Evangelio del día
Evangelio del Domingo 9 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
1 Reyes 19, 9a. 11-13a
En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó allí la noche.
Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor, y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el huracán. Después del huracán, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave.
Al oírlo Elías, se cubrió el rostro con el manto, salió y se puso de pie a la entrada de la cueva.
Palabra de Dios.
— Salmo 84 —
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
— Segunda Lectura —
Romanos 9, 1-5
Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, los israelitas.
A ellos pertenecen la adopción filial, la gloria, las alianzas, la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas, y de ellos procede el Cristo según la carne, el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Mateo 14, 22-33
Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.
Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar.
Los discípulos, viéndolo andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura nos regala una de las escenas más delicadas de toda la Biblia. Elías, agotado y desanimado, sube al monte de Dios buscando encontrarse con Él. Y Dios pasa. Pero no está en el huracán que rompe las rocas, ni en el terremoto, ni en el fuego. Dios está en "el susurro de una brisa suave". Qué lección para nosotros, que muchas veces buscamos a Dios en lo espectacular, en lo ruidoso, en los grandes signos, y no lo encontramos porque Él prefiere el silencio, la delicadeza, la brisa callada. Para oír ese susurro hace falta acallar el ruido de dentro y de fuera.
El Evangelio nos lleva del monte al lago, en plena tormenta. Los discípulos reman de noche, sacudidos por las olas y el viento en contra. Es la imagen de tantos momentos de la vida: cuando todo parece ir en contra y remamos sin avanzar. Y en medio de esa noche aparece Jesús, y les dice tres palabras que necesitamos escuchar: "¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!". El mismo Dios que a Elías le hablaba en la brisa, viene ahora caminando sobre las aguas del miedo para decirnos que no estamos solos. La tormenta no siempre se calma enseguida, pero Él está en la barca.
Pedro se atreve: "Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua". Y mientras mira a Jesús, camina sobre el mar. El problema empieza cuando aparta los ojos de Él y los fija en la fuerza del viento: entonces le entra miedo y se hunde. Es exactamente lo que nos pasa. Mientras miramos a Cristo, somos capaces de cosas que parecían imposibles; cuando nos fijamos solo en los problemas y en nuestras pobres fuerzas, nos hundimos. La clave de la vida cristiana está en dónde tenemos puesta la mirada.
Y lo más consolador: aun hundiéndose, Pedro sabe qué hacer. Grita "Señor, sálvame", y "enseguida" Jesús extiende la mano y lo agarra. San Pablo, en la segunda lectura, nos muestra otro rostro de esa fe: su corazón sufre por los suyos, por los que aún no han reconocido a Cristo. La fe verdadera no es solo salvarse uno, sino cargar en el corazón a los que amamos. Hoy, en la Misa, busca el silencio para oír el susurro de Dios; y cuando venga la tormenta —tuya o de los que quieres— no apartes los ojos de Jesús, y grita sin miedo: "Señor, sálvame". Su mano ya está extendida.
— Oración —
Señor,
tú no gritas en el huracán,
me hablas en el susurro de la brisa suave.
Dame silencio dentro para escucharte.
Y cuando la tormenta sacuda mi barca,
recuérdame tus palabras:
"¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!".
Que no aparte los ojos de ti
para fijarlos en el viento y hundirme.
Y si me hundo, que sepa gritar como Pedro:
"Señor, sálvame".
Llevo también en el corazón, como Pablo,
a los que amo y aún no te conocen: sálvalos, Señor.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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