Evangelio del día

Evangelio del Viernes 21 de agosto

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Ezequiel 37, 1-14

En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí. El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos.

Me preguntó:
«Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?».

Yo respondí:
«Señor, Dios mío, tú lo sabes».

Él me dijo:
«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu en ustedes y vivirán; pondré tendones sobre ustedes, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, les infundiré espíritu y vivirán. Y sabrán que yo soy el Señor”».

Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu.

Entonces me dijo:
«Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: Ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».

Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu, revivieron y se pusieron en pie: era una multitud inmensa.

Y me dijo:
«Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel, que dice: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, estamos perdidos”. Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de ellos, pueblo mío, y los llevaré a la tierra de Israel. Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán, y yo, el Señor, lo digo y lo hago”».

Palabra de Dios.

— Salmo 106 —

R. Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países,
oriente y occidente, norte y sur.

R. Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida.

R. Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada.

R. Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

R. Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

— Evangelio —
Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar, y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

Él le dijo:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero.

El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La primera lectura nos regala una de las visiones más impresionantes de toda la Biblia: un valle enorme lleno de huesos secos, resecados por el sol, sin la menor señal de vida. Es la imagen de un pueblo derrotado, desterrado, que ha perdido la esperanza: "Se han secado nuestros huesos, estamos perdidos". Todos conocemos esa sensación: momentos en que por dentro nos sentimos así, secos, sin fuerzas, sin ilusión, como si la vida se hubiera apagado. Y Dios le hace a Ezequiel la pregunta clave: "¿Podrán revivir estos huesos?". La respuesta humana sería "imposible". La respuesta de la fe es: "Señor, tú lo sabes".

Y entonces sucede el milagro. Dios manda profetizar sobre los huesos, e infunde su Espíritu, su aliento de vida, y aquellos muertos se levantan, "una multitud inmensa". Este es el Dios en el que creemos: un Dios que resucita lo que parecía definitivamente muerto, que devuelve la vida donde ya no había esperanza. Nada está tan seco que su Espíritu no pueda revivirlo: ni una fe apagada, ni un matrimonio en crisis, ni un corazón herido, ni una vida que parece acabada. "Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán".

El Evangelio nos dice cuál es esa vida que el Espíritu hace brotar: la vida del amor. A la pregunta sobre el mandamiento principal, Jesús responde uniendo dos que van siempre juntos: "Amarás a Dios con todo tu corazón... y amarás a tu prójimo como a ti mismo". No son dos amores separados, sino uno solo con dos rostros: no se puede amar de verdad a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano, a quien sí vemos. Toda la ley, todos los mandamientos, se resumen y se sostienen en esto. Donde hay amor verdadero, allí Dios ha soplado su Espíritu y los huesos secos vuelven a la vida.

Hoy celebramos a san Pío X, aquel Papa sencillo y santo que quiso "renovar todas las cosas en Cristo". Fue él quien promovió la comunión frecuente y la comunión de los niños, porque sabía que es la Eucaristía la que nos da vida, la que pone el Espíritu de Dios en nuestros huesos secos. Hoy, si te sientes seco por dentro, no te resignes: pídele a Dios su Espíritu, acércate a los sacramentos, deja que Él te resucite. Y comprueba si tu amor a Dios se traduce de verdad en amor al prójimo, porque en esos dos mandamientos, unidos, está toda la vida.

— Oración —

Señor,
cuando me sienta seco por dentro,
como esos huesos del valle sin vida,
sopla sobre mí tu Espíritu y hazme revivir.
Tú resucitas lo que parecía muerto;
devuélveme la esperanza y las fuerzas.
Graba en mi corazón el gran mandamiento:
amarte a ti con todo mi ser
y amar a mi prójimo como a mí mismo,
sabiendo que son un solo amor.
Como san Pío X, renueva todas las cosas en mí,
y aliméntame con tu Eucaristía, que me da vida.

Amén.

Mañana, otra

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