Evangelio del día
Evangelio del Martes 18 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Ezequiel 28, 1-10
Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: “Esto dice el Señor Dios: Se ha engreído tu corazón y has dicho: ‘Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón del mar’. Pero eres un hombre, y no un dios, aunque te creas tan sabio como Dios.
¿Acaso eres más sabio que Daniel? ¿No hay secreto que se te resista? Con tu sabiduría y tu inteligencia has amasado una fortuna, has acumulado oro y plata en tus tesoros. Con tu gran talento comercial has aumentado tu riqueza, y tu corazón se ha engreído con tu fortuna.
Por eso, así dice el Señor Dios: Porque te has creído tan sabio como Dios, por eso voy a traer contra ti a los más feroces de entre los pueblos, que desenvainarán la espada contra tu bella sabiduría y profanarán tu esplendor. Te precipitarán en la fosa, y morirás de muerte violenta en el corazón del mar.
¿Seguirás diciendo ‘soy un dios’ ante tus verdugos? Serás un hombre, y no un dios, en manos de los que te maten. Morirás como mueren los incircuncisos, a manos de extranjeros. Porque yo he hablado” —oráculo del Señor Dios—».
Palabra de Dios.
— Salmo —
Deuteronomio 32
R. Yo doy la muerte y la vida.
«Los aniquilaría, dije,
borraría su recuerdo de entre los hombres»,
de no temer la arrogancia del enemigo.
R. Yo doy la muerte y la vida.
No sea que digan sus adversarios:
«Ha vencido nuestra mano,
no ha sido el Señor quien hizo todo esto».
Es una gente que ha perdido el juicio,
incapaz de entender.
R. Yo doy la muerte y la vida.
Miren ahora que yo, solo yo, soy Dios,
y no hay otro dios junto a mí.
Yo doy la muerte y la vida,
yo hiero y yo curo.
R. Yo doy la muerte y la vida.
— Evangelio —
Mateo 19, 23-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad les digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible».
Entonces Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ya lo ves: nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará?».
Jesús les dijo:
«En verdad les digo: cuando llegue la renovación del mundo, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también ustedes, los que me han seguido, se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y todo el que por mí deje casas, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura pone el dedo en la raíz de casi todos los males del corazón humano: el orgullo. Al príncipe de Tiro le va tan bien —tiene fortuna, poder, inteligencia para los negocios— que acaba diciendo lo más peligroso que un hombre puede decir: "Soy un dios". Y el profeta le baja los humos con una frase sencilla y demoledora: "Pero eres un hombre, y no un dios". Es la tentación de siempre: olvidar que todo lo bueno que tenemos es regalo, creernos autosuficientes, ponernos en el lugar de Dios. Y cuando el hombre se cree dios, empieza a tratar a los demás como cosas y a construir su vida sobre arena.
El Evangelio ilumina la misma raíz desde otro ángulo: la riqueza. "Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos; más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja". No es que el dinero sea malo en sí; es un don que puede hacer mucho bien. El problema es cuando la riqueza nos posee, cuando nos da esa falsa sensación de no necesitar a nadie, ni siquiera a Dios. El rico corre el riesgo de bastarse a sí mismo, y quien se basta a sí mismo cierra la puerta a la gracia, porque la salvación es siempre un regalo que hay que recibir con las manos abiertas.
Los discípulos se asustan —"entonces, ¿quién puede salvarse?"— y Jesús responde con la frase que sostiene toda nuestra esperanza: "Para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible". Aquí está el corazón del Evangelio. Nadie se salva por sus propias fuerzas, ni el rico ni el pobre; todos nos salvamos por la gracia de Dios, que hace posible lo imposible. Esto nos libera de dos cargas: de la soberbia del que se cree que se salva solo, y del desánimo del que se cree que no tiene salvación. Con Dios, siempre hay esperanza.
Y a Pedro, que pregunta qué ganan los que lo han dejado todo, Jesús le hace una promesa desbordante: "recibirá cien veces más y heredará la vida eterna". Dios nunca se deja ganar en generosidad; lo que soltamos por Él nos lo devuelve multiplicado. Hoy celebramos al beato Manés de Guzmán, hermano de santo Domingo, hombre humilde y contemplativo que también dejó su vida cómoda para seguir a Cristo en la Orden de Predicadores. Sin ruido, sin buscar los primeros puestos —"muchos primeros serán últimos"—, vivió pegado a Dios. Hoy, revisa dónde está tu seguridad: ¿en lo que tienes o en Aquel que todo lo puede? Abre las manos, suelta un poco de tu "riqueza" —tiempo, dinero, control— y déjate salvar por la gracia, que hace posible lo imposible.
— Oración —
Señor,
líbrame del orgullo del que se cree un dios
y de la falsa seguridad de bastarme a mí mismo.
Recuérdame que todo lo bueno que tengo es don tuyo,
y que solo tú, por pura gracia, puedes salvarme.
Cuando me sienta pequeño ante lo imposible,
que resuene en mí tu palabra:
"para Dios todo es posible".
Dame la libertad de soltar lo que me ata,
confiando en que nunca te dejas ganar en generosidad.
Como el beato Manés, hazme humilde y contemplativo,
contento de ser el último, si te tengo a ti.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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