Evangelio del día
Evangelio del Lunes 16 de noviembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5a
Esto es lo que Jesucristo revela: Dios se lo dio para que hiciera ver a sus siervos las cosas que van a pasar muy pronto. Él lo comunicó por medio de su ángel a su siervo Juan, que da fe de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo, de todo lo que vio.
Dichoso quien lee en voz alta, y dichosos quienes oyen estas palabras de profecía y conservan lo que en ella se escribe, porque el tiempo está cerca.
Juan, a las siete Iglesias que están en Asia: gracia y paz a ustedes de parte del que es, del que era y del que viene, y de parte de los siete espíritus que están delante de su trono.
Oí al Señor que me decía:
«Escribe al ángel de la Iglesia de Éfeso: Así habla el que sostiene las siete estrellas en la mano derecha, el que camina entre los siete candelabros de oro:
Sé lo que haces: tu fatiga y tu aguante. Sé que no puedes soportar a los malvados, que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo, y viste que eran unos mentirosos. Tienes aguante, has cargado con mucho por mi nombre, y no te has rendido.
Pero tengo algo contra ti: has dejado el amor que tenías al principio. Haz memoria de dónde caíste, cambia de vida y vuelve a hacer las obras de antes».
Palabra de Dios.
— Salmo 1 —
R. El Señor vela por el camino de los justos.
Dichoso el hombre que no sigue lo que aconsejan los malvados,
ni se detiene en la senda de los pecadores,
ni toma asiento en la reunión de los burlones,
sino que encuentra su gusto en la ley del Señor
y la medita de día y de noche.
R. El Señor vela por el camino de los justos.
Es como un árbol plantado junto a las corrientes de agua,
que da su fruto a su tiempo
y sus hojas no se marchitan;
todo lo que hace le sale bien.
R. El Señor vela por el camino de los justos.
No así los malvados, no así:
son como la paja que el viento arrastra.
Porque el Señor vela por el camino de los justos,
y el camino de los malvados acaba en la ruina.
R. El Señor vela por el camino de los justos.
— Evangelio —
Lucas 18, 35-43
En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jericó, había un ciego sentado a la orilla del camino, mendigando. Oyó el paso de la gente y quiso saber qué ocurría. Le avisaron:
«Es Jesús de Nazaret, que va pasando».
Entonces se puso a gritar:
«¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí!».
Los que iban por delante lo reprendían para que se callara; pero él gritaba mucho más:
«¡Hijo de David, apiádate de mí!».
Jesús se paró y ordenó que se lo acercaran. Cuando lo tuvo junto a él, le preguntó:
«¿Qué deseas que te haga?».
Él respondió:
«Señor, que pueda ver otra vez».
Jesús le dijo:
«Mira de nuevo: tu fe te ha salvado».
Y en ese mismo instante volvió a ver, y lo seguía dando gloria a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy empezamos a leer el libro del Apocalipsis. Juan escribe a las Iglesias, y la primera palabra es una bendición: «Dichoso quien lee en voz alta, y dichosos quienes oyen estas palabras de profecía». Luego el Señor habla a la Iglesia de Éfeso. Alaba su esfuerzo y su aguante: «has cargado con mucho por mi nombre, y no te has rendido». Pero le hace un reproche que duele: «has dejado el amor que tenías al principio».
Puede pasarnos a nosotros. Seguimos rezando y seguimos yendo a misa, pero el corazón se ha enfriado y la fe se ha vuelto costumbre. El Señor no se queda en el reproche: «Haz memoria de dónde caíste, cambia de vida y vuelve a hacer las obras de antes». No se trata de sentir lo mismo que hace años, sino de volver a elegirlo con todo el corazón. El salmo recuerda que quien medita la ley del Señor «de día y de noche» es como un árbol que no se seca.
En el Evangelio, a la orilla del camino de Jericó, un ciego pide limosna. Cuando le dicen que pasa Jesús, empieza a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí!». Lo regañan, pero él grita todavía más. Jesús se detiene y le pregunta: «¿Qué deseas que te haga?». El ciego responde con sencillez: «Señor, que pueda ver otra vez». Las dos lecturas se dan la mano: a la Iglesia de Éfeso le hacía falta lo mismo que al ciego, recuperar la mirada de los primeros tiempos, y eso solo lo puede dar Jesús.
También a ti te pregunta hoy Jesús qué deseas que haga por ti. Piensa con calma la respuesta y díselo con tus palabras. Si sientes que tu fe está apagada, no te quedes callado: deja que tu oración sea un grito humilde, como el del ciego. Y haz memoria de los comienzos: recuerda quién te enseñó a rezar, o el momento en que sentiste a Dios cerca, y dale gracias. Jesús sigue pasando por el camino de tu vida, y se detiene cuando alguien lo llama.
— Oración —
Jesús, Hijo de David,
ten compasión de mí.
Tú te detienes cuando alguien te llama,
aunque otros quieran hacerlo callar.
Devuélveme la mirada de los primeros tiempos,
cuando todo en la fe era asombro.
No dejes que mi oración se vuelva costumbre
ni que se enfríe el amor que te tuve.
Que haga memoria de lo que me diste
y vuelva a elegirte con todo el corazón.
Y que, como el ciego, camine detrás de Ti
alabando a Dios con mi vida.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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