Evangelio del día
Evangelio del Sábado 19 de septiembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
1 Corintios 15, 35-37. 42-49
Hermanos:
Alguno preguntará: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?». ¡Qué falta de sentido! Lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere. Y lo que siembras no es la planta que va a brotar, sino un simple grano, quizá de trigo o de otra semilla cualquiera.
Así pasa con la resurrección de los muertos: se siembra en la corrupción y resucita incorruptible; se siembra en la humillación y resucita glorioso; se siembra en la debilidad y resucita lleno de fuerza; se siembra un cuerpo natural y resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, también lo hay espiritual. Por eso está escrito: «El primer hombre, Adán, fue hecho un ser viviente»; el último Adán, en cambio, es espíritu que da vida. Pero no fue primero lo espiritual, sino lo natural; después vino lo espiritual. El primer hombre, sacado de la tierra, es terrenal; el segundo hombre viene del cielo. Como aquel hombre terrenal, así son los de la tierra; y como el hombre celestial, así serán los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.
Palabra de Dios.
— Salmo 55 —
R. Caminaré ante Dios a la luz de la vida.
Retrocederán mis enemigos el día en que te invoque;
en esto reconoceré que tú, oh Dios, estás de mi parte.
R. Caminaré ante Dios a la luz de la vida.
En Dios, cuya palabra alabo,
en el Señor, cuya palabra bendigo,
en Dios confío y nada temo:
¿qué podrá hacerme un simple mortal?
R. Caminaré ante Dios a la luz de la vida.
Cumpliré, Dios mío, las promesas que te hice,
y te ofreceré sacrificios de gratitud,
porque libraste mi vida de la muerte
y mis pies de tropezar,
para caminar ante Dios a la luz de los vivientes.
R. Caminaré ante Dios a la luz de la vida.
— Evangelio —
Lucas 8, 4-15
En aquel tiempo, como se reunía una gran multitud y acudía gente de todas las ciudades, Jesús les habló con esta parábola:
«Salió un sembrador a sembrar su semilla. Y al sembrarla, una parte cayó junto al camino: la pisotearon y los pájaros del cielo se la comieron. Otra parte cayó sobre las piedras y, apenas brotó, se secó por falta de humedad. Otra cayó en medio de espinos, y los espinos, creciendo con ella, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena; brotó y dio fruto: el ciento por uno».
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola, y él les dijo:
«A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de Dios; a los demás, en cambio, se les habla en parábolas, de modo que miren sin ver y oigan sin entender.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios. Los de junto al camino son los que la escuchan, pero luego llega el diablo y arranca la palabra de su corazón, para que no crean y se salven. Los de las piedras son los que, al escuchar, acogen la palabra con gozo, pero no echan raíces: creen por una temporada, y cuando llega la prueba se vuelven atrás. Lo que cayó entre espinos son los que escuchan, pero con el correr de la vida quedan asfixiados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres, y no llegan a madurar. Y lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón recto y bueno, la conservan y, con constancia, llegan a dar fruto».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Las dos lecturas de hoy hablan de semillas, y las dos nos hablan de esperanza. San Pablo responde a una pregunta que todos, tarde o temprano, nos hacemos: ¿cómo será la resurrección, con qué cuerpo? Y usa una imagen del campo: el grano que se echa en la tierra parece morir, pero de esa muerte aparente brota una vida nueva. Así seremos nosotros. Lo que se entierra es un cuerpo frágil, corruptible, marcado por la debilidad; lo que resucita es un cuerpo glorioso, lleno de la vida de Dios. La muerte no es el punto final, sino la siembra de algo mucho más grande.
Pablo lo resume en un contraste hermoso: hemos llevado la imagen del hombre terrenal, Adán, hecho del polvo; y llevaremos la imagen del hombre celestial, Cristo resucitado. Nuestro destino no es la tierra, sino el cielo; no la corrupción, sino la gloria. Por eso el cristiano mira la muerte de otra manera: con los ojos del sembrador, que entierra el grano confiando en la cosecha. Nada de lo bueno que Dios ha puesto en nosotros se perderá.
En el Evangelio, Jesús toma la misma imagen, pero ahora la semilla es su palabra, y el terreno somos nosotros. El sembrador es generoso: siembra en todas partes, incluso donde parece que no va a dar fruto. La diferencia no está en la semilla, que siempre es buena, sino en la tierra que la recibe. Hay corazones-camino, endurecidos, donde la palabra ni siquiera entra; corazones-piedra, entusiastas al principio pero sin raíces, que se rinden a la primera dificultad; corazones-espino, ahogados por las prisas, el dinero y los placeres. Y hay tierra buena, que escucha, guarda y da fruto con paciencia.
Vale la pena preguntarnos hoy con sinceridad: ¿qué clase de tierra soy yo? La buena noticia es que el terreno de nuestro corazón se puede trabajar. Se quitan piedras, se arrancan espinos, se ara lo que estaba duro. Escuchar de verdad la palabra, guardarla y no dejarla sin respuesta es lo que va convirtiendo nuestra vida en tierra fértil. Y el fruto llega "con perseverancia": no de golpe, sino día a día, con constancia callada. Deja hoy que la semilla de Dios caiga hondo en ti, y no tengas miedo: lo que en él se siembra, en él resucita.
— Oración —
Señor,
tú eres el sembrador que nunca se cansa
de arrojar tu palabra en mi corazón.
Ablanda en mí lo que está endurecido,
quita las piedras de mi desánimo,
arranca los espinos de mis prisas y afanes.
Hazme tierra buena que escucha, guarda y da fruto.
Y cuando llegue mi hora,
recuérdame que la muerte es solo una siembra,
y que en ti resucitaré incorruptible y glorioso.
Que un día lleve por entero
la imagen de tu Hijo, el hombre celestial.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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