Evangelio del día
Evangelio del Martes 17 de noviembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Apocalipsis 3, 1-6. 14-22
Yo, Juan, oí al Señor que me decía:
«Escribe al ángel de la Iglesia de Sardes: Así habla el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: Sé lo que haces: llevas nombre de vivo, pero estás muerto.
Ponte en vela y da fuerzas a lo que queda y estaba por morir, pues no he hallado tus obras completas a los ojos de mi Dios. Acuérdate de cómo recibiste y escuchaste la palabra: guárdala y cambia de vida. Porque, si no te pones en vela, vendré como un ladrón, y no sabrás en qué hora llegaré a ti.
Sin embargo, tienes en Sardes unos pocos nombres que no ensuciaron sus vestidos; ellos andarán conmigo vestidos de blanco, porque se lo merecen. Al vencedor se le vestirá así, de blanco; no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y de sus ángeles. Quien tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea: Así habla el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios: Sé lo que haces: ni estás frío ni estás caliente. ¡Ojalá estuvieras frío, o caliente! Pero como estás tibio, ni caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca.
Tú dices: "Soy rico, tengo de sobra, no necesito nada"; y no sabes que eres tú el infortunado, el que merece compasión, pobre, ciego y sin ropa. Mi consejo es que vengas a comprarme oro purificado al fuego, para que seas rico; vestiduras blancas, para cubrirte y que no quede a la vista tu vergonzosa desnudez; y colirio para ponerte en los ojos, para que veas.
Yo a los que quiero los reprendo y los corrijo. Sé fervoroso, pues, y conviértete. Fíjate: estoy de pie junto a la puerta, llamando. Si uno oye mi voz y me abre, entraré en su casa; cenaremos juntos, yo con él y él conmigo.
Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, así como yo vencí y me senté con mi Padre en su trono. Quien tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias».
Palabra de Dios.
— Salmo 14 —
R. Señor, ¿quién podrá habitar en tu tienda?
El que anda sin tacha y obra la justicia,
el que dice la verdad que hay en su corazón
y no anda calumniando con la lengua.
R. Señor, ¿quién podrá habitar en tu tienda?
El que no le hace mal a su prójimo
ni echa en cara afrentas a su vecino;
el que mira con desprecio al malvado
y honra a los que temen al Señor.
R. Señor, ¿quién podrá habitar en tu tienda?
El que no presta su dinero con usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así se porta
nunca vacilará.
R. Señor, ¿quién podrá habitar en tu tienda?
— Evangelio —
Lucas 19, 1-10
En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Había allí un hombre que se llamaba Zaqueo: era jefe de los cobradores de impuestos, y era rico. Tenía ganas de conocer a Jesús, de ver quién era, pero no lo lograba por la multitud, porque era pequeño de estatura. Así que corrió adelante y se trepó a un sicómoro para poder verlo, pues Jesús tenía que pasar por ahí.
Al llegar a ese sitio, Jesús alzó los ojos y le dijo:
«Zaqueo, date prisa y baja, que hoy me toca quedarme en tu casa».
Él bajó rápidamente y lo recibió lleno de alegría.
Al ver aquello, todos se pusieron a murmurar:
«¡Se ha ido a alojar con un hombre pecador!».
Pero Zaqueo se puso de pie y dijo al Señor:
«Mira, Señor: doy a los pobres la mitad de lo que tengo; y si le he quitado algo a alguien con trampas, se lo devuelvo cuatro veces».
Jesús le dijo:
«Hoy entró la salvación en esta casa, pues también este hombre es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
En la primera lectura, el Señor habla a dos Iglesias. A la de Sardes le dice: «llevas nombre de vivo, pero estás muerto», y la invita a despertar. A la de Laodicea le reprocha que es tibia: «ni estás frío ni estás caliente». Se cree rica y no se da cuenta de su pobreza. La tibieza es vivir la fe a medias; es una tentación que nos acecha a todos cuando la vida se vuelve cómoda.
Pero el Señor no se queda en el reproche: «Yo a los que quiero los reprendo y los corrijo». Y enseguida dice una de las frases más tiernas de la Escritura: «estoy de pie junto a la puerta, llamando. Si uno oye mi voz y me abre, entraré en su casa». Él no fuerza la entrada; espera que le abramos. El salmo describe cómo vive quien le ha abierto: «el que dice la verdad que hay en su corazón» y no le hace mal a su prójimo.
En el Evangelio, Zaqueo, jefe de los cobradores de impuestos, tiene ganas de ver quién es Jesús, y como es bajo de estatura, se trepa a un árbol. Jesús lo llama por su nombre: «Zaqueo, date prisa y baja, que hoy me toca quedarme en tu casa». Zaqueo quería ver a Jesús desde lejos, y Jesús quiere entrar en su casa. Nadie le exigió nada; fue el amor de Jesús lo que le abrió las manos: «doy a los pobres la mitad de lo que tengo». Así se unen las lecturas: el que llama a la puerta en el Apocalipsis es el mismo que entra en casa de Zaqueo, y donde entra, la tibieza se vuelve alegría.
Hoy recordamos a santa Isabel de Hungría, una princesa que, siendo muy joven, usó su riqueza para servir a los pobres y a los enfermos; construyó un hospital y ella misma atendía a los que llegaban. Como Zaqueo, descubrió que los bienes sirven para abrir las manos, y recibió a Jesús en su casa al recibir a los pobres. Hoy Jesús quiere quedarse contigo. Baja del árbol, ábrele la puerta, y comparte algo tuyo con alguien que lo necesita.
— Oración —
Señor Jesús,
Tú llamas a mi puerta y esperas que te abra.
Despiértame de la tibieza
y de una fe que vive a medias.
Llámame por mi nombre, como a Zaqueo,
aunque me esconda entre las ramas.
Que Tu amor me abra las manos
para compartir con los pobres lo que tengo.
Por la intercesión de santa Isabel de Hungría,
enséñame a servirte en los enfermos
y a recibirte en cada persona que llega.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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