Evangelio del día

Evangelio del Domingo 13 de septiembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7

Rencor e ira son cosas detestables, y el pecador las lleva dentro. El que se venga sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados.

Perdona a tu prójimo el agravio, y así, cuando reces, tus pecados quedarán perdonados. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedirle al Señor su curación? No tiene compasión de un semejante suyo, ¿y suplica por sus propios pecados? Él, que es solo carne, guarda rencor: ¿quién le perdonará a él sus pecados?

Acuérdate de tu fin, y deja de odiar; piensa en la corrupción y en la muerte, y sé fiel a los mandamientos. Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo, y pasa por alto la falta de tu prójimo.

Palabra de Dios.

— Salmo 102 —

R. El Señor es compasivo y clemente, paciente y lleno de misericordia.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

R. El Señor es compasivo y clemente, paciente y lleno de misericordia.

Él perdona todas tus culpas
y sana todas tus dolencias;
él rescata tu vida de la fosa,
te corona de gracia y de ternura.

R. El Señor es compasivo y clemente, paciente y lleno de misericordia.

No está siempre reprochando
ni guarda rencor para siempre;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.

R. El Señor es compasivo y clemente, paciente y lleno de misericordia.

Como se alza el cielo sobre la tierra,
así de grande es su amor con los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aparta de nosotros nuestros delitos.

R. El Señor es compasivo y clemente, paciente y lleno de misericordia.

— Segunda Lectura —
Romanos 14, 7-9

Hermanos:

Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. Así que, en la vida y en la muerte, somos del Señor.

Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Palabra de Dios.

— Evangelio —
Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contestó:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. Al empezar a ajustarlas, le trajeron uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagara. El servidor, echándose a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El señor se compadeció de aquel servidor, lo dejó ir y le perdonó la deuda.

Pero, al salir, aquel servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios; y, agarrándolo, lo ahogaba, diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, echándose a sus pies, le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros quedaron muy apenados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y, encolerizado, el señor lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La liturgia de hoy nos regala una de las enseñanzas más liberadoras y más difíciles del Evangelio: el perdón. El sabio Ben Sirá lo dice ya en la primera lectura con una lógica implacable: "¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedirle al Señor su curación?". Es decir: no podemos pedir a Dios que nos perdone mientras nosotros negamos el perdón a los demás. El rencor es una cárcel que construimos con nuestras propias manos, y el que más sufre encerrado en ella somos nosotros. Por eso el sabio aconseja: "acuérdate de tu fin, y deja de odiar". Ante la brevedad de la vida, ¿vale la pena gastarla guardando rencores?

El Evangelio lo ilustra con una parábola inolvidable. Un servidor debe a su rey una cantidad astronómica —diez mil talentos, una deuda impagable— y el rey, movido a compasión, se la perdona entera. Pero ese mismo hombre, apenas perdonado, agarra a un compañero que le debe una miseria —cien denarios— y lo ahoga sin piedad, exigiéndole hasta el último centavo. La escena nos indigna… y ahí está la trampa, porque muchas veces nosotros somos ese hombre. La deuda que Dios nos ha perdonado a cada uno es inmensa; lo que nos deben los demás es, en comparación, cien denarios.

Cuando Pedro pregunta cuántas veces hay que perdonar y propone "hasta siete veces" —que ya le parece mucho—, Jesús responde "hasta setenta veces siete": es decir, siempre, sin llevar la cuenta. No porque el mal no importe, sino porque así nos ha tratado Dios a nosotros. La segunda lectura nos recuerda por qué podemos vivir así: "ni vivimos ni morimos para nosotros mismos; somos del Señor". Nuestra vida no nos pertenece; pertenece a Aquel que nos perdonó primero, y perdonar es la forma más clara de parecernos a Él.

La parábola termina con una advertencia seria: "Lo mismo hará mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano". Dios no nos pide un perdón de labios, sino "de corazón": el que deja de rumiar la ofensa, el que renuncia a la venganza, el que desea el bien del que le hizo daño. No siempre es fácil, y a veces lleva tiempo y hasta lágrimas; el perdón no significa negar la herida ni fingir que no pasó nada, sino soltar la deuda para quedar libre. Hoy, trae al Señor esa persona que te cuesta perdonar. Recuerda todo lo que Él te ha perdonado a ti, y pídele la gracia de dar tú también ese paso. Perdonar es el mayor regalo que puedes hacerte.

— Oración —

Padre misericordioso,
tú me has perdonado una deuda impagable
sin echarme en cara nada.
No permitas que yo sea como el siervo malvado,
duro con quien me debe tan poco
después de que tú me perdonaste tanto.
Libérame de la cárcel del rencor,
que a nadie hace tanto daño como a mí mismo.
Dame un corazón capaz de perdonar
no siete veces, sino siempre,
y de corazón, no solo de labios.
Trae a mi memoria a quien me cuesta perdonar,
y ayúdame a soltar esa deuda
como tú soltaste la mía.

Amén.

Mañana, otra

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