Evangelio del día
Evangelio del Sábado 17 de octubre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Efesios 1, 15-23
Hermanos:
Desde que supe de la fe que ustedes tienen en el Señor Jesús y del amor que muestran a todos los santos, no dejo de dar gracias por ustedes, y los recuerdo en mis oraciones.
Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación, para que lleguen a conocerlo a fondo.
Que ilumine los ojos de su corazón, para que sepan cuál es la esperanza a la que los llama, cuántas riquezas de gloria encierra su herencia entre los santos, y qué inmensa es la fuerza de su poder a favor de nosotros, los que creemos.
Es la misma fuerza poderosa que desplegó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo, muy por encima de todo principado, autoridad, poder y dominio, y de cualquier nombre que pueda nombrarse, no solo en este mundo, sino también en el que vendrá.
Todo lo sometió bajo sus pies, y a él lo dio a la Iglesia como cabeza sobre todas las cosas. La Iglesia es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todos.
Palabra de Dios.
— Salmo 8 —
R. Señor nuestro, ¡qué glorioso es tu nombre por toda la tierra!
Señor nuestro, ¡qué glorioso es tu nombre por toda la tierra!
Tu majestad se alza por encima de los cielos.
Con la boca de los niños y de los que aún maman
has levantado un baluarte.
R. Señor nuestro, ¡qué glorioso es tu nombre por toda la tierra!
Cuando miro tus cielos, hechura de tus dedos,
la luna y las estrellas que tú fijaste,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para que te ocupes de él?
R. Señor nuestro, ¡qué glorioso es tu nombre por toda la tierra!
Lo hiciste poco menos que los seres divinos,
lo coronaste de gloria y esplendor;
lo pusiste al frente de las obras de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies.
R. Señor nuestro, ¡qué glorioso es tu nombre por toda la tierra!
— Evangelio —
Lucas 12, 8-12
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Les aseguro: a todo el que se declare por mí delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él delante de los ángeles de Dios. Pero quien reniegue de mí ante los hombres será rechazado ante los ángeles de Dios.
A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; en cambio, quien blasfeme contra el Espíritu Santo no recibirá perdón.
Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen por cómo van a defenderse ni por lo que van a decir. Porque en ese mismo momento el Espíritu Santo les enseñará lo que tienen que decir».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
San Pablo escribe a los efesios con el corazón agradecido: no deja de dar gracias por su fe y los recuerda en sus oraciones. Y pide que Dios ilumine «los ojos de su corazón», para que sepan «cuál es la esperanza a la que los llama». Hay cosas que no se ven con los ojos de la cara: el amor de Dios, Su presencia en medio de la prueba, el sentido de lo que nos pasa. Solo se ven con los ojos del corazón, cuando Dios los abre.
Pablo quiere que veamos sobre todo una cosa: «qué inmensa es la fuerza de su poder a favor de nosotros, los que creemos». Es la misma fuerza que resucitó a Cristo de entre los muertos. El salmo se asombra de que Dios se fije en nosotros: «¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?». Hoy recordamos a san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir. Lo llevaron preso a Roma para morir en el circo, y por el camino escribió cartas llenas de amor a las Iglesias. Por fuera parecía un preso encadenado y débil; por dentro lo movía la fuerza del Resucitado. No pedía que lo libraran: pedía que no le impidieran llegar a Cristo.
En el Evangelio, Jesús habla de esa misma valentía: «a todo el que se declare por mí delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él delante de los ángeles de Dios». Y para los momentos difíciles añade: «no se preocupen por cómo van a defenderse», porque «el Espíritu Santo les enseñará lo que tienen que decir». Así se unen las lecturas: los ojos del corazón ven la esperanza, y esa esperanza da el valor de no esconder la fe. Ignacio se sentía trigo de Dios, dispuesto a ser molido para hacerse pan de Cristo. No era un hombre sin miedo; era un hombre que había visto con el corazón a quién pertenecía.
Declararse por Jesús no siempre pide grandes gestos. A veces basta con no esconder la fe cuando incomoda, o con quedarse al lado de alguien cuando todos se van. ¿En qué momentos te cuesta más dar la cara por tu fe? Hoy deja que se note a quién perteneces: bendice la mesa delante de los tuyos, o dile a alguien que vas a rezar por él, y pídele al Espíritu Santo palabras y coraje. En este sábado miramos también a María. Ella se declaró por Dios con un sí sencillo y lo sostuvo hasta el pie de la cruz. Que ella te acompañe, para que tu vida diga, sin ruido, que eres de Cristo.
— Oración —
Señor Jesús,
Tú das la cara por los que se declaran por Ti.
Abre los ojos de mi corazón
para ver la esperanza a la que me llamas.
Cuando me dé vergüenza hablar de Ti,
dame la valentía de no esconder mi fe.
Que Tu Espíritu ponga en mis labios
las palabras justas en el momento difícil.
Como a san Ignacio de Antioquía,
hazme trigo Tuyo, pan para los demás.
Y que María, que te dijo sí hasta la cruz,
me enseñe a ser fiel sin ruido.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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