Evangelio del día

Evangelio del Viernes 14 de agosto

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63

Me fue dirigida esta palabra del Señor:

«Hijo de hombre, hazle conocer a Jerusalén sus acciones detestables. Dirás: “Esto dice el Señor Dios a Jerusalén: Por tu origen y tu nacimiento eres de tierra cananea; tu padre era amorreo y tu madre hitita.

El día en que naciste nadie cortó tu cordón, no te lavaron con agua, no te frotaron con sal ni te envolvieron en pañales. Nadie se apiadó de ti; te arrojaron al descampado el día en que naciste.

Yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu sangre, y te dije: ¡Vive! Te hice crecer como la hierba del campo; creciste, te hiciste mayor y llegaste a la flor de la juventud.

Volví a pasar junto a ti, te vi y era tu tiempo, el tiempo del amor. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento e hice alianza contigo —oráculo del Señor Dios—, y fuiste mía.

Te lavé con agua, limpié tu sangre y te ungí con aceite. Te vestí de bordados, te calcé finas sandalias, te ceñí de lino y te cubrí de seda. Te adorné con joyas, te puse pulseras en los brazos y un collar en el cuello. Estabas adornada de oro y plata, vestida de lino, seda y bordado; llegaste a ser muy hermosa y alcanzaste la dignidad de una reina.

Corrió tu fama entre las naciones por tu belleza, que era perfecta, gracias al esplendor que yo te había prestado —oráculo del Señor Dios—. Pero tú, confiada en tu belleza, aprovechándote de tu fama, te dejaste seducir.

Con todo, yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud y estableceré contigo una alianza eterna. Cuando yo te perdone todo lo que hiciste, te acordarás y te avergonzarás —oráculo del Señor Dios—”».

Palabra de Dios.

— Salmo —
Isaías 12

R. Tú eres, Señor, mi Dios y Salvador.

«Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación».
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.

R. Tú eres, Señor, mi Dios y Salvador.

«Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso».

R. Tú eres, Señor, mi Dios y Salvador.

Toquen para el Señor, que hizo proezas,
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sión,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.

R. Tú eres, Señor, mi Dios y Salvador.

— Evangelio —
Mateo 19, 3-12

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba:
«¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».

Él les respondió:
«¿No han leído que el Creador, en el principio, los creó varón y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Ellos insistieron:
«¿Y por qué mandó Moisés dar acta de divorcio y repudiarla?».

Él les contestó:
«Por la dureza de su corazón les permitió Moisés repudiar a sus mujeres; pero al principio no era así. Y yo les digo que quien repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio».

Los discípulos le replicaron:
«Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».

Pero él les dijo:
«No todos entienden esto, sino solo aquellos a quienes se les ha concedido. Hay quienes no se casan porque nacieron así del vientre de su madre; hay quienes no se casan porque los hombres los hicieron así; y hay quienes se hacen a sí mismos incapaces de casarse por el reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La primera lectura es una de las páginas más conmovedoras de toda la Biblia. Dios describe a su pueblo con la imagen de una niña abandonada al nacer, tirada en el campo, sin que nadie se apiade de ella. Y entonces pasa Dios, la ve revolviéndose en su sangre y le dice una sola palabra que lo cambia todo: "¡Vive!". La recoge, la cuida, la hace crecer, la cubre, la viste, la corona como una reina. Es un retrato del amor de Dios por cada uno de nosotros: no nos amó porque fuéramos hermosos o merecedores, sino que su amor gratuito es el que nos hace bellos. Todo lo bueno que hay en nosotros es esplendor prestado por Él.

La lectura no esconde después la infidelidad del pueblo, que se olvida de quién lo levantó y se deja seducir por otros amores. Es la historia de todo pecado: olvidar de dónde venimos, creer que lo bueno es mérito nuestro, dar la espalda a quien nos dio la vida. Pero fíjate cómo termina Dios: "Yo me acordaré de la alianza que hice contigo y estableceré contigo una alianza eterna. Cuando yo te perdone todo lo que hiciste...". Antes incluso de que el pueblo se arrepienta, Dios ya está pensando en perdonar. Su fidelidad es más fuerte que nuestra infidelidad.

El Evangelio habla precisamente de fidelidad, la del matrimonio. A los fariseos que buscaban excusas para separarse, Jesús los remite al principio, al sueño original de Dios: "los creó varón y mujer... y serán una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". El amor entre un hombre y una mujer no es un simple contrato que se rompe cuando cansa, sino un vínculo sagrado, sellado por Dios, llamado a durar. Jesús es exigente porque cree en el amor, porque sabe de qué es capaz la gracia. Y esto no es una condena para quien ha sufrido una ruptura —Dios acompaña con ternura toda herida—, sino una llamada a confiar en que la fidelidad es posible con su ayuda. Al final, Jesús recuerda que tanto el matrimonio como el celibato "por el reino de los cielos" son dones que se reciben y se viven apoyados en Él.

Hoy celebramos a san Maximiliano María Kolbe, sacerdote franciscano que en el campo de concentración de Auschwitz dio un paso al frente para morir en lugar de otro prisionero, un padre de familia. Recordó al mundo, en el lugar más oscuro, que "no hay amor más grande que dar la vida por los amigos". Su vida entera fue fidelidad: a Dios, a María y al amor hasta el extremo. Hoy, agradece a Dios que un día te dijo "¡Vive!" cuando nada tenías; y pídele fidelidad en tu vocación, sea cual sea, para amar como amó Kolbe: hasta el final y sin condiciones.

— Oración —

Señor,
tú pasaste junto a mí cuando nada era yo
y me dijiste: "¡Vive!".
Todo lo bueno que hay en mí es don tuyo,
esplendor que tú me prestaste.
Perdona mis infidelidades y mis olvidos,
tú que estableces conmigo una alianza eterna
y piensas en perdonarme antes de que me arrepienta.
Enséñame a ser fiel: en mi vocación, en mis promesas,
en el amor de cada día.
Y, como san Maximiliano Kolbe,
dame un corazón capaz de dar la vida por los demás.

Amén.

Mañana, otra

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