Evangelio del día

Evangelio del Jueves 17 de septiembre

6 minLeer es gratisAudio con Bendita Pro

En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Corintios 15, 1-11

Hermanos:

Les recuerdo el Evangelio que les prediqué, que ustedes recibieron y en el que se mantienen firmes; por él se están salvando, si lo conservan tal como se lo anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.

Porque, ante todo, les transmití lo que yo también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven todavía; otros ya murieron. Después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; y, en último término, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Pero, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia en mí no ha sido estéril: he trabajado más que todos ellos; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. En fin, tanto yo como ellos, esto es lo que predicamos, y esto es lo que ustedes creyeron.

Palabra de Dios.

— Salmo 117 —

R. Den gracias al Señor porque es bueno.

Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Que lo diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

R. Den gracias al Señor porque es bueno.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor me levantó.
No moriré, viviré,
y contaré las obras del Señor.

R. Den gracias al Señor porque es bueno.

Tú eres mi Dios: te doy gracias.
Dios mío, yo te ensalzo.

R. Den gracias al Señor porque es bueno.

— Evangelio —
Lucas 7, 36-50

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él; y Jesús entró en su casa y se recostó a la mesa. En esto, una mujer de la ciudad, una pecadora, al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llegó con un frasco de alabastro lleno de perfume; y, colocándose detrás, a los pies de Jesús, llorando, se puso a bañarle los pies con sus lágrimas y a secárselos con sus cabellos; le besaba los pies y se los ungía con el perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó para sí:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando: una pecadora».

Jesús le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él respondió:
«Dímelo, Maestro».
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?».
Simón contestó:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Jesús le dijo:
«Has juzgado bien».

Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella, en cambio, me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de bienvenida; ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza; ella me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: se le perdonan sus muchos pecados, porque ha amado mucho; en cambio, a quien poco se le perdona, poco ama».

Y a ella le dijo:
«Tus pecados han quedado perdonados».
Los que estaban a la mesa empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona los pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado; vete en paz».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo nos entrega hoy el corazón de nuestra fe, lo más importante que él mismo recibió y transmitió: "Cristo murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día". Todo el cristianismo cabe en esa frase. Y fíjate cómo habla Pablo de sí mismo: "yo soy el menor de los apóstoles… porque perseguí a la Iglesia". No esconde su pasado; pero enseguida añade lo que lo cambió todo: "por la gracia de Dios soy lo que soy". Pablo, el perseguidor, se volvió apóstol no por sus méritos, sino porque se dejó alcanzar por la misericordia. Su vida es la prueba de que nadie está tan lejos que la gracia de Dios no pueda alcanzarlo.

El Evangelio pone rostro a esa gracia. Una mujer "pecadora", despreciada por todos, entra en casa de un fariseo y se arroja a los pies de Jesús: llora, los baña con sus lágrimas, los besa, los perfuma. No dice una palabra; su amor lo dice todo. Frente a ella, el fariseo Simón, correcto y seguro de sí, solo sabe juzgar: "si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer es". Los dos están ante Jesús, pero con corazones opuestos: uno lleno de amor agradecido; el otro, de frío desprecio.

Y Jesús pronuncia una de sus frases más consoladoras: "se le perdonan sus muchos pecados, porque ha amado mucho". No es que la mujer se ganara el perdón amando; al revés: amó tanto porque se supo perdonada. Quien se sabe perdonado de mucho, ama mucho; quien se cree sin necesidad de perdón, como Simón, ama poco. El gran peligro no es sentirse pecador, sino sentirse justo, no necesitar a Dios. La mujer se fue a casa con lo más grande: "Tu fe te ha salvado, vete en paz".

Este Evangelio nos hace una pregunta incómoda: ¿me parezco más a la mujer o a Simón? ¿Reconozco humildemente que soy pecador y necesito el perdón, o me instalo en la seguridad del que ya se cree bueno? La santidad no empieza por creerse perfecto, sino por dejarse amar y perdonar por Dios. Hoy, como Pablo, no escondas tu pasado ni te avergüences de tus caídas: llévalas a Jesús y déjate perdonar. Y, como la mujer, responde con amor: cada pecado perdonado puede convertirse en un motivo más para amar. Vete en paz: tu fe te salva.

— Oración —

Señor Jesús,
tú perdonaste a la mujer que lloraba a tus pies
y le devolviste la paz y la dignidad.
Dame su humildad para reconocerme pecador
y su valentía para acercarme a ti sin miedo.
Líbrame de la frialdad de Simón,
del que se cree justo y no necesita perdón.
Como a san Pablo, alcánzame con tu gracia,
que hace nuevo lo que estaba perdido.
Y, sabiéndome perdonado de tanto,
enséñame a amar mucho.
Tú, que perdonas los pecados,
dime también a mí: "vete en paz".

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

También hoy