Evangelio del día

Evangelio del Lunes 31 de agosto

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Corintios 2, 1-5

Yo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

También yo me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo; y mi palabra y mi predicación no fueron con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

— Salmo 118 —

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

¡Cuánto amo tu voluntad!
Todo el día la estoy meditando.

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos,
pues siempre me acompaña.

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra.

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.

R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

— Evangelio —
Lucas 4, 16-30

En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura.

Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».

Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al ayudante, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».

Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».

Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

San Pablo hace hoy una confesión que sorprende: cuando llegó a Corinto a predicar, lo hizo "débil y temblando de miedo", sin grandes discursos ni sabiduría brillante. Podría parecer una debilidad, pero es todo lo contrario: Pablo sabía que la fuerza no está en su elocuencia, sino en el Espíritu. "Para que la fe de ustedes no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios". Qué liberador es esto: no tenemos que ser brillantes ni tenerlo todo resuelto para hablar de Dios o para vivir la fe; basta con dejar que Él actúe a través de nuestra pobreza. Dios prefiere obrar por medio de instrumentos frágiles, para que quede claro que la obra es suya.

El Evangelio nos lleva a Nazaret, el pueblo donde Jesús se crió. Allí lee en la sinagoga el texto de Isaías y lo aplica a sí mismo: "El Espíritu del Señor está sobre mí... me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos". Es como el programa de toda su misión, y también de la nuestra: llevar buenas noticias a los que sufren, libertad a los atados, luz a los que no ven. "Hoy se ha cumplido esta Escritura". Ese "hoy" sigue vigente: Cristo quiere cumplir hoy, en tu vida y a través de ti, esa misión de consuelo y liberación.

Pero pasa algo triste: los de Nazaret, que lo conocen de siempre, se escandalizan. "¿No es este el hijo de José?". Lo tienen demasiado visto para reconocer en Él algo grande. Es la paradoja de lo cercano: a veces nos cuesta más ver a Dios en lo cotidiano, en las personas de casa, en lo de siempre, que en lo lejano y espectacular. Y cuando Jesús les recuerda que Dios se abrió a una viuda pagana y a un leproso extranjero, se enfurecen: no soportan que la salvación de Dios sea para todos y no un privilegio exclusivo suyo. Su orgullo religioso los ciega hasta querer despeñarlo.

Este Evangelio nos hace dos preguntas. Primera: ¿reconozco a Dios en lo cercano, en lo cotidiano, o lo tengo tan "visto" que ya no espero nada de Él? Segunda: ¿me alegro de que Dios se abra a todos, incluso a los que me parecen "de fuera", o quiero guardarlo solo para los míos? El corazón de Dios no tiene fronteras. Hoy, deja que el Espíritu del Señor esté también sobre ti: pídele que te use, con tu debilidad y todo, para llevar una buena noticia a alguien que sufre, y ensancha tu corazón hasta la medida del suyo, que quiere salvar a todos.

— Oración —

Señor Jesús,
tú proclamaste que el Espíritu del Señor estaba sobre ti
para llevar buenas noticias a los pobres.
Que ese mismo Espíritu descienda hoy sobre mí,
con toda mi debilidad, y me haga instrumento tuyo.
Cúrame de tenerte tan visto en lo cotidiano
que ya no espere nada nuevo de ti.
Ensancha mi corazón a la medida del tuyo,
que no conoce fronteras y quiere salvar a todos.
Que mi fe no se apoye en la sabiduría humana,
sino en tu poder, que obra en los humildes.
Hazme portador de tu libertad y tu consuelo.

Amén.

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