Evangelio del día
Evangelio del Domingo 11 de octubre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Isaías 25, 6-10a
En aquel día, el Señor de los ejércitos preparará en este monte, para todos los pueblos, un banquete de comidas sustanciosas y de vinos añejos: comidas sustanciosas, llenas de médula, y vinos añejos, bien purificados.
En este monte hará desaparecer el velo que cubre la cara de todos los pueblos, el manto tendido sobre todas las naciones. Hará desaparecer la muerte para siempre.
El Señor Dios secará las lágrimas de cada rostro, y quitará de toda la tierra la deshonra de su pueblo, porque así lo ha dicho el Señor.
Aquel día se dirá:
«Miren, este es nuestro Dios; en él pusimos nuestra esperanza, y nos salvará. Este es el Señor, en quien esperábamos: saltemos de gozo y alegrémonos con su salvación».
Porque la mano del Señor reposará sobre este monte.
Palabra de Dios.
— Salmo 22 —
R. Viviré en la casa del Señor mientras duren mis días.
El Señor es mi pastor;
no me faltará nada.
En prados de hierba fresca me hace descansar,
me conduce hacia aguas tranquilas
y me devuelve el aliento.
R. Viviré en la casa del Señor mientras duren mis días.
Me lleva por caminos de justicia,
haciendo honor a su nombre.
Aunque camine por un valle de sombra de muerte,
no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo.
Tu vara y tu cayado me dan consuelo.
R. Viviré en la casa del Señor mientras duren mis días.
Tú me pones la mesa
frente a los que me atacan;
me perfumas la cabeza con aceite,
y mi copa está llena hasta el borde.
R. Viviré en la casa del Señor mientras duren mis días.
Bondad y amor fiel me seguirán de cerca
todos los días de mi vida,
y viviré en la casa del Señor
mientras duren mis días.
R. Viviré en la casa del Señor mientras duren mis días.
— Segunda Lectura —
Filipenses 4, 12-14. 19-20
Hermanos:
Sé pasar estrecheces, y sé también tener de sobra. He sido iniciado en todo y para todo: a estar saciado y a pasar hambre, a tener de sobra y a quedarme sin nada.
Para todo tengo fuerzas, en aquel que me hace fuerte. Aun así, hicieron bien en tomar parte en mi aflicción.
Mi Dios, a su vez, colmará todas sus necesidades, conforme a su riqueza, con gloria, en Cristo Jesús.
A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Mateo 22, 1-14
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, y les dijo:
«Con el reino de los cielos pasa lo que con un rey que preparó el banquete de bodas de su hijo. Mandó a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.
Volvió a mandar a otros siervos, con este encargo: "Digan a los invitados: Miren, ya preparé mi banquete; están sacrificados mis toros y mis animales cebados, y todo está listo. Vengan a la boda".
Pero ellos no le dieron importancia y se fueron, uno a su propio campo, otro a su comercio. Los demás sujetaron a los siervos, los ultrajaron y los mataron.
El rey se enojó. Mandó a sus ejércitos, acabó con aquellos homicidas e incendió su ciudad.
Luego dijo a sus siervos: "El banquete de bodas ya está listo, pero los invitados no eran dignos. Vayan, pues, a donde terminan los caminos, e inviten a la boda a todos los que encuentren".
Salieron aquellos siervos por los caminos y juntaron a todos los que encontraron, malos y buenos; y el salón de bodas se llenó de invitados sentados a la mesa.
Entró el rey para ver a los que estaban a la mesa, y vio allí a un hombre que no iba vestido con ropa de boda. Le dijo: "Amigo, ¿cómo entraste aquí sin tener ropa de boda?". Él se quedó mudo.
Entonces el rey dijo a los servidores: "Átenle los pies y las manos, y échenlo a la oscuridad de afuera. Allí habrá llanto y crujir de dientes".
Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
En este vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario, las lecturas nos sientan a la mesa. Isaías anuncia un banquete en el monte del Señor, «para todos los pueblos», con las mejores comidas y los mejores vinos. Y en ese banquete pasa algo más grande que la comida: «El Señor Dios secará las lágrimas de cada rostro», y hará desaparecer la muerte para siempre. Quien ha llorado a un ser querido sabe cuánto vale esta promesa. Por eso el pueblo, al verlo, dice: «este es nuestro Dios; en él pusimos nuestra esperanza, y nos salvará».
El salmo lo canta con confianza: el Señor es el pastor que nos pone la mesa y llena nuestra copa hasta el borde. Y san Pablo, que conoció el hambre y la abundancia, dice de dónde saca su fuerza: «Para todo tengo fuerzas, en aquel que me hace fuerte». No presume de ser un hombre duro. Ha aprendido que, en la estrechez o en la abundancia, Dios no lo deja solo, y por eso puede asegurar a los suyos que Dios «colmará todas sus necesidades». Esa confianza es ya un primer sabor del banquete.
Jesús retoma la imagen en su parábola. Un rey prepara la boda de su hijo, lo tiene todo listo, y los invitados no quieren ir. No lo rechazan por odio: simplemente tienen otras cosas, «uno a su propio campo, otro a su comercio». Esa es la forma más común de decirle que no a Dios, sin portazos, solo con la agenda llena. Pero el rey no cancela la fiesta. Manda a invitar a todos, «malos y buenos», hasta que la sala se llena. Nadie queda fuera por lo que ha sido. El detalle de la ropa de boda recuerda que aceptar la invitación también cambia algo: entrar en la fiesta es dejarse vestir de fiesta, dejar que Dios nos renueve por dentro. Isaías anunció el banquete; Jesús nos dice que la invitación ya llegó.
Cada domingo, en la misa, Dios vuelve a ponernos la mesa, y allí se adelanta un poco el banquete que Isaías vio en el monte. ¿Qué excusa pones tú cuando Dios te invita? Muchas veces es la misma de aquellos invitados: ahora no, tengo cosas que hacer. Hoy es el día de la fiesta del Señor. Acepta la invitación sin buscar pretextos: ve a misa con tu familia, o invita a alguien de casa que hace tiempo no va, y siéntense juntos a Su mesa. Y si no puedes salir, únete desde casa con una oración y pide que nadie se quede sin lugar en ese banquete.
— Oración —
Señor, Rey de la fiesta,
Tú preparas un banquete para todos los pueblos
y sigues llamando aunque muchos no quieran venir.
Perdona las veces que te he dicho «ahora no»
por andar ocupado en mis cosas.
Gracias porque me invitaste sin mérito mío,
desde el camino donde estaba.
Renuévame por dentro
con el vestido de boda que Tú mismo me das.
Que cada domingo, en la misa y con mi familia,
me siente a Tu mesa con alegría.
Seca las lágrimas de los que lloran
y llena su copa con Tu consuelo.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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