Evangelio del día
Evangelio del Domingo 4 de octubre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Isaías 5, 1-7
Voy a cantarle a mi amigo el canto de mi amado sobre su viña.
Una viña tenía mi amigo, en lo alto de un cerro de tierra generosa. La rodeó con un cerco y la limpió de piedras; la plantó con la mejor cepa, construyó en medio una torre y excavó en ella un lagar. Esperaba que diera uvas, y lo que dio fueron uvas silvestres.
Ahora, pues, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más debía hacer yo por mi viña, que no hiciera? Yo esperaba de ella uvas: ¿por qué me dio uvas silvestres?
Pues ahora les voy a decir lo que haré con mi viña: le arrancaré el cerco, y la devorarán los animales; le echaré abajo la tapia, y la pisotearán. Haré de ella un terreno baldío: no habrá quien la pode ni quien la cave, y la invadirán las zarzas y los espinos. Y a las nubes les prohibiré que derramen su lluvia sobre ella.
Porque la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y el pueblo de Judá es el plantío que era su delicia. Él esperaba juicio recto, y encontró atropello; esperaba justicia, y lo que se oye es un clamor.
Palabra de Dios.
— Salmo 79 —
R. La casa de Israel es la viña del Señor.
Trajiste de Egipto una vid,
echaste fuera a las naciones y la plantaste.
Sus ramas llegaron hasta el mar,
y sus retoños alcanzaron el río.
R. La casa de Israel es la viña del Señor.
¿Por qué le abriste brechas en la cerca,
y cualquiera que pasa arranca sus racimos?
La devasta el jabalí salido del bosque,
y se alimentan de ella los animales del campo.
R. La casa de Israel es la viña del Señor.
Dios de los ejércitos, vuelve otra vez;
asómate desde el cielo y mira, ven a cuidar esta vid:
el tronco que plantó tu derecha,
el retoño que hiciste fuerte para ti.
R. La casa de Israel es la viña del Señor.
Ya no nos apartaremos de ti:
haz que vivamos, y clamaremos tu nombre.
Señor, Dios de los ejércitos, haznos volver a ti;
ilumínanos con tu rostro, y estaremos a salvo.
R. La casa de Israel es la viña del Señor.
— Segunda Lectura —
Filipenses 4, 6-9
Hermanos:
Que nada los tenga angustiados. En cualquier circunstancia, hagan llegar a Dios lo que le piden, con oración y con súplica, y dándole gracias. Y la paz de Dios, que supera todo lo que la mente puede comprender, hará guardia sobre sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Por último, hermanos: todo lo que es verdadero, todo lo noble, todo lo justo, todo lo puro, todo lo que inspira cariño, todo lo que tiene buen nombre; lo que sea virtud y lo que merezca elogio, eso es lo que deben tener en el pensamiento.
Lo que aprendieron y recibieron, lo que oyeron y vieron en mí, pónganlo en práctica. Y el Dios de la paz estará con ustedes.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Mateo 21, 33-43
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Oigan otra parábola. Un hacendado plantó una viña: la rodeó con un cerco, excavó en ella un lagar y levantó una torre. Después la dio en arriendo a unos viñadores y se marchó a otra tierra.
Cuando se acercó el tiempo de los frutos, mandó a sus siervos a ver a los viñadores, para recibir los frutos de la viña. Pero los viñadores echaron mano a los siervos: a uno lo azotaron, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon.
Mandó otra vez más siervos que la primera vez, y con ellos hicieron lo mismo. Al final les mandó a su hijo, diciendo: "A mi hijo le tendrán respeto".
Pero los viñadores, en cuanto vieron al hijo, comentaron entre ellos: "Este es el heredero. Vengan, acabemos con él, y su herencia pasará a ser nuestra". Lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Entonces, cuando venga el dueño de la viña, ¿qué va a hacer con aquellos viñadores?».
Le contestaron:
«Acabará sin piedad con esos malvados, y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Jesús les dijo:
«¿Nunca leyeron en las Escrituras: "La piedra que los constructores desecharon, esa vino a ser la piedra principal de la esquina. Esto viene del Señor, y a nuestros ojos es admirable"? Por eso les digo: el reino de Dios se les quitará a ustedes, y se le dará a un pueblo que dé sus frutos».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Isaías canta una canción de amor que termina en queja. Su amigo lo dio todo por su viña: la cercó, la limpió de piedras, plantó la mejor cepa, levantó una torre. Y cuando llegó el tiempo, encontró uvas silvestres. La pregunta de Dios duele por lo sencilla: "¿Qué más debía hacer yo por mi viña, que no hiciera?". Es la tristeza de quien amó mucho y no fue correspondido.
Jesús retoma la misma imagen delante de los jefes del pueblo. Esta vez los viñadores no solo se quedan con los frutos: golpean a los enviados y al final matan al hijo. Es la historia de un Dios que no se rinde. Manda siervos, y más siervos, y por último a su propio Hijo, diciendo: "A mi hijo le tendrán respeto". Lo echan fuera de la viña, pero la historia no acaba ahí: "La piedra que los constructores desecharon, esa vino a ser la piedra principal de la esquina". Lo que el mundo tira, Dios lo pone de cimiento.
La viña también somos nosotros. La vida, la fe, la familia, los años que llevamos encima: todo es tierra que Dios preparó con cuidado. No somos dueños; somos viñadores, y el Señor vuelve cada temporada buscando fruto. ¿Qué fruto espera hoy de tu casa, de tus palabras, de tu manera de tratar a los tuyos? Cada domingo, en la Misa, le devolvemos al Dueño lo que es suyo: ponemos en el altar el pan y el vino, fruto de la tierra y del trabajo, y él nos entrega a su Hijo.
San Pablo nos enseña a dar fruto sin vivir angustiados: "Que nada los tenga angustiados". Presentarle a Dios lo que necesitamos, darle gracias, y llenar la mente de lo verdadero, lo justo y lo puro. Entonces "la paz de Dios, que supera todo lo que la mente puede comprender, hará guardia sobre sus corazones". Hoy, en familia, pregúntense con sencillez qué fruto quiere el Señor de esta casa, y llévenselo a la Misa como ofrenda. La viña no es nuestra, pero el Dueño sigue confiando en nosotros.
— Oración —
Señor, la viña es tuya,
y cada cosa buena de mi vida salió de tus manos.
Gracias por tu paciencia conmigo,
por los mensajeros que me envías una y otra vez,
y sobre todo por tu Hijo.
Perdóname cuando me quedo con lo que es tuyo.
Haz que mi vida y mi familia den el fruto que esperas.
Que en cada Misa te devuelva con gratitud
todo lo que de ti he recibido.
Quita de mi corazón la angustia,
y que tu paz haga guardia sobre mis pensamientos.
No me dejes despreciar a nadie,
porque tú construyes con lo que otros desechan.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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