Evangelio del día

Evangelio del Jueves 10 de septiembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13

Hermanos:

El conocimiento hincha, pero el amor edifica. Si alguno se cree que sabe algo, todavía no sabe como debería saber. Pero, si alguno ama a Dios, ese es conocido por él.

En cuanto a comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es nada en el mundo y que no hay más Dios que uno solo. Pues, aunque se llamen dioses algunos en el cielo o en la tierra —y así hay muchos dioses y muchos señores—, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien procede todo y hacia quien vamos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y por quien existimos nosotros.

Pero no todos tienen ese conocimiento. Algunos, habituados hasta hace poco a los ídolos, comen esa carne como sacrificada a un ídolo, y su conciencia, que es débil, se mancha.

Y así, por tu conocimiento, se pierde el débil, el hermano por quien Cristo murió. Pecando de esta manera contra los hermanos e hiriendo su conciencia débil, pecan contra Cristo. Por eso, si un alimento hace caer a mi hermano, no comeré carne jamás, para no hacer caer a mi hermano.

Palabra de Dios.

— Salmo 138 —

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

Señor, tú me examinas y me conoces;
sabes cuándo me siento y me levanto,
de lejos comprendes mis pensamientos;
distingues mi camino y mi reposo,
todas mis sendas te son familiares.

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

Tú has formado mis entrañas,
me tejiste en el vientre de mi madre.
Te doy gracias porque me hiciste admirable,
maravilla de tus obras.

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis desvelos;
mira si voy por camino equivocado,
y condúceme por el camino eterno.

R. Condúceme, Señor, por el camino eterno.

— Evangelio —
Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«A ustedes, los que me escuchan, les digo: amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian. Al que te pegue en una mejilla, ofrécele también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que ellos los traten.

Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacen el bien a los que se lo hacen, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan esperando cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores para recibir lo mismo.

Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; su recompensa será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los malos. Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso.

No juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán en el regazo una medida buena, apretada, remecida, rebosante. Porque con la medida con que midan, se les medirá a ustedes».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo pone hoy el amor por encima incluso del saber: "El conocimiento hincha, pero el amor edifica". Tener razón, saber más, conocer bien la fe… no sirve de nada si no va acompañado del amor. Es más: Pablo advierte que un cristiano "fuerte", seguro de sus conocimientos, puede hacer daño a un hermano más "débil" si usa su libertad sin cuidado. Y concluye con una frase enorme: "no comeré carne jamás, para no hacer caer a mi hermano". Está dispuesto a renunciar a un derecho suyo con tal de no dañar a otro. El amor verdadero no pregunta "¿tengo derecho?", sino "¿le hace bien a mi hermano?".

El Evangelio lleva ese amor hasta el extremo: "Amen a sus enemigos, traten bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen". Es, quizá, la página más difícil y más revolucionaria del Evangelio. Jesús no nos pide un sentimiento imposible, sino una decisión: hacer el bien, bendecir, orar, incluso por quien nos hace daño. Porque amar solo a los que nos aman no tiene ningún mérito: "también los pecadores lo hacen". Lo propio del hijo de Dios es amar gratis, sin esperar devolución, como ama el Padre, "que es bueno con los ingratos y los malos".

Y Jesús nos da la clave y la medida: "Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso". No dice "sean impecables", sino misericordiosos: capaces de perdonar, de dar, de no juzgar. Y añade una promesa que es también una advertencia: "con la medida con que midan, se les medirá". Si somos duros, cosecharemos dureza; si somos generosos y compasivos, Dios volcará en nuestro regazo una medida "apretada, remecida, rebosante". Dios nunca se deja ganar en generosidad.

Estas palabras son incómodas porque nos tocan donde más duele: la persona que me cae mal, el que me hizo daño, el que me debe algo. Hoy, Jesús te pide un gesto concreto de amor que rompa la lógica del "ojo por ojo": saludar al que evitas, bendecir en tu corazón al que te ofendió en vez de rumiar el rencor, dejar de reclamar una deuda que te envenena, orar por alguien que te cae mal. No esperes a sentirlo; empieza por hacerlo, y el sentimiento vendrá detrás. Y recuerda: cada vez que amas gratis, te pareces un poco más a tu Padre del cielo.

— Oración —

Señor,
tú eres bueno hasta con los ingratos y los malos:
enséñame a amar como tú amas.
Dame la fuerza de bendecir a los que me maldicen,
de hacer el bien a quien me hace daño,
de perdonar sin llevar la cuenta.
Que no ame solo a los que me aman,
ni preste solo esperando recibir,
sino que dé y perdone gratis, como tú.
Hazme misericordioso como tu Padre es misericordioso,
para que, con la medida generosa con que yo mida,
vuelques en mi vida tu abundancia.

Amén.

Mañana, otra

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