Evangelio del día

Evangelio del Martes 6 de octubre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Gálatas 1, 13-24

Hermanos:

Ustedes ya oyeron contar cómo vivía yo antes, en el judaísmo: perseguía sin medida a la Iglesia de Dios y hacía lo posible por arrasarla. Aventajaba en el judaísmo a muchos compañeros de mi edad dentro de mi pueblo, y defendía con mucho más ardor que ellos las tradiciones de mis padres.

Pero el que me había puesto aparte desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, quiso revelar en mí a su Hijo, para que yo lo anunciara entre las naciones. Entonces no fui en seguida a consultar con nadie de carne y hueso, ni subí a Jerusalén a ver a los que eran apóstoles antes que yo. Me fui a Arabia, y luego volví otra vez a Damasco.

Tres años después subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y me quedé con él quince días. No vi a ningún otro de los apóstoles, fuera de Santiago, el hermano del Señor. Lo que les escribo, miren, lo digo delante de Dios: no miento.

Después me fui a las regiones de Siria y de Cilicia. Las iglesias de Judea que viven en Cristo nunca me habían visto la cara. Solamente habían oído contar: «El que antes nos perseguía anuncia ahora la fe que en otro tiempo trataba de arrasar». Y daban gloria a Dios a causa de mí.

Palabra de Dios.

— Salmo 138 —

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

Señor, tú me has examinado a fondo, y me conoces.
Tú sabes si me siento o si me pongo de pie;
de lejos adviertes lo que pienso.
Tú mides mis pasos y mi descanso,
y conoces bien todos mis caminos.

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

Tú hiciste lo más hondo de mi ser,
tú me fuiste tejiendo en el vientre de mi madre.
Te alabo, porque me has hecho de un modo que asombra;
qué maravillosas son tus obras.

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

Esto lo sabe muy bien mi alma.
Ninguno de mis huesos te era desconocido
cuando me hacían en lo escondido,
cuando me iban bordando allá en lo hondo de la tierra.

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

— Evangelio —
Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, mientras iban de camino, Jesús entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra.

Marta, en cambio, andaba de un lado para otro con todo lo que había que servir. Hasta que se acercó y le dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude».

Pero el Señor le respondió:
«Marta, Marta, te angustias y te agitas por muchas cosas. Son pocas las que hacen falta; en realidad, una sola. María escogió la parte buena, y esa nadie se la va a quitar».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Pablo cuenta su propia historia sin maquillarla. Perseguía sin medida a la Iglesia y hacía lo posible por arrasarla. Pero Dios lo conocía desde antes: era "el que me había puesto aparte desde el vientre de mi madre". La gracia no borró su pasado; lo transformó. Tanto, que las iglesias de Judea se repetían asombradas: "El que antes nos perseguía anuncia ahora la fe que en otro tiempo trataba de arrasar".

Llama la atención un detalle. Después de su llamada, Pablo no corrió a predicar ni a pedir consejo: "Me fui a Arabia, y luego volví otra vez a Damasco". Muchos han visto en ese tiempo un retiro de silencio a solas con el Señor, antes de la gran misión. Las obras grandes de Dios suelen empezar así, escondidas, lejos del ruido.

En el Evangelio, Marta recibe a Jesús en su casa y se pone a servir. No hay nada malo en eso; es hospitalidad, es cariño. Pero "andaba de un lado para otro con todo lo que había que servir", y el cansancio se le volvió queja. Jesús le responde con ternura, llamándola dos veces por su nombre: "Marta, Marta". Y le recuerda que "son pocas las que hacen falta; en realidad, una sola". María, sentada a sus pies, "escogió la parte buena".

También nosotros vivimos agitados por muchas cosas, y a veces la oración es lo primero que sacrificamos. Jesús no desprecia el servicio de Marta; lo que quiere es que nazca de haberlo escuchado antes. ¿Cuánto tiempo pasas cada día a los pies del Señor? Hoy, antes de empezar tus tareas, regálale unos minutos de silencio con el Evangelio. Lo demás saldrá mejor.

— Oración —

Señor,
tú me conociste desde el vientre de mi madre
y me llamaste por tu gracia.
Gracias porque mi historia, con todo lo que pesa,
está en tus manos y tú la transformas.
Cuando me pierda entre mil quehaceres,
llámame de vuelta a tu lado.
Enséñame a escucharte antes de ponerme a hacer,
y que mi servicio nazca de esa escucha.
Dame un corazón quieto a tus pies
y unas manos dispuestas para los demás.
Que quienes me vean te den gloria
por lo que tú haces en mí.

Amén.

Mañana, otra

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