Evangelio del día

Evangelio del Lunes 19 de octubre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Efesios 2, 1-10

Hermanos:

Ustedes estaban muertos por sus faltas y sus pecados. En ellos vivían antes, siguiendo el rumbo de este mundo y al que manda en los poderes del aire, ese espíritu que ahora actúa en los que no obedecen.

Todos nosotros también vivimos así en otro tiempo, entregados a los deseos de nuestra carne, haciendo lo que la carne y los pensamientos nos pedían; y por nuestra condición éramos, como los demás, objeto de la ira.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, cuando estábamos muertos por nuestras faltas, nos hizo revivir junto con Cristo —por pura gracia han sido salvados—; con él nos resucitó y con él nos hizo sentar en el cielo, en Cristo Jesús.

Así, en los tiempos que vendrán, mostrará la desbordante riqueza de su gracia, por la bondad que tuvo con nosotros en Cristo Jesús.

Porque ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe. Y esto no viene de ustedes: es un don de Dios. No viene de las obras, para que nadie pueda presumir.

Él nos ha hecho: nos creó en Cristo Jesús para las buenas obras que Dios dispuso de antemano, para que caminemos en ellas.

Palabra de Dios.

— Salmo 99 —

R. Somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.

Sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con cantos de júbilo.

R. Somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.

Sepan que el Señor es Dios:
él nos hizo, y a él pertenecemos;
somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.

R. Somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.

Crucen sus puertas dando gracias,
sus atrios con himnos de alabanza;
denle gracias y bendigan su nombre.

R. Somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.

Porque el Señor es bueno,
su amor fiel dura para siempre,
y su fidelidad, de generación en generación.

R. Somos su pueblo, el rebaño que él apacienta.

— Evangelio —
Lucas 12, 13-21

En aquel tiempo, uno de entre la gente le dijo a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo».

Pero él le respondió:
«Hombre, ¿quién me ha puesto a mí como juez o repartidor entre ustedes?».

Y les dijo a todos:
«Estén atentos y guárdense de toda codicia, porque, aunque alguien tenga de sobra, su vida no depende de sus bienes».

Y les contó esta parábola:
«Las tierras de un hombre rico dieron una gran cosecha. Él se puso a pensar: "¿Qué voy a hacer, si no tengo dónde guardar mi cosecha?".

Y se dijo: "Voy a hacer esto: tiraré mis graneros y construiré otros más grandes; allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Luego le diré a mi alma: Alma mía, tienes muchos bienes guardados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida".

Pero Dios le dijo: "¡Insensato! Esta noche te exigen que devuelvas tu vida. Y lo que has preparado, ¿para quién será?".

Así le pasa al que junta riquezas para sí mismo y no es rico ante Dios».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo recuerda a los efesios de dónde los sacó Dios. «Ustedes estaban muertos por sus faltas y sus pecados», les dice, y no se pone por encima de ellos: también nosotros, reconoce, vivimos así en otro tiempo. Pero entonces llega la palabra que lo cambia todo: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó», nos hizo revivir junto con Cristo. Nada de eso lo ganamos. «Por pura gracia han sido salvados», insiste Pablo, y añade que es «un don de Dios», para que nadie pueda presumir.

Quien se sabe salvado así empieza a mirar su vida de otra manera. Todo lo bueno que tiene es regalo: la vida, la fe, las personas, los bienes. Y Pablo dice para qué: Dios «nos creó en Cristo Jesús para las buenas obras que Dios dispuso de antemano». El salmo lo canta con sencillez: «él nos hizo, y a él pertenecemos». No somos dueños absolutos de nada; somos gente agradecida que recibe y comparte, porque todo lo recibió gratis.

En el Evangelio, un hombre le pide a Jesús que haga de juez en un pleito de herencia. Jesús no entra en el reparto, pero habla de lo que hay detrás: «guárdense de toda codicia», porque la vida «no depende de sus bienes». Y cuenta la historia de un rico que tuvo una gran cosecha y decidió tirar sus graneros para construir otros más grandes. Su plan parece sensato, pero en todo su razonamiento solo aparece él mismo: mis graneros, mi trigo, mis bienes. Por eso la voz de Dios suena tan fuerte: «¡Insensato! Esta noche te exigen que devuelvas tu vida». Así se unen las lecturas: el que guarda solo para sí se olvida de que todo lo ha recibido de un Dios rico en misericordia. Ser «rico ante Dios» es medir la vida por lo que se da, por lo que se ama, por lo que se comparte.

San Basilio lo decía sin rodeos: el pan que guardamos de más le pertenece al que tiene hambre. Dar no nos hace más pobres; nos hace parecidos a Dios, que nos lo dio todo sin medida. ¿Qué graneros estás llenando tú? No siempre son de trigo; a veces son de preocupaciones, de cosas que no usamos o de seguridades que nunca alcanzan. Hoy comparte algo que te sobra con alguien a quien le falta: un poco de dinero, una visita, una llamada, tu tiempo. Así empieza uno a ser rico ante Dios.

— Oración —

Dios rico en misericordia,
cuando estaba muerto por mis faltas
Tú me devolviste la vida con Cristo.
Todo lo que tengo es regalo Tuyo.
Líbrame de la codicia
y de vivir solo para mis graneros.
Enséñame a compartir sin miedo
lo que me sobra con quien lo necesita.
Que no guarde para mí lo que es para todos,
y que mis manos estén listas
para las buenas obras que preparaste para mí.
Hazme rico ante Ti.

Amén.

Mañana, otra

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