Evangelio del día

Evangelio del Lunes 26 de octubre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Efesios 4, 32–5, 8

Hermanos:

Sean bondadosos unos con otros, de corazón compasivo, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo.

Imiten, pues, a Dios, como hijos amados, y caminen en el amor, como Cristo los amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios de olor agradable.

Que entre ustedes ni siquiera se mencione la fornicación, ni ninguna clase de impureza o de codicia, como corresponde a los santos. Tampoco las obscenidades, las conversaciones necias o las groserías, que no están bien; más bien, la acción de gracias.

Porque tengan por cierto que ningún fornicario, impuro o codicioso —que es una forma de idolatría— tendrá parte en la herencia del reino de Cristo y de Dios.

No se dejen embaucar por nadie con palabras huecas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los desobedientes. No se hagan cómplices de ellos.

Porque en otro tiempo eran oscuridad, y ahora, en el Señor, son luz: caminen como hijos de la luz.

Palabra de Dios.

— Salmo 1 —

R. Dichoso el hombre que pone en el Señor su confianza.

Dichoso el hombre que no sigue lo que aconsejan los malvados,
ni se detiene en la senda de los pecadores,
ni toma asiento en la reunión de los burlones,
sino que encuentra su gusto en la ley del Señor
y la medita de día y de noche.

R. Dichoso el hombre que pone en el Señor su confianza.

Es como un árbol plantado junto a las corrientes de agua,
que da su fruto a su tiempo
y sus hojas no se marchitan;
todo lo que hace le sale bien.

R. Dichoso el hombre que pone en el Señor su confianza.

No así los malvados, no así:
son como la paja que el viento arrastra.
Porque el Señor vela por el camino de los justos,
y el camino de los malvados acaba en la ruina.

R. Dichoso el hombre que pone en el Señor su confianza.

— Evangelio —
Lucas 13, 10-17

En aquel tiempo, un sábado, Jesús estaba enseñando en una sinagoga. Había allí una mujer que llevaba dieciocho años con un espíritu que la tenía enferma; andaba doblada y no había manera de que se pusiera derecha.

Jesús, al verla, la llamó y le dijo:
«Mujer, has quedado libre de tu enfermedad».

Le impuso las manos, y al instante ella se enderezó y se puso a glorificar a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, molesto porque Jesús había curado en sábado, le dijo a la gente:
«Hay seis días para trabajar; vengan esos días a curarse, y no en sábado».

El Señor le respondió:
«¡Hipócritas! ¿No desata cada uno de ustedes en sábado a su buey o a su burro del pesebre para llevarlo a beber? Y a esta, que es hija de Abraham, y a la que Satanás tenía atada desde hace dieciocho años, ¿no había que soltarla de esa atadura en día de sábado?».

Al decir esto, todos sus adversarios quedaron avergonzados, y toda la gente se alegraba por las maravillas que él hacía.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo les pide a los efesios algo muy sencillo y muy difícil a la vez: «Sean bondadosos unos con otros, de corazón compasivo». Y da la medida del perdón: que se perdonen «como Dios los perdonó en Cristo». Pablo no pide un perdón a medias, que guarda la cuenta para otro momento. Pide imitar a Dios, «como hijos amados», y caminar en el amor como Cristo, que se entregó por nosotros.

El perdón también endereza. Quien perdona se libera de un peso, y quien es perdonado puede volver a levantar la cabeza. Guardar rencor es como caminar mirando al suelo: uno se pierde el cielo. Pablo lo dice con una imagen luminosa: «en otro tiempo eran oscuridad, y ahora, en el Señor, son luz». Por eso insiste en la bondad de cada día, que es la forma más sencilla de ayudar a otros a levantarse. El salmo llama dichoso al que pone en el Señor su confianza: es como un árbol que no se seca.

En el Evangelio, una mujer llevaba dieciocho años encorvada. No podía levantar la vista ni mirar a los ojos. Jesús la ve, la llama y le dice: «Mujer, has quedado libre de tu enfermedad». Le impone las manos, y ella se endereza y se pone a glorificar a Dios. Al jefe de la sinagoga le molesta que haya curado en sábado, pero Jesús le recuerda que esa mujer es «hija de Abraham» y que el día del Señor es precisamente para desatar a los que están atados. Así se encuentran las lecturas: Jesús endereza con su palabra, y nos pide que nosotros enderecemos con la bondad y el perdón.

Muchas veces también nosotros vamos encorvados. Nos doblan las preocupaciones, las culpas o las heridas que no terminan de cerrar, y con el tiempo uno se acostumbra a mirar solo el suelo. Jesús no pasa de largo ante esas cargas: nadie está tan doblado que Él no pueda levantarlo. ¿Qué te mantiene encorvado estos días? Preséntaselo a Jesús con sencillez; Él sabe desatar. Y mira a tu alrededor: quizá alguien espera hoy de ti una palabra amable o un perdón que le ayude a enderezarse.

— Oración —

Señor Jesús,
Tú viste a la mujer encorvada
y le devolviste la alegría de mirar al cielo.
Mira también lo que a mí me dobla:
las preocupaciones, las culpas, las heridas viejas.
Pon Tus manos sobre mí y levántame.
Enséñame a perdonar como Tú me perdonas,
sin guardar la cuenta para después.
Hazme bondadoso y compasivo con los míos,
para que nadie se sienta encorvado a mi lado.
Que camine como hijo de la luz.

Amén.

Mañana, otra

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