Evangelio del día

Evangelio del Sábado 10 de octubre

9 minLeer es gratisAudio con Bendita Pro

En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Gálatas 3, 22-29

Hermanos:

La Escritura dejó todas las cosas encerradas bajo el pecado, para que la promesa, por la fe en Jesucristo, se diera a los que creen.

Antes de que llegara la fe, estábamos custodiados bajo la ley, encerrados a la espera de la fe que iba a revelarse. De modo que la ley nos hizo de tutor hasta Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. Pero, ahora que ha llegado la fe, ya no estamos bajo el tutor.

Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Todos los que fueron bautizados en Cristo se revistieron de Cristo.

No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón y mujer, porque todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús.

Y si ustedes son de Cristo, entonces son descendencia de Abraham, herederos según la promesa.

Palabra de Dios.

— Salmo 104 —

R. El Señor se acuerda para siempre de su alianza.

Cántenle, toquen en su honor,
hablen de todas sus maravillas.
Gloríense de su santo nombre;
que se alegren de corazón los que buscan al Señor.

R. El Señor se acuerda para siempre de su alianza.

Busquen al Señor y su fuerza,
busquen su rostro sin descanso.
Recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios y los juicios que salieron de su boca.

R. El Señor se acuerda para siempre de su alianza.

Ustedes, descendencia de Abraham, su siervo,
hijos de Jacob, sus elegidos:
él, el Señor, es nuestro Dios;
sus juicios llegan a toda la tierra.

R. El Señor se acuerda para siempre de su alianza.

— Evangelio —
Lucas 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús decía estas cosas, una mujer que estaba entre la gente alzó la voz y le dijo:
«¡Dichoso el vientre que te llevó, y los pechos de los que mamaste!».

Pero él respondió:
«Mejor aún: dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la conservan».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo les escribe a los gálatas con una fuerza que todavía sorprende. Antes de Cristo, dice, la ley hacía de tutor, como quien cuida a un niño hasta que crece. Pero «ahora que ha llegado la fe, ya no estamos bajo el tutor». Por el bautismo hemos entrado en una vida nueva: «Todos los que fueron bautizados en Cristo se revistieron de Cristo». Ya no somos menores de edad que viven con miedo a equivocarse, sino hijos que pueden acercarse a su Padre con confianza.

De ahí sale una consecuencia enorme: «No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón y mujer». Pablo no dice que las diferencias desaparezcan, sino que ya no pesan delante de Dios. Nadie vale más por su origen ni menos por su condición; todos somos «herederos según la promesa». Esa es una dignidad que nadie te puede quitar. Tampoco en los días en que te sientes poca cosa ante los demás, o cuando los años, la enfermedad o la soledad te hacen pensar que ya no cuentas.

En el Evangelio, una mujer de entre la gente, entusiasmada, levanta la voz para alabar a la madre de Jesús. Es un elogio lleno de cariño, como el que se dice de cualquier madre orgullosa de su hijo. Jesús no lo rechaza; lo lleva más lejos: «dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la conservan». En ese «mejor aún» cabe María entera. Fue la madre de Jesús, y antes que eso fue la primera en oír la palabra y guardarla en el corazón. Por eso en este sábado la miramos a ella. Las dos lecturas se dan la mano: la dicha de María no está reservada a unos pocos, porque todos los bautizados estamos llamados a escuchar y a guardar como ella.

¿Qué haces con la palabra que escuchas? A veces entra por un oído y sale por el otro; otras veces se queda y, poco a poco, cambia la manera de vivir. Guardarla es eso: dejar que se quede, volver a ella durante el día, como la Virgen María volvía una y otra vez a lo que había visto y oído. Pídele hoy a la Virgen que te enseñe a escuchar así. Y haz algo sencillo: quédate con una sola frase de las lecturas, repítela despacio varias veces durante el día y llévala contigo hasta la noche.

— Oración —

Padre bueno,
por el bautismo me revestiste de Cristo
y me hiciste hijo Tuyo y heredero de Tu promesa.
Gracias porque delante de Ti nadie sobra
y nadie vale menos por su condición.
Dame un oído atento como el de María,
que escuchó Tu palabra y la guardó en el corazón.
Que no deje pasar lo que me dices
como quien oye llover.
Que vuelva a Tu palabra a lo largo del día
y deje que cambie mi manera de vivir.
Que María, la Madre de Tu Hijo y Madre nuestra,
me enseñe a escucharte como ella.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

También hoy