Evangelio del día

Evangelio del Lunes 28 de septiembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Job 1, 6-22

Un día, los hijos de Dios se presentaron ante el Señor, y entre ellos vino también Satán. El Señor le preguntó a Satán:
«¿De dónde vienes?».
Satán respondió:
«De recorrer la tierra, andando de un lado a otro».
El Señor le dijo:
«¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra: es un hombre íntegro y recto, que teme a Dios y se aparta del mal».
Satán replicó:
«¿Y acaso Job teme a Dios sin interés? ¿No has puesto tú un cerco protector alrededor de él, de su casa y de todo lo suyo? Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus rebaños se extienden por el país. Pero extiende tu mano y toca todo lo que posee, y verás cómo te maldice en la cara».
El Señor le dijo a Satán:
«Está bien: todo lo que tiene queda en tus manos; solo que a él no le pongas la mano encima».
Y Satán se retiró de la presencia del Señor.

Un día en que los hijos y las hijas de Job comían y bebían vino en casa del hermano mayor, llegó un mensajero y le dijo:
«Estaban los bueyes arando y las burras pastando junto a ellos, cuando cayeron los sabeos, se los llevaron y pasaron a espada a los criados; solo yo escapé para contártelo».
No había terminado de hablar cuando llegó otro y dijo:
«Un fuego de Dios cayó del cielo y quemó por completo las ovejas y a los pastores; solo yo escapé para contártelo».
No había terminado este cuando llegó otro y dijo:
«Los caldeos, en tres grupos, se lanzaron sobre los camellos, se los llevaron y pasaron a espada a los criados; solo yo escapé para contártelo».
Todavía hablaba este cuando llegó otro y dijo:
«Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa del hermano mayor, cuando un viento huracanado llegó del desierto, sacudió las cuatro esquinas de la casa, y esta se desplomó sobre los jóvenes y murieron; solo yo escapé para contártelo».

Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se rapó la cabeza y, cayendo en tierra, se postró y dijo:
«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; sea bendito el nombre del Señor».

En todo esto Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios.

Palabra de Dios.

— Salmo 16 —

R. Inclina tu oído, Señor, y escucha mi voz.

Escucha, Señor, mi causa justa,
atiende a mi clamor,
presta oído a mi oración,
que no sale de labios engañosos.

R. Inclina tu oído, Señor, y escucha mi voz.

De ti salga mi sentencia;
que tus ojos vean lo que es recto.
Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche,
aunque me pruebes con fuego,
no hallarás en mí maldad.

R. Inclina tu oído, Señor, y escucha mi voz.

Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina tu oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de sus enemigos
a los que se acogen a tu derecha.

R. Inclina tu oído, Señor, y escucha mi voz.

— Evangelio —
Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo, surgió entre los discípulos una discusión sobre quién de ellos sería el más importante.

Jesús, que conocía los pensamientos de su corazón, tomó a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. Porque quien es el menor entre ustedes, ese es el verdaderamente grande».

Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no anda con nosotros».

Jesús le respondió:
«No se lo prohíban, porque el que no está en contra de ustedes, está de su lado».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Comenzamos hoy a leer el libro de Job, y lo hacemos de golpe con la escena más dura: un hombre bueno, justo y feliz que en un solo día lo pierde todo —sus bienes, sus criados y hasta sus diez hijos—. Satán había lanzado una sospecha envenenada: Job solo es fiel porque le va bien; quítale todo y verás cómo maldice a Dios. Es la gran pregunta del libro y de nuestra vida: ¿amamos a Dios por lo que nos da, o por lo que él es? ¿Seguiría en pie nuestra fe si nos quitaran las seguridades?

La respuesta de Job es sobrecogedora. No finge que no le duele —rasga su manto, se rapa la cabeza, se echa por tierra—, pero desde ese dolor pronuncia una de las oraciones más grandes de la Biblia: "el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; sea bendito el nombre del Señor". Job no entiende lo que le pasa, pero no suelta la mano de Dios. Reconoce que nada era suyo por derecho, que todo era regalo, y que puede seguir bendiciendo a Aquel que da incluso cuando parece que solo quita. No es resignación fría: es confianza desnuda, como cuando salió del vientre de su madre.

El Evangelio, en apariencia muy distinto, apunta al mismo corazón humilde. Mientras los discípulos discuten quién es el más importante, Jesús pone en medio a un niño —lo más insignificante en aquella sociedad— y da vuelta a toda la escala de valores: quien es el menor de todos, ese es el verdaderamente grande. La grandeza del reino no se mide por el poder ni por el primer puesto, sino por la capacidad de acoger, de servir, de hacerse pequeño. Y añade una lección de apertura: cuando Juan quiere impedir que otro haga el bien "porque no anda con nosotros", Jesús lo corrige: el que no está en contra de ustedes está de su lado. El bien no tiene fronteras de grupo.

Hoy la Iglesia celebra a san Lorenzo Ruiz y a sus compañeros, mártires en Japón: laicos y frailes que, en medio del tormento, hicieron suya la fe de Job hasta el extremo. Lorenzo, un padre de familia sencillo, llegó a decir que daría mil vidas por Cristo. Ellos fueron "los más pequeños" que se volvieron grandes, y bendijeron el nombre del Señor cuando todo se les quitaba, hasta la vida. Su testimonio y el de Job nos preguntan hoy: cuando lleguen las pérdidas y las cruces, ¿sabré seguir diciendo "bendito sea el nombre del Señor"? Pide la gracia de una fe que no dependa de que todo vaya bien, sino que se apoye solo en Dios.

— Oración —

Señor,
Job lo perdió todo y aun así te bendijo;
los mártires dieron la vida y no soltaron tu mano.
Dame una fe así: que no te ame por lo que me das,
sino por lo que tú eres.
Cuando lleguen las pérdidas y no entienda nada,
enséñame a decir contigo:
«el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó;
sea bendito su nombre».
Hazme pequeño para hacerme grande a tus ojos,
capaz de acoger, de servir y de alegrarme del bien
venga de donde venga.

Amén.

Mañana, otra

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