Evangelio del día

Evangelio del Miércoles 2 de septiembre

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Corintios 3, 1-9

Hermanos, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, les di a beber leche, pues todavía no estaban para más. Y tampoco lo están ahora, pues siguen siendo carnales. En efecto, mientras haya entre ustedes envidias y contiendas, ¿no es que siguen siendo carnales y se comportan al modo humano?

Pues, si uno dice «yo soy de Pablo» y otro «yo de Apolo», ¿no se comportan al modo humano?

En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores por medio de los cuales han llegado ustedes a la fe, y cada uno según lo que el Señor le dio. Yo planté, Apolo regó; pero fue Dios quien hizo crecer. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que hace crecer.

El que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada uno recibirá su paga según su trabajo. Nosotros somos colaboradores de Dios, y ustedes son campo de Dios, edificio de Dios.

Palabra de Dios.

— Salmo 32 —

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones.

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos.

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

— Evangelio —
Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón.

La suegra de Simón estaba con fiebre alta, y le rogaron por ella. Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; y ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.

Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban; y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los iba curando.

De muchos salían también demonios, que gritaban diciendo:
«Tú eres el Hijo de Dios».

Pero él los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.

Cuando se hizo de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente lo buscaba, y llegando adonde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos.

Pero él les dijo:
«Tengo que anunciar el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo pone hoy el dedo en una herida muy común en toda comunidad, también en la nuestra: las divisiones. En Corinto, unos decían "yo soy de Pablo" y otros "yo soy de Apolo", como quien se apunta a un bando o hace de un predicador su bandera. Y Pablo les llama la atención con cariño pero con firmeza: esas rivalidades son "de niños", propias de quien todavía no ha madurado en la fe. Porque, en el fondo, ¿qué son los predicadores, los sacerdotes, los que nos ayudan en el camino? Solo servidores. Nadie es el dueño; el dueño es Dios.

Y ahí viene la imagen que lo cambia todo: "Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer". Qué liberador y qué humilde. Nosotros ponemos lo nuestro —una palabra, un ejemplo, un servicio, una oración por otro—, pero el crecimiento no depende de nosotros: lo da Dios. Esto nos libera de dos cosas: del orgullo de creernos imprescindibles, y de la angustia de pensar que todo depende de nuestro esfuerzo. Somos "colaboradores de Dios", nada más y nada menos: ponemos la semilla y confiamos en que Él hará crecer, a su ritmo y a su modo. No tenemos que ver el fruto; basta con sembrar con amor.

El Evangelio nos muestra a Jesús trabajando en ese "campo de Dios". Cura a la suegra de Pedro, y ella, apenas sanada, "se pone a servir": recibir la gracia de Dios lleva siempre a servir a los demás; el que es sanado por dentro se vuelve capaz de dar. Luego Jesús pasa la tarde entera curando a cuantos le traían. Y aquí hay un detalle precioso: de madrugada se retira "a un lugar solitario" a orar. En medio del éxito y de la gente que lo busca, Jesús necesita el silencio y la oración; de ahí saca la fuerza para su misión. Actividad y contemplación, servicio y oración, van siempre unidos.

Y cuando la gente quiere retenerlo, Jesús responde: "Tengo que anunciar el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado". No se deja atrapar por el éxito ni se acomoda donde le va bien; sigue adelante, porque su misión es para todos. Hoy celebramos al beato Guala de Bérgamo, uno de los primeros dominicos, recibido por santo Domingo, que dejó su tierra para fundar comunidades y anunciar el Evangelio en nuevas ciudades. Como él, y como Jesús, no te aferres a lo cómodo ni busques ser imprescindible: siembra con generosidad allí donde estés, sirve al que Dios te ponga delante, y deja que sea Él quien haga crecer. Somos colaboradores suyos; el fruto es cosa de Dios.

— Oración —

Señor,
líbrame de las divisiones y las rivalidades
que hacen daño a tu Iglesia y a mi comunidad.
Recuérdame que solo soy un servidor,
que puedo plantar y regar,
pero que eres tú quien hace crecer.
Cúrame como a la suegra de Pedro,
para levantarme enseguida y ponerme a servir.
Enséñame a unir, como Jesús, la oración y la entrega:
buscar el silencio para sacar fuerza,
y salir después a anunciarte a todos.
Como el beato Guala, hazme colaborador tuyo,
sembrando con generosidad y confiando en ti.

Amén.

Mañana, otra

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