: «¡Si hoy conocieras tú también lo que lleva a la paz!». Llora porque ama esa ciudad, y porque «no supiste reconocer el momento en que Dios te visitaba». Las lágrimas de Jesús nos dicen que Dios no es indiferente a lo que nos pasa: le duele cuando nos perdemos. Las dos lecturas se dan la mano: Juan llora porque nadie puede abrir el libro, Jesús llora por la ciudad que no lo reconoce, y en los dos casos la última palabra la tiene el Cordero que ha vencido.
Dios nos visita de muchas maneras, casi siempre en silencio: una palabra que nos toca el corazón, una persona que nos tiende la mano cuando más lo necesitamos. Hay que tener los ojos abiertos para reconocerlo. Hoy puedes pedirle a Jesús que te ayude a reconocer sus visitas, y rezar con Él por las personas que se han alejado de Dios, nombrándolas una por una. Tu oración por ellas sube como el perfume de las copas de oro que ve san Juan.
— Oración —
Señor Jesús,
Tú lloraste por la ciudad que amabas
y lloras también por los que se pierden.
Gracias porque nada de lo nuestro te es indiferente.
Tú eres el Cordero que ha vencido
y abres el sentido de nuestra historia.
Enséñame a reconocer las veces que me visitas,
en silencio y sin ruido.
Recibe mi oración por los que se han alejado de Ti,
como perfume en las copas de oro.
Y que sepa buscar lo que lleva a la paz.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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