Evangelio del día

Evangelio del Martes 11 de agosto

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Ezequiel 2, 8 – 3, 4

Esto dice el Señor:
«Ahora, hijo de hombre, escucha lo que te digo. No seas rebelde como este pueblo rebelde. Abre la boca y come lo que te doy».

Vi entonces una mano extendida hacia mí, y en ella un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito por el anverso y por el reverso, y tenía escritas elegías, lamentos y ayes.

Entonces me dijo:
«Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; cómete este rollo y vete a hablar a la casa de Israel».

Abrí la boca y me dio a comer el rollo, diciéndome:
«Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este rollo que te doy».

Lo comí, y me supo en la boca dulce como la miel.

Y me dijo:
«Hijo de hombre, anda, ve a la casa de Israel y anúnciales mis palabras».

Palabra de Dios.

— Salmo 118 —

R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas.

R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros.

R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.

R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en mi boca!

R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón.

R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

— Evangelio —
Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad les digo que, si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.

¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y, si consigue encontrarla, en verdad les digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.

Igualmente, no es voluntad de su Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

En la primera lectura, Dios le pide a Ezequiel algo muy llamativo antes de enviarlo a predicar: que se coma el rollo de su Palabra. "Cómete este rollo y vete a hablar a la casa de Israel". Y el profeta descubre algo sorprendente: aunque el rollo estaba lleno de "lamentos y ayes", al comerlo "me supo dulce como la miel". Es una imagen preciosa de lo que significa nuestra relación con la Palabra de Dios: no basta con leerla por encima; hay que comerla, saborearla, dejar que baje a las entrañas y nos alimente por dentro. Nadie puede anunciar lo que antes no ha gustado. Solo quien ha disfrutado de Dios en su corazón puede después hablar de Él con verdad.

El Evangelio nos enseña cuál es el corazón que sabe saborear a Dios: el corazón pequeño, el de los niños. Los discípulos discutían quién era el mayor, y Jesús pone en medio a un niño y da vuelta a toda su ambición: "Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos". Ser como un niño no es ser infantil, sino confiar, depender, no creerse autosuficiente, saberse pequeño ante Dios y dejarse querer por Él. La grandeza que Jesús propone no consiste en subir, sino en hacerse pequeño.

Y esa mirada de Dios por los pequeños llega hasta el extremo en la parábola de la oveja perdida. El pastor deja las noventa y nueve y va a buscar a la única que se ha extraviado, y cuando la encuentra, se alegra más por ella que por todas las demás. Así es el corazón de Dios: no se resigna a perder a nadie, va detrás del que se aleja, del que se siente perdido o descartado. "No es voluntad de su Padre que se pierda ni uno de estos pequeños". Qué consuelo saber que, si alguna vez soy yo la oveja perdida, Dios sale a buscarme.

Hoy celebramos a santa Clara de Asís, aquella joven que, seducida por el ejemplo de san Francisco, dejó riquezas y comodidades para hacerse pequeña y pobre por amor a Cristo. Su vida entera fue "comer la Palabra" en el silencio de la contemplación y hacerse niña ante Dios. Como ella, deja hoy que la Palabra de Dios te sepa a miel: dedícale un rato de verdad, sabóreala, no la leas con prisa. Y hazte pequeño: renuncia a querer ser siempre el mayor, el primero, el que tiene razón. En esa pequeñez confiada se esconde la verdadera grandeza del Reino.

— Oración —

Señor,
dame hambre de tu Palabra:
que la coma, la saboree y me sepa dulce como la miel,
para poder después anunciarte con verdad.
Cúrame de la ambición de ser el mayor
y enséñame a hacerme pequeño como un niño,
que confía, depende y se deja querer por ti.
Gracias porque vas detrás de la oveja perdida;
y si alguna vez soy yo el que se aleja,
sal a buscarme y llévame sobre tus hombros.
Como santa Clara, hazme pobre y sencillo,
para tenerte a ti como mi único tesoro.

Amén.

Mañana, otra

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