Evangelio del día

Evangelio del Sábado 3 de octubre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Job 42, 1-3. 5-6. 12-17

Job respondió al Señor:

«Reconozco que lo puedes todo, y que ningún proyecto se te escapa. ¿Quién es este —dijiste— que oscurece mis planes sin tener conocimiento? Es verdad: hablé sin entender de cosas demasiado grandes para mí, que no alcanzo a comprender. De ti había oído hablar, pero ahora mis propios ojos te contemplan; por eso me retracto, y hago penitencia entre el polvo y la ceniza».

Y el Señor bendijo la última etapa de la vida de Job más aún que la primera: llegó a tener catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil burras. Tuvo también siete hijos y tres hijas. En toda la región no había mujeres tan hermosas como las hijas de Job, y su padre les dio herencia, igual que a sus hermanos.

Después de esto, Job vivió todavía ciento cuarenta años, y llegó a ver a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Y murió Job, anciano y colmado de días.

Palabra de Dios.

— Salmo 118 —

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Enséñame el buen juicio y el saber,
porque me fío de tus mandatos.
Me hizo bien pasar por el sufrimiento,
para aprender tus decretos.

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
y que con razón me has probado.
Todo se mantiene hoy porque tú lo dispones,
pues el universo entero está a tu servicio.

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Yo soy tu siervo: dame entendimiento
para llegar a conocer tus preceptos.
La explicación de tus palabras ilumina,
y da inteligencia a los sencillos.

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

— Evangelio —
Lucas 10, 17-24

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron llenos de alegría, diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».

Él les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado poder para pisar serpientes y escorpiones, y sobre toda la fuerza del enemigo, y nada les hará daño. Sin embargo, no se alegren de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres ya quedaron inscritos en el cielo».

En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelaste a la gente sencilla. Sí, Padre, así te pareció bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Felices los ojos que alcanzan a ver lo que ustedes están viendo! Porque les digo que muchos profetas y reyes anhelaron contemplar lo que ustedes contemplan, y no lo lograron; y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Termina hoy la lectura del libro de Job, y termina bien. Después de tanto dolor, tanta discusión y tanta pregunta sin respuesta, Job llega por fin a lo esencial: de Dios había oído hablar, pero ahora sus propios ojos lo contemplan. Ese es el fruto de toda su travesía. Job no recibe una explicación de por qué sufrió; recibe algo mucho mejor: un encuentro con Dios. Ha pasado de una fe "de oídas" —de segunda mano, hecha de ideas sobre Dios— a una fe de ojos, de trato personal, de experiencia viva. Y ante esa presencia, ya no discute: se rinde con humildad. A veces las crisis y los sufrimientos, si los atravesamos con Dios, nos regalan esto: dejar de saber cosas sobre Dios para empezar a conocerlo de verdad.

El relato añade que el Señor bendijo el final de la vida de Job más que el principio. No es un premio calculado —"sufriste, aquí tienes tu recompensa"—, sino el desbordamiento del amor de Dios sobre quien confió hasta el final. Job muere "anciano y colmado de días", rodeado de hijos y nietos. Su historia nos dice que la última palabra sobre el justo que sufre no es la ruina, sino la vida y la bendición.

En el Evangelio, los setenta y dos vuelven eufóricos de la misión: "hasta los demonios se nos someten". Y Jesús, con cariño, corrige el foco de su alegría: que no se alegren de que los espíritus se les sometan, sino de que sus nombres ya quedaron inscritos en el cielo. El gozo del cristiano no puede depender de los éxitos ni de los poderes, que suben y bajan, sino de algo inquebrantable: que Dios nos conoce, nos ama y nos tiene escritos en su corazón. Y Jesús mismo estalla de alegría en el Espíritu, dando gracias porque el Padre revela sus secretos "a la gente sencilla", no a los que se creen sabios. Como Job al final, como los pequeños: solo el corazón humilde ve a Dios.

Y a nosotros nos alcanza la última bienaventuranza: felices los ojos que alcanzan a ver lo que nosotros estamos viendo. Profetas y reyes desearon ver lo que nosotros conocemos —a Cristo, el rostro de Dios hecho hombre— y no llegaron a verlo. Nosotros sí. Hoy, no fundes tu alegría en lo que consigues o dejas de conseguir, sino en que tu nombre está escrito en el cielo. Pide, como Job, pasar de una fe "de oídas" a una fe que ve; hazte pequeño, para que el Padre te revele sus secretos; y da gracias por el don inmenso de conocer a Cristo. Dichosos tus ojos.

— Oración —

Señor,
como Job, quiero pasar de conocerte de oídas
a verte de verdad con los ojos del corazón.
Cuando no entienda mi dolor,
dame la humildad de confiar y rendirme ante ti.
Enséñame a no fundar mi alegría en mis éxitos,
sino en que mi nombre está escrito en el cielo.
Hazme pequeño y sencillo,
para que me reveles los secretos de tu Reino.
Y gracias, Padre, porque me dejas ver y oír
lo que tantos desearon y no alcanzaron:
a tu Hijo Jesús, tu rostro entre nosotros.

Amén.

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