Evangelio del día
Evangelio del Martes 22 de septiembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Proverbios 21, 1-6. 10-13
El corazón del rey es un canal de agua en manos del Señor:
lo dirige hacia donde quiere.
Al hombre le parece recto todo su camino,
pero es el Señor quien pesa los corazones.
Practicar la justicia y el derecho
agrada al Señor más que los sacrificios.
Ojos altivos, corazón engreído:
la lámpara de los malvados es el pecado.
Los planes del diligente terminan en abundancia;
los del precipitado, en pobreza.
Amontonar tesoros con lengua mentirosa
es ilusión que se desvanece: una trampa mortal.
El malvado solo ansía el mal,
y no se apiada ni de su prójimo.
Cuando se castiga al insolente, escarmienta el ingenuo;
cuando se instruye al sabio, adquiere saber.
El justo observa la casa del malvado
y ve cómo el malo se hunde en la desgracia.
El que cierra el oído al grito del pobre
gritará también él, y no habrá quien lo escuche.
Palabra de Dios.
— Salmo 118 —
R. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.
Dichosos los que llevan una vida intachable
y caminan en la ley del Señor.
Instrúyeme en el camino de tus preceptos,
y meditaré tus maravillas.
R. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.
Escogí el camino de la verdad,
anhelé tus mandatos.
Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón.
R. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.
Guíame por la senda de tus mandatos,
porque en ella está mi alegría.
Cumpliré tu voluntad sin descanso,
por siempre y para siempre.
R. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.
— Evangelio —
Lucas 8, 19-21
En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero no lograban acercarse a él por el gentío.
Le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte».
Él les respondió:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la llevan a la práctica».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
El libro de los Proverbios recoge la sabiduría de la vida cotidiana, esa que se aprende observando y viviendo. Hoy nos deja una frase que corta de raíz toda hipocresía: "practicar la justicia y el derecho agrada al Señor más que los sacrificios". Podemos cumplir con todos los ritos, rezar mucho y quedar bien delante de los demás; pero si a la vez somos injustos, indiferentes o duros con el prójimo, algo esencial se ha roto. A Dios no lo compramos con ceremonias: lo que él mira es el corazón, y "es el Señor quien pesa los corazones", no las apariencias.
La lectura se vuelve muy concreta al final, con una advertencia estremecedora: "el que cierra el oído al grito del pobre gritará también él, y no habrá quien lo escuche". La manera en que tratamos al que sufre —al que pide ayuda, al que no tiene voz, al que nos incomoda— es la medida real de nuestra fe. No basta con no hacer el mal; hay que abrir el oído y el corazón. La sordera ante el pobre es también sordera ante Dios, porque en el pobre es Dios mismo quien nos llama.
El Evangelio, brevísimo, parece a primera vista una respuesta fría de Jesús. Le dicen que su madre y sus hermanos lo buscan, y él contesta: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la hacen vida". Pero Jesús no está despreciando a su familia; está ensanchándola. Está diciendo que la verdadera cercanía con él no viene solo de la sangre, sino de la fe vivida. Y en esto, nadie está más cerca de Jesús que María: ella fue la primera que escuchó la palabra de Dios y la cumplió, desde el "hágase" de Nazaret hasta la cruz. Es Madre suya dos veces: por haberlo llevado en su seno y por haber creído.
Las dos lecturas se dan la mano en una misma idea: la fe no son solo palabras, es escuchar y hacer. Proverbios lo dice como justicia con el pobre; el Evangelio, como poner en práctica la palabra. Hoy, pregúntate qué palabra de Dios estás escuchando últimamente sin cumplir, y da un paso concreto para vivirla. Y abre de verdad el oído a algún "grito del pobre" que tengas cerca. Así entrarás, sin necesidad de más títulos, en la familia de Jesús: la de los que oyen su palabra y la hacen vida.
— Oración —
Señor,
tú pesas los corazones y no las apariencias;
líbrame de una fe hecha solo de palabras.
Enséñame que la justicia con el pobre
te agrada más que cualquier sacrificio.
Abre mi oído al grito del que sufre,
para no cerrarlo nunca ante tu llamada.
Hazme de tu familia verdadera:
la de los que escuchan tu palabra y la cumplen.
Y, como María, la primera creyente,
enséñame a decir "hágase"
y a llevarlo hasta el final.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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