Evangelio del día
Evangelio del Lunes 17 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Ezequiel 24, 15-24
Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, mira: voy a arrebatarte de golpe el encanto de tus ojos. Pero tú no te lamentes, no llores ni derrames lágrimas. Suspira en silencio, no hagas duelo por el muerto. Cíñete el turbante, cálzate las sandalias, no te cubras la barba ni comas el pan de duelo».
Yo hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. A la mañana siguiente hice lo que se me había mandado.
Entonces la gente me preguntó:
«¿No nos vas a explicar qué significa para nosotros lo que estás haciendo?».
Yo les respondí:
«El Señor me ha dirigido esta palabra: “Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: Voy a profanar mi santuario, orgullo de su fuerza, encanto de sus ojos, anhelo de su alma. Los hijos y las hijas que dejaron caerán a espada.
Entonces harán lo que yo he hecho: no se cubrirán la barba ni comerán el pan de duelo; llevarán el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no se lamentarán ni llorarán, sino que se consumirán por sus culpas y gemirán unos con otros. Ezequiel será para ustedes una señal: harán lo mismo que él ha hecho. Y, cuando esto suceda, sabrán que yo soy el Señor Dios”».
Palabra de Dios.
— Salmo —
Deuteronomio 32
R. Despreciaste al Dios que te engendró.
Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas.
R. Despreciaste al Dios que te engendró.
Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales».
R. Despreciaste al Dios que te engendró.
«Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación fatua los irritaré».
R. Despreciaste al Dios que te engendró.
— Evangelio —
Mateo 19, 16-22
En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
Jesús le contestó:
«¿Por qué me preguntas por lo bueno? Uno solo es bueno. Pero, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
Él le preguntó:
«¿Cuáles?».
Jesús le contestó:
«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
El joven le dijo:
«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
Jesús le contestó:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
Al oír esto, el joven se marchó triste, porque tenía muchos bienes.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura es de una dureza estremecedora: a Ezequiel se le anuncia que morirá su esposa, "el encanto de sus ojos", y Dios le pide que no haga el duelo habitual. No es que a Dios no le importe el dolor humano —al contrario, este pasaje respira sufrimiento por todas partes—. El profeta se convierte en signo viviente para un pueblo que está a punto de perderlo todo, incluido el templo, su mayor seguridad. El mensaje es serio pero clarificador: ninguna seguridad humana, ni siquiera la más sagrada, puede ocupar el lugar de Dios. Cuando ponemos el corazón en algo que no es Él —el trabajo, el prestigio, incluso una religiosidad rutinaria—, tarde o temprano descubrimos que no era el cimiento definitivo.
El Evangelio nos presenta a un joven simpático, bueno, cumplidor, que hace la pregunta más importante de la vida: "¿Qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?". No busca dinero ni placer; busca sentido, busca plenitud. Y Jesús, "mirándolo, lo amó", como dice el mismo pasaje en Marcos. Primero le recuerda los mandamientos, que el joven ya cumple. Pero hay algo más: "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y ven y sígueme". Jesús no le pide solo cumplir normas, le pide el corazón entero.
Y ahí está el drama: "el joven se marchó triste, porque tenía muchos bienes". No es que las riquezas sean malas; es que él estaba atado a ellas, poseído por lo que poseía. Le faltaba libertad para dar el paso. Es una escena que nos interpela a todos, porque todos tenemos nuestros "muchos bienes": no solo dinero, también seguridades, planes, apegos, esa cosa que no queremos soltar. Jesús nos mira con amor y nos pregunta qué nos falta, qué nos tiene atados. Y muchas veces, como el joven, preferimos irnos tristes antes que soltarlo. Qué paradoja: se marcha triste el que tenía todo, porque tener no es lo mismo que ser libre.
Hoy celebramos a san Jacinto de Polonia, un dominico que sí supo dar ese paso. Era hijo de familia noble, con estudios y porvenir asegurado, pero al conocer a santo Domingo lo dejó todo para llevar el Evangelio hasta los confines del norte de Europa. No se marchó triste: se marchó libre y feliz, y ganó "el tesoro en el cielo". Hoy, deja que Jesús te mire con amor y pregúntate con sinceridad: ¿qué es eso que no me atrevo a soltar para seguirte más de cerca? No tengas miedo de darlo: lo que se entrega a Dios nunca se pierde, se transforma en tesoro que no se acaba.
— Oración —
Señor,
tú me miras con amor, como al joven del Evangelio,
y me preguntas qué es lo que aún me falta.
Líbrame de poner mi seguridad en lo que se acaba:
el tener, el prestigio, mis propios planes.
Dame la libertad de soltar aquello que me tiene atado,
para poder seguirte de verdad, con el corazón entero.
Que no me vaya triste como el joven rico,
sino ligero y feliz, como san Jacinto,
que lo dejó todo para anunciarte.
Tú eres mi tesoro en el cielo;
no permitas que ningún otro tesoro me robe la libertad.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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