Evangelio del día

Evangelio del Martes 15 de septiembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Corintios 12, 12-14. 27-31a

Hermanos:

Igual que el cuerpo es uno solo y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo. Pues todos nosotros —judíos y griegos, esclavos y libres— hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu. El cuerpo, en efecto, no se compone de un solo miembro, sino de muchos.

Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. En la Iglesia, Dios puso a unos, primero, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercero, como maestros; luego, el poder de hacer milagros; después, el don de curar, la ayuda a los demás, el gobierno, la variedad de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos el don de curar? ¿Hablan todos en lenguas? ¿Las interpretan todos? Aspiren, pues, a los dones mejores.

Palabra de Dios.

— Salmo 99 —

R. Somos su pueblo y el rebaño que él apacienta.

Aclamen al Señor, tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores.

R. Somos su pueblo y el rebaño que él apacienta.

Sepan que el Señor es Dios:
que él nos hizo y a él pertenecemos,
somos su pueblo y el rebaño que él apacienta.

R. Somos su pueblo y el rebaño que él apacienta.

Entren por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos, bendiciendo su nombre.
Porque el Señor es bueno, su misericordia es eterna,
y su fidelidad dura por todas las edades.

R. Somos su pueblo y el rebaño que él apacienta.

— Evangelio —
Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.

Al ver a su madre y, junto a ella, al discípulo que él amaba, Jesús dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora el discípulo la recibió entre los suyos.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Ayer contemplamos la cruz gloriosa; hoy, la Iglesia nos invita a mirar a quien estuvo al pie de ella: María, la Virgen de los Dolores. El Evangelio la presenta de pie —"estaban junto a la cruz de Jesús su madre"—, firme en el momento más oscuro, sin huir, acompañando a su Hijo hasta el final. No hay gesto más grande de amor que estar junto a quien sufre cuando ya no se puede hacer nada más que estar. María es la madre que no abandona, la que comparte el dolor de su Hijo y lo lleva en el corazón.

Y en medio de su agonía, Jesús le hace a María y a nosotros un regalo inmenso. Mirando al discípulo amado, le dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", y al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". En ese discípulo estamos todos: desde la cruz, Jesús nos entrega a su propia madre. María, que sufrió con Él, se convierte en madre de cada uno de nosotros. No estamos solos ni huérfanos: tenemos una madre en el cielo que conoce el dolor, que estuvo al pie de la cruz, y que sigue acompañándonos en las nuestras.

San Pablo, en la primera lectura, nos recuerda quiénes somos: "ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro". Formamos un solo cuerpo, y por eso, cuando un miembro sufre, sufren todos. María, unida a Cristo más que nadie, es también la más unida a nosotros, sus hijos. Su dolor junto a la cruz nos enseña a no ser indiferentes ante el sufrimiento de los demás: los que lloran, los que están solos, los que llevan una cruz pesada. Ser Iglesia es aprender a estar de pie junto al que sufre, como María.

La Virgen de los Dolores es consuelo para todos los que sufren. A ella podemos confiarle nuestras penas, sabiendo que ninguna le es ajena: un corazón traspasado por el dolor entiende el nuestro. Hoy, si llevas alguna cruz —una pérdida, una enfermedad, una preocupación que no cede—, ponla en las manos de esta Madre que estuvo al pie de la Cruz. Y aprende de ella a estar, sin palabras si hace falta, junto a alguien que sufre cerca de ti. Como Juan, recíbela hoy "como algo propio": hazle un lugar en tu vida, y déjate acompañar y consolar por ella.

— Oración —

Santa María, Virgen de los Dolores,
tú estuviste de pie junto a la cruz de tu Hijo,
firme en el dolor, sin abandonarlo.
Desde allí, Jesús te entregó como madre nuestra:
gracias por acogernos como hijos.
Enséñame a no huir ante el sufrimiento,
a estar junto al que llora, como tú estuviste.
Tú, que conoces el dolor, consuela mi corazón
y el de todos los que hoy llevan una cruz pesada.
Madre, te confío mis penas;
recíbeme como algo propio,
y llévame de la mano hasta tu Hijo.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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