Evangelio del día

Evangelio del Martes 20 de octubre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Efesios 2, 12-22

Hermanos:

Recuerden que en aquel tiempo ustedes estaban sin Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

Pero ahora, en Cristo Jesús, ustedes, los que antes estaban lejos, han quedado cerca gracias a la sangre de Cristo.

Porque él es nuestra paz. De los dos pueblos hizo uno solo, y derribó con su carne el muro de enemistad que los separaba. Anuló la ley con sus mandamientos y sus decretos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo hombre nuevo, haciendo la paz.

Por medio de la cruz reconcilió con Dios a los dos, unidos en un solo cuerpo, y dio muerte en sí mismo a la enemistad.

Vino a traer la buena noticia: paz para ustedes, los de lejos, y paz para los de cerca. Porque por medio de él, unos y otros podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu.

Así que ustedes ya no son extranjeros ni forasteros: tienen la misma ciudadanía que los santos y son de la casa de Dios.

Han sido construidos sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, y la piedra principal, la de la esquina, es el mismo Cristo Jesús.

En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta ser un templo santo en el Señor.

En él también ustedes, junto con los demás, se van construyendo para ser casa donde Dios habite en el Espíritu.

Palabra de Dios.

— Salmo 84 —

R. El Señor anuncia la paz a su pueblo.

Voy a escuchar lo que dice Dios, el Señor:
él anuncia la paz a su pueblo y a sus fieles.
Su salvación está cerca de los que lo temen,
para que la gloria habite en nuestra tierra.

R. El Señor anuncia la paz a su pueblo.

El amor y la fidelidad se han dado cita,
la justicia y la paz se han besado.
La fidelidad brota de la tierra,
y la justicia se asoma desde el cielo.

R. El Señor anuncia la paz a su pueblo.

El Señor dará lo que es bueno,
y nuestra tierra dará su cosecha.
La justicia irá delante de él,
y sus pasos abrirán el camino.

R. El Señor anuncia la paz a su pueblo.

— Evangelio —
Lucas 12, 35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tengan la cintura ceñida y las lámparas encendidas. Sean como los que esperan a su señor al volver de una boda, para abrirle en cuanto llegue y llame a la puerta.

Dichosos esos siervos a quienes el señor, al llegar, encuentre despiertos. Les aseguro que él mismo se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos, pasando de uno a otro.

Y si llega en la segunda o en la tercera vigilia de la noche y los encuentra así, dichosos ellos».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo habla hoy de un muro que cae. Recuerda a los efesios que antes estaban «sin esperanza y sin Dios en el mundo», lejos, como extranjeros. «Pero ahora, en Cristo Jesús», los que estaban lejos han quedado cerca. Entre los pueblos había una pared de enemistad, y Cristo la derribó con su propia carne. Por eso Pablo puede decir: «él es nuestra paz». No es una paz de acuerdos frágiles, sino la que nace de saberse hijos del mismo Padre, reconciliados en la cruz.

De ahí sale una de las frases más hermosas de la carta: «ustedes ya no son extranjeros ni forasteros». Somos de la casa de Dios. Nadie tiene que ganarse la entrada; basta con aceptar la invitación de Cristo. Y esa casa no está terminada: Pablo dice que se va construyendo, piedra a piedra, «para ser casa donde Dios habite en el Espíritu». El salmo lo canta con alegría: «la justicia y la paz se han besado». Donde Cristo derriba los muros, Dios hace Su casa.

En el Evangelio, Jesús pide a sus discípulos: «Tengan la cintura ceñida y las lámparas encendidas». Es la actitud de quien espera de noche a alguien que ama. Esperar así no es vivir con angustia, sino despiertos, atentos a lo que Dios va haciendo. Y luego dice algo que sorprende: cuando el señor llegue y encuentre despiertos a sus siervos, él mismo «se pondrá a servirlos». Es el mundo al revés, el mundo de Dios, como en la última cena, cuando Jesús se ciñó para lavar los pies de los suyos. Así se unen las lecturas: la lámpara que hay que mantener encendida es la de la paz que Cristo nos ganó. Se apaga con el rencor y con el prejuicio, con los muros que levantamos casi sin notarlo.

La lámpara se mantiene con gestos pequeños: una disculpa a tiempo, un saludo a quien dejamos de hablar, un favor hecho sin esperar nada. ¿Hay alguien con quien tengas levantado un muro? Hoy puedes quitar una piedra, aunque sea pequeña: escribirle, llamarlo, o al menos rezar por esa persona con su nombre. Cristo ya hizo lo más difícil en la cruz. A nosotros nos toca vivir como gente de Su casa, esperando Su llegada con la lámpara encendida.

— Oración —

Señor Jesús, Tú eres nuestra paz.
En la cruz derribaste los muros
que nos separaban a unos de otros.
Gracias porque ya no soy extranjero
y tengo un lugar en Tu casa.
Mira los muros que yo he levantado
con mi rencor o mis prejuicios,
y dame el valor de quitar la primera piedra.
Mantén encendida mi lámpara
mientras espero Tu llegada.
Y cuando vengas, encuéntrame despierto,
sirviendo a los demás como Tú nos sirves.

Amén.

Mañana, otra

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