Evangelio del día

Evangelio del Miércoles 12 de agosto

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22

Oí al Señor que clamaba con voz potente:
«Ha llegado el juicio de la ciudad. Que cada uno empuñe su instrumento de castigo».

Aparecieron entonces seis hombres viniendo por el camino de la puerta de arriba, la que mira al norte; cada uno empuñaba su maza. En medio de ellos había un hombre vestido de lino, con los útiles de escribano a la cintura. Llegaron y se detuvieron junto al altar de bronce.

La gloria del Dios de Israel se levantó del querubín sobre el que reposaba y se dirigió al umbral del templo. Y llamó al hombre vestido de lino que llevaba a la cintura los útiles de escribano.

El Señor le dijo:
«Recorre la ciudad, recorre Jerusalén, y traza una señal en la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las cosas detestables que en ella se cometen».

A los otros les dijo, mientras yo escuchaba:
«Recorran la ciudad detrás de él y castiguen. No tengan una mirada de piedad; pero no se acerquen a ninguno de los que llevan la señal en la frente. Comiencen por mi santuario».

La gloria del Señor se elevó del umbral del templo y se detuvo sobre los querubines. Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron del suelo ante mis ojos; y con ellos partieron también las ruedas. Se detuvieron a la entrada de la puerta oriental del templo del Señor, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima de ellos.

Eran los mismos seres vivientes que yo había visto bajo el Dios de Israel junto al río Quebar, y comprendí que eran querubines.

Palabra de Dios.

— Salmo 112 —

R. La gloria del Señor se eleva sobre los cielos.

Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre.

R. La gloria del Señor se eleva sobre los cielos.

De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.

R. La gloria del Señor se eleva sobre los cielos.

¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

R. La gloria del Señor se eleva sobre los cielos.

— Evangelio —
Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.

Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

La primera lectura es de las que sobresaltan al lector cristiano: el Señor manda castigar a la ciudad culpable. Para leerla sin escándalo hay que situarla en su momento. Ezequiel vive el drama del destierro de Babilonia, y con las imágenes fuertes de su tiempo intenta expresar una verdad seria: el mal no es indiferente a Dios, la injusticia tiene consecuencias, y el pecado, cuando se enseñorea de un pueblo, acaba destruyéndolo. No es que Dios goce castigando; es que el mal, dejado suelto, lleva dentro su propia ruina.

Pero fíjate en el detalle que ilumina todo el pasaje: antes de cualquier castigo, Dios manda marcar en la frente "a los hombres que gimen y se lamentan por las cosas detestables que se cometen". Es decir, Dios distingue, Dios protege, Dios conoce a los suyos. Hay un "resto" fiel, gente que no se ha acostumbrado al mal, que todavía sufre por él, y a esos Dios los sella y los guarda. Nunca el juicio de Dios cae a ciegas: su mirada primero busca y protege a quien conserva un corazón sensible al bien. La pregunta que nos deja es honesta: ¿me duele todavía el mal que veo en el mundo y en mí, o me he acostumbrado a él?

El Evangelio nos muestra el rostro pleno de ese Dios que no quiere perder a nadie: el Dios de Jesucristo, que en lugar de castigar al hermano que peca, busca recuperarlo. "Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano". La corrección de la que habla Jesús no es humillar ni ajustar cuentas: es un gesto de amor, hecho con delicadeza, en privado primero, buscando siempre ganar al hermano, no derrotarlo. Corregir con caridad es una de las obras de misericordia más olvidadas, y a la vez de las más necesarias.

Y Jesús termina con una promesa que lo cambia todo: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". El Dios que en Ezequiel parecía lejano y terrible se ha hecho cercanía: está en medio de nosotros cuando nos reunimos en su nombre, cuando oramos juntos, cuando nos ayudamos a ser mejores. Podemos orar a solas, pero no creemos solos: la fe se vive en comunidad, en familia, en Iglesia. Hoy, cuida a tu comunidad: si tienes que corregir a alguien, hazlo con amor y a solas; y no dejes de reunirte con otros en el nombre de Jesús, porque ahí, Él te lo promete, está Él en medio.

— Oración —

Señor,
que no me acostumbre al mal
ni deje de dolerme la injusticia del mundo y la mía.
Marca mi corazón con tu señal,
para gemir por el pecado y no rendirme ante él.
Enséñame a corregir a mi hermano como tú:
con delicadeza, a solas, buscando ganarlo, no vencerlo.
Y gracias por tu promesa que todo lo cambia:
que donde dos o tres se reúnen en tu nombre,
allí estás tú en medio de ellos.
No me dejes creer a solas;
tenme siempre dentro de tu comunidad.

Amén.

Mañana, otra

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