Evangelio del día

Evangelio del Miércoles 18 de noviembre

12 minLeer es gratisAudio con Bendita Pro

En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Apocalipsis 4, 1-11

Yo, Juan, miré, y vi una puerta abierta en el cielo; y la voz que antes había oído, como de trompeta, me hablaba y decía:
«Sube aquí, que te voy a enseñar lo que ha de pasar después».

Enseguida quedé en el Espíritu, y vi un trono puesto en el cielo, y alguien sentado en el trono. El que estaba sentado tenía el aspecto del jaspe y de la cornalina, y alrededor del trono había un arco iris que se veía como de esmeralda.

Alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, y en ellos estaban sentados veinticuatro ancianos, vestidos de blanco, con coronas de oro en la cabeza. Del trono salían relámpagos, voces y truenos; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, que son los siete espíritus de Dios. Delante del trono había algo como un mar transparente, parecido al cristal.

En medio del trono y a su alrededor había cuatro seres vivientes, cubiertos de ojos por delante y por detrás. El primero era como un león; el segundo, como un becerro; el tercero tenía cara como de hombre; y el cuarto era como un águila en vuelo. Cada uno de los cuatro seres vivientes tenía seis alas, llenas de ojos alrededor y por dentro. Día y noche, sin descanso, dicen:
«Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene».

Y cada vez que los seres vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas delante del trono, diciendo:
«Tú mereces, Señor y Dios nuestro, recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú lo creaste todo; por tu voluntad existía y fue creado».

Palabra de Dios.

— Salmo 150 —

R. Todo ser que respira, alabe al Señor.

Alaben a Dios en su santuario,
alábenlo en la bóveda de su poder.
Alábenlo por sus proezas,
alábenlo por su grandeza sin medida.

R. Todo ser que respira, alabe al Señor.

Alábenlo con el toque de la trompeta,
alábenlo con arpa y con lira.
Alábenlo con pandero y con danza,
alábenlo con cuerdas y con flauta.

R. Todo ser que respira, alabe al Señor.

Alábenlo con platillos que resuenan,
alábenlo con platillos de fiesta.
Todo ser que respira,
alabe al Señor.

R. Todo ser que respira, alabe al Señor.

— Evangelio —
Lucas 19, 11-28

En aquel tiempo, mientras la gente escuchaba estas cosas, Jesús les contó además una parábola, porque estaba ya cerca de Jerusalén y ellos creían que el reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro. Les dijo:

«Un hombre de linaje noble se marchó a una tierra lejana para que lo nombraran rey y regresar después. Llamó a diez de sus siervos, les entregó diez minas de plata y les dijo: "Hagan negocio con ellas hasta que yo vuelva". Pero sus conciudadanos lo aborrecían, y mandaron detrás de él una embajada para decir: "No queremos que este reine sobre nosotros".

Cuando volvió, ya nombrado rey, mandó llamar a aquellos siervos a los que había dado el dinero, para saber cuánto había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: "Señor, tu mina ha producido diez minas". Él le respondió: "¡Muy bien, siervo bueno! Porque fuiste de fiar en algo tan pequeño, tendrás autoridad sobre diez ciudades". Llegó el segundo y dijo: "Señor, tu mina ha producido cinco minas". A este le dijo también: "Tú estarás al frente de cinco ciudades".

Llegó el otro y dijo: "Señor, aquí tienes tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo. Es que te tenía miedo, porque eres un hombre exigente: recoges lo que no depositaste y cosechas lo que no sembraste". Él le respondió: "Por tu propia boca te juzgo, siervo malo. ¿Sabías que soy un hombre exigente, que recojo lo que no deposité y cosecho lo que no sembré? ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco? Así, a mi regreso, lo habría cobrado con sus réditos".

Y dijo a los que estaban allí: "Quítenle la mina y dénsela al que tiene diez". Ellos le dijeron: "Señor, ¡pero si ya tiene diez minas!". "Les digo que a todo el que tiene se le dará; y al que no tiene se le quitará incluso lo que tiene. Y a esos enemigos míos que no querían que yo reinara sobre ellos, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia"».

Dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La primera lectura nos lleva al cielo. Juan ve «una puerta abierta en el cielo», y una voz lo invita a subir. Ve el trono de Dios, rodeado de ancianos y de seres vivientes que no dejan de cantar: «Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene». Es la alabanza que nunca se apaga, el centro de todo lo que existe.

Los ancianos arrojan sus coronas delante del trono y dicen: «Tú mereces, Señor y Dios nuestro, recibir la gloria, el honor y el poder». Reconocen que todo lo que tienen viene de Dios y a Él vuelve. El salmo invita a todo lo creado a unirse a ese canto: «Todo ser que respira, alabe al Señor». Cada misa nos une a esa alabanza del cielo: cuando cantamos el Santo, nuestras voces se juntan con las de los ángeles.

En el Evangelio, Jesús cuenta la parábola de las minas. Un hombre noble se va lejos para ser nombrado rey, y deja a cada siervo una mina de plata: «Hagan negocio con ellas hasta que yo vuelva». A su regreso, dos han hecho crecer lo recibido; el tercero lo devuelve envuelto en un pañuelo, porque tuvo miedo. Al que trabajó, el rey le dice: «¡Muy bien, siervo bueno!». Las dos lecturas se unen: el siervo bueno trabaja con lo que ha recibido y, al final, lo pone todo a los pies de su Señor, como los ancianos que arrojan sus coronas.

La vida cristiana no es para guardarla en un pañuelo. La fe crece cuando se comparte, y el amor cuando se da. El tercer siervo guardó la mina para no perderla, y así la perdió. Hoy puedes ofrecer a Dios tu trabajo, grande o pequeño: hazlo bien y con alegría, sabiendo que lo haces para Él. Y al final del día, pon tu corona a sus pies, dándole gracias por todo lo bueno que hiciste, que también es regalo suyo.

— Oración —

Santo, santo, santo eres, Señor,
el que era, el que es y el que viene.
Todo lo que tengo viene de Ti
y a Ti quiero devolverlo.
Gracias por los dones que me confiaste
para hacerlos crecer.
Que no los guarde por miedo
ni los esconda en un pañuelo.
Recibe mi trabajo de hoy,
grande o pequeño,
y que todo lo que haga sea alabanza Tuya.

Amén.

Mañana, otra

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