Evangelio del día

Evangelio del Viernes 18 de septiembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Corintios 15, 12-20

Hermanos:

Si se anuncia que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de ustedes que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación y vacía también la fe de ustedes.

Incluso resultaríamos falsos testigos de Dios, porque habríamos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no habría resucitado, si es que los muertos no resucitan. Porque, si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no resucitó, la fe de ustedes no tiene sentido y siguen en sus pecados; y también los que murieron en Cristo se habrían perdido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo para esta vida, somos los más dignos de lástima de todos los hombres.

Pero no: Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que murieron.

Palabra de Dios.

— Salmo 16 —

R. Me saciaré, Señor, cuando aparezca tu gloria.

Escucha, Señor, una causa justa,
atiende a mi clamor,
presta oído a mi oración,
que no sale de labios engañosos.

R. Me saciaré, Señor, cuando aparezca tu gloria.

Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina tu oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de sus enemigos
a los que se refugian en ti.

R. Me saciaré, Señor, cuando aparezca tu gloria.

Guárdame como a la niña de tus ojos,
escóndeme a la sombra de tus alas.
Yo, en cambio, por mi rectitud contemplaré tu rostro,
y al aparecer tu gloria me saciaré.

R. Me saciaré, Señor, cuando aparezca tu gloria.

— Evangelio —
Lucas 8, 1-3

En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando y anunciando el reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo se juega hoy el todo por el todo: "Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación y vacía es su fe". Con una honestidad sorprendente, reconoce que, si la resurrección no fuera verdad, todo lo demás se derrumbaría: seríamos "los más dignos de lástima de todos los hombres", gente que ha apostado su vida por una ilusión. La fe cristiana no es una bonita filosofía ni un conjunto de valores: se sostiene sobre un hecho, que Cristo ha vencido a la muerte.

Pero Pablo no se queda en la hipótesis: "Pero no: Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que murieron". Esa palabra, "primicia", lo cambia todo. Cristo es el primero de una larga cosecha: su resurrección no es un caso aislado, sino la promesa de la nuestra. Por eso el cristiano vive con una esperanza que nada ni nadie le puede quitar: la muerte no es la última palabra. Los que "murieron en Cristo" no se han perdido; nos esperan. Esta certeza no nos hace despreciar esta vida, sino vivirla con más paz y más sentido, sabiendo hacia dónde caminamos.

El Evangelio, breve y luminoso, nos muestra a Jesús recorriendo pueblos y ciudades, y a su lado, además de los Doce, "algunas mujeres que lo acompañaban y lo ayudaban con sus bienes". Son nombres muchas veces olvidados —María Magdalena, Juana, Susana—, pero sin ellas el Evangelio no habría avanzado igual. Sostenían la misión desde la sombra, con generosidad y sin buscar protagonismo. Nos recuerdan que en la Iglesia no hay solo grandes predicadores: hay una multitud de personas humildes que hacen posible el bien con su trabajo, su ayuda y su servicio callado. Dios cuenta con todos.

Hoy celebramos a san Juan Macías, humilde hermano dominico que fue portero de un convento en Lima y dedicó su vida a atender a pobres y enfermos. Como aquellas mujeres, sirvió sin ruido, desde el último lugar, y así se hizo santo. Nadie tiene un papel tan pequeño que no pueda ser grande a los ojos de Dios. Hoy, aviva tu esperanza en la resurrección —esa que le da sentido a todo— y, como las mujeres del Evangelio y como san Juan Macías, pon lo que tienes al servicio de los demás: tu tiempo, tus manos, tus bienes, tu servicio escondido. Ahí, en lo pequeño y generoso, se juega la santidad.

— Oración —

Señor resucitado,
tú eres la primicia de los que mueren:
gracias porque, contigo, la muerte no es el final.
Aviva en mí la esperanza,
que da paz y sentido a toda mi vida.
Como las mujeres que te acompañaban,
y como san Juan Macías,
enséñame a servir sin ruido,
a poner lo que tengo al servicio de los demás,
sin buscar el primer lugar.
Que mi trabajo escondido y mi ayuda callada
hagan avanzar tu Evangelio,
y que un día me sacie por fin tu gloria.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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