Evangelio del día
Evangelio del Sábado 29 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
1 Corintios 1, 26-31
Fíjense en su asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más: ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que ustedes estén en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».
Palabra de Dios.
— Salmo 32 —
R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.
R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos.
R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
— Evangelio —
Marcos 6, 17-29
En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado; pues Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano».
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la muchacha:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, y le pidió al rey:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. Enseguida mandó a uno de su guardia que trajera la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la muchacha; la muchacha se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy la Iglesia conmemora el martirio de san Juan Bautista, el último de los profetas y el precursor del Señor. Y la primera lectura ilumina toda su figura: "Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso". Frente a frente están dos hombres: un rey con todo el poder, Herodes, y un profeta encadenado, sin nada. Y, sin embargo, el que de verdad es libre y grande es el prisionero; el poderoso es un pobre esclavo de sus caprichos. Dios sigue eligiendo a los pequeños, a los que el mundo desprecia, para avergonzar a los que se creen fuertes.
El Evangelio nos muestra a un Herodes desconcertante. No es del todo malo: "respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, lo oía con gusto y quedaba perplejo". Sentía la verdad, la atracción del bien, y hasta protegía a Juan. Pero le faltó lo esencial: valentía para dar el paso. Prisionero de su vanidad, de un juramento imprudente, del "qué dirán" ante sus invitados, cometió el mayor crimen "para no desairar" a una bailarina. Es el retrato del hombre débil que, por miedo al ridículo o por no romper una imagen, traiciona su propia conciencia. Cuántas veces sabemos lo que está bien, lo sentimos por dentro, y sin embargo no lo hacemos por cobardía, por respeto humano.
Juan es todo lo contrario. Le costó la cabeza decir una sola frase: "No te es lícito". No adornó la verdad, no la calló para agradar al poderoso, no negoció con su conciencia. Toda su vida fue coherencia: fue "la voz que grita en el desierto", el que señaló a Jesús diciendo "este es el Cordero de Dios", el que supo apartarse cuando llegó el Maestro: "conviene que él crezca y yo disminuya". Un hombre libre, que no vivió para sí, sino para preparar el camino de Otro. Por eso su muerte no fue un fracaso, sino la corona de una vida entregada a la verdad.
Juan Bautista nos hace una pregunta incómoda y sana: ¿de qué lado estoy yo, del de Herodes o del de Juan? ¿Vivo prisionero del qué dirán, callando la verdad para no quedar mal, o tengo la valentía de ser coherente aunque cueste? No todos seremos llamados al martirio de sangre, pero cada día se nos pide un pequeño martirio: decir la verdad con caridad, no traicionar la conciencia, mantener la palabra dada. Hoy, pídele a Dios la libertad interior de Juan: que ningún respeto humano te haga callar lo que tu conciencia sabe que es bueno, y que, como él, señales a Cristo con tu vida.
— Oración —
Señor,
dame la libertad y la valentía de Juan Bautista,
que dijo la verdad aunque le costara la vida.
Líbrame de la debilidad de Herodes,
esclavo del qué dirán y de su propia vanidad,
que traicionó su conciencia por no quedar mal.
Que ningún respeto humano me haga callar lo bueno,
ni negociar con la verdad para agradar a otros.
Enséñame a disminuir para que tú crezcas,
a vivir no para mí, sino para señalarte a los demás.
Tú, que escoges lo débil para avergonzar a lo fuerte,
hazme instrumento humilde y fiel en tus manos.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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