Evangelio del día
Evangelio del Lunes 5 de octubre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Gálatas 1, 6-12
Hermanos:
Me asombra que tan pronto se estén apartando del que los llamó por la gracia de Cristo, para irse tras otro evangelio. Otro no lo hay; solo que algunos andan inquietándolos y pretenden torcer el Evangelio de Cristo.
Pero aunque nosotros mismos, o un ángel venido del cielo, les anunciáramos un evangelio distinto del que ya les anunciamos, ¡sea maldito! Ya se lo dijimos antes, y ahora se lo vuelvo a decir: si alguien les anuncia un evangelio distinto del que recibieron, ¡sea maldito!
¿A quién trato ahora de convencer: a los hombres, o a Dios? ¿O es que busco agradar a los hombres? Si aún buscara agradar a los hombres, no sería servidor de Cristo.
Sepan bien, hermanos: el Evangelio que yo les prediqué no viene de los hombres. No me lo entregó ningún hombre, ni me lo enseñó nadie: lo recibí porque Jesucristo me lo reveló.
Palabra de Dios.
— Salmo 110 —
R. El Señor se acuerda de su alianza para siempre.
Con todo el corazón daré gracias al Señor,
entre los rectos reunidos y en la asamblea.
Qué grandes son las obras del Señor;
las buscan con empeño todos los que las aman.
R. El Señor se acuerda de su alianza para siempre.
Las obras de sus manos son fidelidad y derecho;
se puede confiar en cada uno de sus mandatos.
Se mantienen firmes por siempre jamás,
hechos con verdad y con rectitud.
R. El Señor se acuerda de su alianza para siempre.
Mandó a su pueblo la liberación,
dejó establecida su alianza para siempre;
santo y temible es su nombre.
Su alabanza no tendrá fin.
R. El Señor se acuerda de su alianza para siempre.
— Evangelio —
Lucas 10, 25-37
En aquel tiempo, se levantó un doctor de la ley y, para ponerlo a prueba, le dijo a Jesús:
«Maestro, ¿qué debo hacer para recibir en herencia la vida eterna?».
Jesús le respondió:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la lees tú?».
Él le contestó:
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo».
Jesús le dijo:
«Has contestado bien. Haz esto y vivirás».
Pero él, queriendo justificarse, le preguntó a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Jesús tomó la palabra y dijo:
«Un hombre iba bajando de Jerusalén a Jericó, y lo asaltaron unos ladrones; le arrancaron la ropa, lo cubrieron de heridas a golpes y se fueron; ahí lo dejaron, medio muerto.
Dio la casualidad de que por ese mismo camino bajaba un sacerdote; al verlo, pasó por el otro lado y siguió. Igualmente un levita que llegó a aquel sitio: lo vio, pasó por el otro lado y siguió.
Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verlo se compadeció de él con toda el alma. Se le acercó, le vendó las heridas después de echarles aceite y vino; lo subió sobre su propio animal, lo llevó a una posada y se ocupó de él.
Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al encargado de la posada y le dijo: "Ocúpate de él, y lo que gastes de más, yo te lo devolveré cuando vuelva".
De estos tres, ¿quién crees tú que llegó a ser prójimo del que asaltaron los ladrones?».
Él respondió:
«El que tuvo misericordia con él».
Y Jesús le dijo:
«Ve, y tú también haz lo mismo».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Pablo escribe a los gálatas con el corazón en la mano. Le duele que se estén apartando tan pronto del Evangelio, como quien cambia de camino al primer tropiezo. Y deja una frase que nos toca a todos: "Si aún buscara agradar a los hombres, no sería servidor de Cristo". El Evangelio no es una opinión que se acomoda al gusto de cada época. Pablo lo recibió como un regalo: "lo recibí porque Jesucristo me lo reveló".
En el Evangelio, un doctor de la ley sabe muy bien lo que manda la ley: amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo. Pero quiere ponerle límites: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús no le da una definición. Le cuenta una historia y, al final, le da la vuelta a la pregunta: "De estos tres, ¿quién crees tú que llegó a ser prójimo del que asaltaron los ladrones?". Ya no se trata de saber quién merece mi amor, sino a quién me acerco yo.
El sacerdote y el levita vieron al herido y pasaron por el otro lado. Quizá tenían sus razones: la prisa, el miedo, sus obligaciones. El samaritano, un extranjero mal visto, "al verlo se compadeció de él con toda el alma". Y la compasión se le volvió obras: vendas, aceite y vino, su propio animal, la posada, dos denarios, y hasta la promesa de pagar lo que faltara. Los Padres de la Iglesia vieron en este samaritano al mismo Cristo, que se inclinó sobre nuestra humanidad herida y cargó con ella.
Hoy Jesús nos dice lo mismo que a aquel hombre: "Ve, y tú también haz lo mismo". El herido del camino puede ser un familiar enfermo, un vecino que vive solo, alguien que nos cae mal. No hacen falta grandes hazañas: detenerse, mirar, acercarse, gastar un poco de tiempo. ¿Ante qué dolor sueles pasar por el otro lado? Pídele hoy a Jesús un corazón que no pase de largo.
— Oración —
Señor Jesús,
tú eres el buen samaritano
que se detuvo junto a mí cuando estaba herido.
Gracias por el aceite de tu consuelo
y el vino de tu perdón.
Abre mis ojos ante el dolor de mis hermanos,
para que nunca pase por el otro lado.
Líbrame de las prisas y de los pretextos,
y de vivir buscando agradar a los demás.
Enséñame a hacerme prójimo
de quien me necesite, sea quien sea.
Que no me canse de hacer el bien,
aunque me cueste tiempo y planes.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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