Evangelio del día
Evangelio del Viernes 11 de septiembre
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
1 Corintios 9, 16-19. 22b-27
Hermanos:
El hecho de predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria: es una necesidad que me obliga. ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría derecho a una paga; pero, si lo hago por necesidad, es que se me ha confiado un encargo. Entonces, ¿cuál es mi paga? Anunciar el Evangelio gratuitamente, sin usar el derecho que me da la predicación.
Siendo libre respecto de todos, me he hecho esclavo de todos, para ganar a los más posibles. Me he hecho todo para todos, para salvar como sea a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
¿No saben que, en el estadio, todos los corredores corren, pero uno solo se lleva el premio? Corran, pues, de modo que lo alcancen. Todo atleta se impone toda clase de renuncias; y ellos lo hacen para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Yo, por eso, corro, pero no sin rumbo; lucho, pero no como quien da golpes al aire; sino que castigo mi cuerpo y lo someto, no sea que, después de haber predicado a los demás, quede yo descalificado.
Palabra de Dios.
— Salmo 83 —
R. ¡Qué amables tus moradas, Señor del universo!
Mi alma se consume anhelando
los atrios del Señor;
mi corazón y mi carne
gritan de alegría por el Dios vivo.
R. ¡Qué amables tus moradas, Señor del universo!
Hasta el gorrión encuentra casa,
y la golondrina un nido para sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío.
R. ¡Qué amables tus moradas, Señor del universo!
Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote sin cesar.
Dichoso el hombre cuya fuerza eres tú,
que dispone en su corazón el camino hacia ti.
R. ¡Qué amables tus moradas, Señor del universo!
Porque el Señor ama la misericordia y la verdad;
él da la gracia y la gloria;
el Señor no niega sus bienes
a los que caminan en la inocencia.
R. ¡Qué amables tus moradas, Señor del universo!
— Evangelio —
Lucas 6, 39-42
En aquel tiempo, Jesús les dijo una comparación:
«¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? El discípulo no está por encima del maestro; pero, cuando termine su formación, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la brizna del ojo”, sin ver la viga que hay en el tuyo? Hipócrita: quítate primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la brizna del ojo de tu hermano».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
San Pablo nos contagia hoy su pasión: "¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!". Para él, compartir la fe no es un pasatiempo ni un mérito del que presumir, sino una necesidad interior, casi un fuego que no puede callar. Y lo hace gratis, "sin usar el derecho" a cobrar, y haciéndose "todo para todos, para salvar como sea a algunos". Ahí hay una lección para nosotros: el Evangelio se anuncia mejor desde el amor gratuito y desde la cercanía, haciéndose uno pequeño con los pequeños, que desde la imposición. ¿Tengo yo algo de ese fuego, esas ganas de que otros conozcan lo que a mí me hace bien?
Pablo compara la vida cristiana con una carrera y con el entrenamiento de un atleta: "corran de modo que alcancen el premio… castigo mi cuerpo y lo someto". La fe pide disciplina, constancia, renuncia; no se vive de impulsos ni de buenos deseos que nunca se concretan. Pero fíjate en la meta: los atletas se esfuerzan "por una corona que se marchita"; nosotros corremos por una "que no se marchita". Vale la pena todo esfuerzo cuando el premio es Dios mismo. Hoy es buen día para preguntarse en qué necesito más disciplina y constancia en mi camino de fe.
El Evangelio nos pone delante un espejo incómodo. Primero: "un ciego no puede guiar a otro ciego". No podemos dar lo que no tenemos ni enseñar el camino que no recorremos; por eso hay que dejarse iluminar antes por Cristo, el único Maestro. Y luego la imagen inolvidable de la brizna y la viga: qué fácil es ver el pequeño defecto del otro y no darse cuenta del defecto enorme que uno lleva. Jesús no prohíbe ayudar al hermano a "sacar la brizna"; lo que pide es empezar por uno mismo: "saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad" para ayudar de verdad.
Todo esto se resume en una palabra: coherencia. Anunciamos el Evangelio sobre todo con la vida, no con discursos; corregimos con provecho solo cuando antes nos hemos dejado corregir; guiamos bien solo cuando nosotros nos dejamos guiar por Cristo. Hoy, en lugar de fijarte en la brizna ajena, pídele al Señor luz para ver tu propia viga y valor para quitarla. Y pídele también algo de aquel fuego de Pablo: que tu manera de vivir, sencilla y coherente, sea ya un anuncio del Evangelio para los que te rodean.
— Oración —
Señor,
enciende en mí el fuego de Pablo:
que no pueda callar lo bueno que tú eres,
y lo anuncie con la vida más que con palabras.
Dame disciplina y constancia para correr sin desviarme,
con los ojos puestos en el premio que no se marchita: tú.
Líbrame de ver la brizna en el ojo de mi hermano
mientras no reparo en la viga que llevo en el mío.
Sácame primero a mí la viga,
para que vea con claridad
y pueda ayudar a los demás sin hipocresía.
Que me deje guiar por ti, único Maestro,
y así sepa guiar a otros hacia ti.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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