Evangelio del día

Evangelio del Jueves 20 de agosto

6 minLeer es gratisAudio con Bendita Pro

En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Ezequiel 36, 23-28

Esto dice el Señor:

«Mostraré la santidad de mi gran nombre, profanado entre las naciones, que ustedes profanaron en medio de ellas. Y las naciones reconocerán que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando manifieste mi santidad en ustedes ante sus ojos.

Los recogeré de entre las naciones, los reuniré de todos los países y los llevaré a su tierra.

Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará; de todas sus inmundicias e idolatrías los purificaré. Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y haré que caminen según mis preceptos, y que guarden y cumplan mis mandatos.

Habitarán en la tierra que di a sus padres. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios».

Palabra de Dios.

— Salmo 50 —

R. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

R. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

R. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.

R. Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará.

— Evangelio —
Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados, encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestido de boda?”. El otro no abrió la boca.

Entonces el rey dijo a los servidores: “Átenlo de pies y manos y échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La primera lectura es una de las promesas más consoladoras de todo el Antiguo Testamento. Dios, a un pueblo endurecido por el pecado, le anuncia una transformación que él solo no puede lograr: "Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne". Es la gran noticia del Evangelio anticipada: Dios no se conforma con corregir nuestra conducta desde fuera; quiere cambiarnos por dentro, darnos un corazón capaz de amar. Y lo hace con agua pura, imagen del bautismo, que nos limpia y nos hace criaturas nuevas. Nosotros solo tenemos que dejarnos hacer.

El Evangelio nos presenta la parábola del banquete de bodas, con esa imagen tan hermosa: Dios es un Rey que prepara una fiesta y quiere la casa llena. El banquete es el cielo, la comunión con Él, y ya empieza aquí en cada Eucaristía. Lo sorprendente es que muchos invitados no quieren ir: unos por sus tierras, otros por sus negocios, cada cual con su excusa. Es el drama de siempre: Dios nos invita a lo más grande, la felicidad eterna, y nosotros la cambiamos por cosas pequeñas que nos parecen más urgentes. ¿Cuántas veces le decimos a Dios "ahora no, estoy ocupado"?

Ante el rechazo de los primeros, el Rey no cancela la fiesta: manda salir a los caminos y llamar "a todos, malos y buenos". Ahí estamos casi todos nosotros, invitados de última hora, recogidos en los cruces de los caminos por pura gracia. Nadie merecía estar en el banquete; todos entramos por invitación gratuita. Esto tendría que llenarnos de humildad y de gratitud: no soy digno, y sin embargo Dios me ha sentado a su mesa.

Pero hay un detalle que no debemos pasar por alto: el hombre sin traje de fiesta. No basta con entrar; hace falta el "vestido de boda", que es la vida nueva, el corazón de carne del que hablaba Ezequiel, la caridad que reviste al cristiano. Dios nos da gratis la invitación y también el vestido —su gracia—, pero espera que lo llevemos puesto, que respondamos a su amor con una vida coherente. Hoy celebramos a san Bernardo de Claraval, "doctor melifluo", enamorado de Cristo, que enseñó que solo el amor mide nuestra respuesta a Dios. Como él, deja que el Señor te dé hoy un corazón nuevo, acepta con alegría la invitación al banquete, y revístete del vestido de la caridad para no quedarte fuera de la fiesta.

— Oración —

Señor,
arranca de mí el corazón de piedra
y dame un corazón nuevo, de carne,
capaz de amarte y de amar a los demás.
Purifícame con tu agua nueva,
y hazme criatura renovada por tu Espíritu.
Gracias por invitarme a tu banquete
sin que yo lo mereciera, por pura gracia.
Que no cambie tu invitación por cosas pequeñas
ni te diga nunca "ahora no, estoy ocupado".
Revísteme con el traje de fiesta de la caridad,
y, como san Bernardo, enséñame a amarte sin medida.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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